Francisco Umbral, un gran prosista que no necesitaba corregir sus escritos

Francisco Umbral
Francisco Umbral

Dependiendo de la importancia que les conceden a las correcciones, encontramos diversos tipos de escritores. Está el escritor que corrige compulsivamente hasta el punto de que apenas avanza con la redacción; el escritor que corrige al tiempo que redacta; el escritor que no corrige porque considera que esta tarea le resta frescura a su escritura; el escritor que se corrige incluso antes de comenzar a escribir, forzando así el miedo al folio en blanco; el escritor, como Italo Calvino, que siente la necesidad no solo de corregir sino de reescribir sus textos; el escritor que no corrige sus escritos por pereza o por desconocimiento –o



Y luego está (estaba) Francisco Umbral, un gran estilista, un maestro de la palabra que apenas corregía lo que escribía porque tenía la capacidad de parir textos acabados. (Si Umbral hubiera sido mujer, hubiera parido bebés adolescentes).

No penséis que ese don está al alcance de cualquiera. Es más, no está al alcance de casi nadie, si bien leí o escuché en cierta ocasión que Thomas Mann, autor de novelas emblemáticas como La montaña mágica o Los  Buddenbrook, escribía sus novelas de manera similar a como lo hacía Umbral: de un tirón, o casi).

Regresando a Umbral, os dejo este artículo de Miguel Delibes, en el que cuenta, desde la fascinación –que yo comparto– el modus operandi de Umbral arriba descrito, esto es: una escritura limpia y elegante que no precisaba corrección.

Creo que a las personas interesadas en la corrección de estilo les va a gustar  este artículo que nos ofrece la estampa de un gran escritor narrada por la pluma



 

EL DON DE LA PALABRA, un artículo de Miguel Delibes sobre Francisco Umbral

Generalmente los periodistas cuando escriben hacen borradores de literatura y, si no llegan a hacer literatura, no es porque adopten un tono especial ni por la estructura de sus trabajos, sino por el tema que abordan o por el apremio con que los realizan. Esos mismos trabajos revisados podrían ser en muchos casos literatura. Ésta es una de las dificultades entre nuestros artículos y los de Francisco Umbral, puesto que Umbral, aun sin proponérselo, hace literatura diariamente en los periódicos. ¿Por qué Umbral hace literatura y los demás no? Sencillamente porque Francisco Umbral no precisa reposo, esa pausa para enriquecer lo escrito que los demás necesitamos. Umbral, a diferencia del común, tiene un ritmo muy vivo, escribe al hilo del pensamiento. En una ocasión le objeté que escribía demasiadas cosas en poco tiempo: “Es mi ritmo, Miguel –me dijo–. Cada cual tiene su ritmo”.

Tenía razón. La experiencia de un escritor no siempre vale para otro escritor. En una frase gráfica, un tanto ordinaria pero muy exacta, dije una vez que Umbral escribe como los demás meamos, es decir, naturalmente, dando salida a unos fluidos, unos humores que le sobran. De aquí se infiere que mientras la mayor parte de los escritores al escribir trabajamos, él se desahoga, juega, incluso se divierte.

La convocatoria de la palabra es el desafío permanente del escritor. Lograr que la palabra acuda puntualmente a los puntos de la pluma es nuestro objetivo. El escritor convoca a la palabra pero ésta comparece o no comparece. Así unas veces consigue lo que pretende y otras no; en ocasiones se queda seco y ha de abandonar sus literaturas por un tiempo, dejarlas dormir. En cambio Umbral, que es un lírico metido a columnista, piensa ya con la palabra apropiada. Hace casi cuarenta años que empecé a verle escribir y rara vez apelaba a la tachadura o releía lo escrito antes de entregarlo a las máquinas. Confiaba en lo que había escrito y corregirlo suponía quitarle frescura, estropearlo. Releerse era para él lo que para otros mirarse al espejo, una suerte de narcisismo. La facilidad de Umbral es un don envidiable aunque no falte quien le reproche su demasía. Pero el secreto de su calidad estriba en su buena relación con la palabra. José Pla, otro gran escritor muy admirado por mí, buscaba afanosamente el adjetivo y como a veces no encontraba el adecuado, bombardeaba el sustantivo con un rosario de ellos hasta lograr aproximarse a lo que quería decir. El resultado era muy bello; original pero impreciso.

Porque escribir con precisión no consiste únicamente en hallar en cada caso el adjetivo adecuado, sino también el sustantivo, el verbo o el adverbio, es decir, la palabra. Y es en el manejo de estas palabras, en hallarlas a tiempo y adobarlas debidamente, donde reside el secreto de un buen escritor. Para serlo brillante no sólo se necesitan los vocablos exactos sino saber combinarlos con gracia y sensibilidad, inventarlos o unir unos con otros en aparente paradoja. Ahí radica la personalidad. Si tropezamos en un libro con la frase “un alma corpulenta y asexuada”, ésta no puede provenir sino de Umbral. Entonces concluiremos que la originalidad de su estilo proviene tanto de su buena relación con la palabra como de su temeridad para emplearla. Exactitud y arrojo son las cualidades de su personalidad literaria; el rastro que deja en cualquiera de sus escritos para su identificación.

Esta precisión en el empleo de la palabra que observamos en Umbral es la propia del poeta. La gran diferencia entre el poeta y el prosista estriba en que el primero ha canonizado la palabra y la domina, en tanto el segundo, ensayista o novelista, opera por aproximación. Basta una palabra inadecuada para que un bello poema descarrile. En el ensayo y la novela predominan otros valores, pero la poesía es rigor verbal y la palabra que sirve a una idea debe ser la exacta. Con frecuencia, en poesía, una palabra es una idea y la suma de dos, cabalmente ajustadas, una síntesis o una tesis. Ante las prosas líricas y personalísimas de Umbral tengo con frecuencia la sospecha de que estoy ante un gran poeta secreto e inconfeso.

Poeta o no, lo que salta a la vista es que Umbral ha conseguido el dominio de la palabra propio de un poeta disciplinado; usa armas de poeta para otros géneros literarios más prosaicos, con resultados sobresalientes.

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