Escribiendo bien se entiende la gente (101-200)

En la primera parte de ESCRIBIENDO BIEN SE ENTIENDE LA GENTE vimos 100 recomendaciones para escribir con corrección. Aquí seguiré publicando píldoras lingüísticas hasta al alcanzar el número redondo de 200.

Francisco Rodríguez Criado, escritor y corrector de estilo

Escribiendo bien se entiende la gente. Píldoras lingüísticas (101-200)

127: Escribir mal es un megarrollo

He hecho la compra de la semana, y entre tantos artículos no podía faltar el clásico paquete de rollos de cocina. Ya en casa, mientras colocaba los productos donde corresponde, me he percatado de que hay una palabra mal escrita en el citado paquete de rollos de cocina. Y no, no seáis mal pensados, no lo he comprado por eso. Aunque ya de paso… :–)

Veamos. La famosa marca de papel para el hogar Scottex nos vende este artículo como “megarollo”, es decir, un rollo más grande de lo habitual.

megarollo, megarrollo, Scottex

¿Pero se escribe “megarollo”, o “megarrollo”? ¿Con una erre o con erre doble? He aquí la cuestión.

La OLE (Ortografía de la lengua española) nos explica que “los prefijos se escriben unidos a la palabra a la que se incorporan, sin espacio ni guion intermedios”. En este caso tenemos el prefijo “mega” + el sustantivo “rollo”. Como la erre de “rollo” queda entre dos vocales (“a” y “o”), hay que doblar la erre, de igual forma que la doblamos en “megarrecital” o, por usar otros prefijos de igual comportamiento, en “microrrelato”, “ultrarresistente” o “infrarrojo”.

En resumen:

Lo correcto es escribir “megarrollo”, con doble erre, no “megarollo” ni “mega rollo”.

Y recuerda: Escribir mal es un megarrollo.

126: Carteles mal redactados

cartel mal escrito

España está plagada de carteles mal redactados. Quien la recorrió lo sabe.

En una tienda de mi barrio, sin ir más lejos, leí anoche, mientras paseaba a Betty, que necesitan una empleada (y, por lo que veo, también un corrector de textos).

El cartel reza así:

SE NECESITA DEPENDIENTA

(IMPRESCINDIBLE EXPERIECIA PREVIA)

INTERESADOS ENVIAR CV A:

WHATSAPP: –––––––

@: ––––––––

Paso a corregir este texto. No son grandes errores, pero, teniendo en cuenta que el anuncio solo cuenta con once palabras, se hace algo indigesto.

1. Hay una errata en la palabra “EXPERIECIA”. Falta la letra “n”: EXPERIENCIA. Nada grave, pero si sorteamos las erratas, mejor.

2. Hay un pleonasmo en “EXPERIENCIA PREVIA”. La experiencia, si no es previa, no es experiencia. No tiene sentido exigirle experiencia posterior a una candidata a un puesto. Es obvio que en la tienda buscan una dependienta que tenga experiencia en otras tiendas ANTES de entrar a trabajar en esta. Por tanto, el adjetivo “previa” no añade información, y sí torpeza.

3. “INTERESADOS ENVIAR CV A:”

Para que no suene a lenguaje excesivamente tarzanesco, sería aconsejable poner una coma con vocación de elipsis. Una simple coma indicaría que algunas partes de la oración, en aras de la brevedad, han sido omitidas:

Lo entenderíamos así:

«LOS INTERESADOS PUEDEN ENVIAR CV A»:

Y, mejor aún, si optamos por las minúsculas en este apartado, para que quede todo más claro, especialmente la preposición «a» del final, que al ir tras «CV» genera confusión.

Y de paso añadiría el posesivo “su”:

“Los interesados, enviar su CV a”:

Y eso es todo, amigos. Unos pequeños ajustes y ya tendríamos un cartel más sano y hermoso. :–)

125: aa

En nuestra lengua encontramos bastantes palabras que se forman a partir de prefijos terminados en «a» (contra, extra, meta, para, ultra…). Si la palabra pospuesta a estos prefijos comienza también por «a», surge de manera natural la repetición de dicha vocal, que es, por cierto, la más usada en el DLE (Diccionario de la Lengua Española).

¿Pero es de obligado cumplimiento esa repetición? Es decir, ¿son incorrectas palabras como «infraalimentar”, “ultraatlántico” o «intraarticular»?

La respuesta es no. No son incorrectas. De hecho, la tendencia es escribir estas palabras con esa grafía.

No obstante, es igualmente correcta la reducción fonética, que da como resultado palabras con la siguiente grafía: infralimentar”, “ultratlántico” o “intrarticular”.

Las dos opciones son válidas. Tú eliges.

(124): ¿»Voy a por una cerveza» o «Voy por una cerveza»?

¿Se escribe “ir a por” o “ir por”? Voy a tratar de resolver esta duda habitual en pocas líneas.

Tal vez hayas escuchado decir que en lenguaje culto lo correcto es “ir por”, sin la preposición “a”. Y, efectivamente, es la fórmula preferida en el entorno académico, si bien la propia RAE nos informa de que la secuencia “ir a por”, generalmente asociada a verbos que indican movimiento (“ir, “venir”, “salir”, etc.), es igualmente correcta. Pero, ojo, esta es una indicación circunscrita al español de España. En Latinoamérica, sin embargo, se entiende que “ir a por” es incorrecto, de ahí que siempre escriban “ir por”.

Es decir, nuestros hermanos latinoamericanos dicen/escriben “Voy por una cerveza”, nunca “Voy a por una cerveza”.

Por tanto, si tenemos en cuenta que en el lenguaje culto propio de España es preferible “Voy por una cerveza” (versión que, además, suena mejor), y que en Latinoamérica es la única fórmula que usan, ¿no crees que carece de sentido usar la preposición “a” en este tipo de frases, aunque en España esté aceptada?

En resumen: ¡Ve por una cerveza! Ah, eso sí, procura que esté bien fría. :–)

(123): Escribe correctamente tu nombre y apellidos. Qué menos que eso

Me llama la atención que haya tantas personas en las redes sociales que escriben su nombre y apellidos con faltas de ortografía: Perez, Gonzalez, Vazquez, Garcia, Martin, Maria, Iñigo…

Veamos: el DLE (Diccionario de la Lengua Española, antes conocido como DRAE) recoge 93.000 lemas. Casi nada. Se entiende fácilmente que no sepamos cómo se escriben todas las palabras de nuestra lengua (para eso, entre otras cosas, está el diccionario). Pero no estamos hablando de palabras que quizá no hayas escuchado nunca, sino de las que vienen acompañándote desde el día de tu nacimiento. El hecho de que una persona apellidada “Sánchez” pretenda ignorar que su apellido lleva tilde en la “a” o que su nombre de pila, “María”, lleva tilde en la “i” denota una despreocupación sin límites por la lengua escrita (y de paso por la mala imagen personal que transmite semejante dejadez).

No se me ocurre peor carta de presentación que explicarle al mundo que no eres capaz de escribir tus nombre y apellidos correctamente.

Pero si hay un problema fácil de subsanar es este. Así, pues, no lo dejes para mañana y corrige esos errores que van asociados a tu firma. Aunque creas que escribir faltas de ortografía no es un problema grave, te diré, a modo de ejemplo, que en determinados puestos de trabajo esta es una cuestión a la que se le concede mucha importancia, y que es habitual que la empresa contratante investigue en las redes sociales para hacerse un perfil de la persona que desea ser contrada.

Cierro este breve post con una pregunta: En igualdad de condiciones, ¿a quién contratarías? ¿A quien firma como «Jose Maria Perez Sanchez» o a quien lo hace como «José María Pérez Sánchez»?

Nota: Algunas personas afirman que los nombres y apellidos no están sujetos a las normas ortográficas. Eso es falso, tal como señala la RAE. En esta duda rápida, «¿Los nombres propios se pueden escribir como uno quiera?«, la Academia señala que:

No. No es cierto que los nombres propios puedan escribirse de cualquier forma, sino que poseen una grafía fijada por la tradición y se acentúan gráficamente según las reglas. Si un nombre está mal acentuado en el registro, debe corregirse.

Real Academia Española

(122): Cambiar una consonante por otra

Algunas personas tienden a cambiar una letra (por lo general, consonante) por otra en ciertas palabras. Forma parte de su expresividad, y en muchos casos son errores culturales heredados.

Hablamos de palabras académicamente inexistentes como “abuja” (en vez de “aguja”), “aguelo” (“abuelo”) o “esparda” (“espalda”).

Encontramos este error también en la formación de los imperativos: “Correr hasta el fondo” (“Corred hasta el fondo”), “Callaros” (Callaos”), “Venir pronto” (“Venid pronto”). Sorprendentemente, la RAE ha aceptado la grafía “Iros” tan válida como “Idos”. Para facilitar su pronunciación, cierto. Pero yo sigo prefiriendo “Idos”.

Huelga decir que en la lengua escrita culta debemos evitar todas estas incorrecciones, a no ser, claro, que por exigencias del guion pongamos estas palabras en boca de un personaje de extracción cultural baja.

(121) Pergeñar, no pergueñar

El verbo “pergeñar”, que significa “trazar, realizar algo”, puede inducir a confusión. Es incorrecta la grafía “pergueñar”, así escrita porque algunas personas pronuncian este verbo como “pergueñar” en vez de “perjeñár”, que es la pronunciación correcta.

Por tanto, un ejemplo correcto sería este:

“En su época de estudiante pergeñó un par de novelas que nunca se atrevió a publicar”.

(120): Prohibido consumir en la barra

He visto en una cafetería de mi barrio un cartel que reza así: PROHIBIDO CONSUMIR EN LA BARRA.

En términos gramaticales, el texto no presenta ningún problema, pero conceptualmente hablando no puede ser más torpe, pues proyecta la posibilidad de que el cliente cometa un presunto “pecado”, el de consumir en la barra, como si no fuera en realidad lo que el hostelero espera de sus clientes: que consuman (en la barra o sentados a una mesa).

El cartel es similar a PROHIBIDO PISAR EL CÉSPED, PROHIBIDO TIRAR BASURA A LA ACERA o PROHIBIDO CIRCULAR, pero estos últimos aluden a circunstancias muy diferentes, pues si bien una persona puede pisar el césped, tirar basura a la acera o circular con su vehículo en dirección prohibida sin necesidad de nadie, un cliente no podría tomarse un refresco en la barra de una cafetería a no ser que saltara por ella, tomara un vaso de la repisa, el hielo de la cubitera y el refresco de la nevera y, tras servírselo, regresara a la barra –por el lado del cliente– para consumirlo.  

No, este cartel, por absurdo, sería similar a otros de igual torpeza como PROHIBIDO REZAR EN MISA o PROHIBIDO CORRER EN ESTAS PISTAS DE FOOTING.

En fin, lo que debería hacer el propietario de esa cafetería, en mi opinión, es tirar ese cartel a la basura y reemplazarlo por este: SENTIMOS NO PODER SERVIRLE EN LA BARRA. DISCULPEN LAS MOLESTIAS. Cambiaríamos así la actual prohibición por una excusa educada y considerada hacia la clientela, que al fin y al cabo es quien mantiene a flote el negocio.

No se trata, pues, de intentar frenar un hipotético acto desatinado por parte del consumidor de esa cafetería, sino de explicar por qué no se le puede servir como se merece.  

Y a estas alturas, más de un año después de que la pandemia estallara en nuestro país, ni siquiera sería necesario añadir en el cartel palabras como “medidas sociosanitarias”, “coronavirus”, “Sars-Cov-2”, etc. Los motivos por los que un cliente no puede consumir hoy día en barra son hartos conocidos por todos.

(119): Adjetivos que restan

Los adjetivos son palabras muy golosas. Nos permiten definir con suma facilidad las características de sustantivos, aludan estos a objetos (“un traje deshilachado”), personas (Ignacio es prepotente), épocas (el peligroso oeste americano), acontecimientos climatológicos (la lluvia incesante), etc.

Valle-Inclán echó mano de tres adjetivos para ofrecernos las primeras pinceladas del marqués de Bradomín: “feo, católico y sentimental”. Imaginad cuántas palabras hubiera tenido que escribir el autor gallego si no existieran los adjetivos.

Nadie les resta importancia, pues. Ahora bien, un adjetivo no siempre suma, y en ocasiones incluso resta. Os pondré un ejemplo: un cartel que veo a diario cuando paso por un bar de mi barrio, que reza así: PROHIBIDO LA ENTRADA DE PERROS GRANDES Y PEQUEÑOS.

adjetivos

Más allá de que lo correcto hubiera sido escribir “PROHIBIDA” (el sustantivo “entrada” es femenino), cada vez que lo veo pienso siempre lo mismo, con incontrolable ironía: “Es bueno saber que en este bar está permitida la entrada de perros gigantes, medianos y enanos…”.

Los propietarios del bar quisieron afinar tanto la restricción que les salió el tiro por la culata, por decirlo en lenguaje coloquial. Tanto es así, que en puridad no podrían rechazar la entrada al bar de un dogo alemán o de un chihuahua: el primero no es grande (sino gigante) y el segundo no es pequeño (sino diminuto).

La frase más acertada hubiera sido: PROHIBIDA LA ENTRADA DE PERROS.

En este caso, menos palabras aportan una mejor información. 

Se deduce de este ejemplo que escribir adjetivos no es la panacea, y que hay que usarlos –como cualquier otro género de palabras– solo cuando cumplen una función en la frase.

(118): La redacción renqueante del diario Marca

Leo el diario Marca para conocer el alcance de la lesión de Eden Hazard durante el partido de ayer contra el PSG, y me encuentro la siguiente información:

“A Eden Hazard le faltaba un partido de la dimensión del de esta noche frente al PSG para confirmar su mejoría y dejar claro que ya encandila al Bernabáeu. Después de firmar un partido, se retiró en medio de una ovación renqueante por culpa de una entrada de Meunier que le dejó maltrecho el tobillo. El belga se fue por su propio pie, pero después de ser atendido en la banda y viendo que las molestias no remitían, Zidane lo cambió en el minuto 68. Entró en el campo Gareth Bale, que se llevó los pitos del Bernabéu pero en mucha menor medida que el pasado sábado frente a la Real”. Fuente: Marca, 27/11/2019.

Para ser un fragmento tan breve, contiene demasiados delitos lingüísticos. No son faltas graves, pero denotan cierta ligereza a la hora de escribir (y poco interés o tiempo a la hora de corregir).

Estas son algunas de las correcciones que yo haría.

  1. No es “Bernabáeu”, sino “Bernabéu”, tal como podemos leer un poco más abajo.
  2. La segunda frase necesitaría una reformulación. Tal como está, parece que la ovación fue renqueante (a trompicones, indecisa), cuando lo cierto es que fue una ovación rotunda (y merecida). Lo correcto hubiera sido colocar la palabra “renqueante” después del verbo, es decir: “se retiró renqueante en medio de una ovación…”:
  3. “Después de firmar un partido, se retiró”. ¿Qué demonios significa “después de firmar un partido, se retiró”. No significa gran cosa, en realidad. El redactor se olvidó de insertar un adjetivo que le diera sentido a esa parte de la frase”. Quiso decir “después de firmar un gran partido” (o algo similar).
  4. En la última frase se menciona a “la Real”. Aunque muchos sabemos que se refiere a la Real Sociedad, son demasiados los equipos que incorporan la palabra “Real” a su nombre. Visto que no había problemas de espacio, yo hubiera añadido la palabra “Sociedad”. No es necesario ser tan críptico.

(Nota: a modo de comprobación, he teclado “fútbol la Real” en Google y todas las imágenes que nos da el buscador son sobre el Real Madrid. La Real Sociedad solo aparece en una, precisamente porque jugaba contra el Real Madrid).

Y eso es todo por hoy, amigos. La buena noticia es que veremos a Hazard dentro de poco haciendo diabluras en el campo. Algo es algo. :–)

(117): ¿Cómo enumerar los capítulos de un libro?

Un lector de esta sección me pregunta cómo debería enumerar los capítulos de su ensayo. Yo le recomiendo, antes que nada, que les pregunte a los editores si disponen de un libro de estilo (o similar). Si lo tienen, debería ser ese libro de estilo el que le indique al autor las normas que seguir (no solo sobre la enumeración de los capítulos, sino también sobre otras cuestiones).  

Pero obviemos por ahora el libro de estilo (no todas las editoriales lo tienen) y recuperemos lo que dice José Martínez de Sousa sobre la enumeración de los capítulos en su ✅ Manual de estilo de la lengua española (MELE) : : 

«Los capítulos se pueden enumerar con cifras (romanas o arábigas) o con letras (cardinales u ordinales), pero es recomendable usar la numeración arábiga con cifras en todos los casos, tanto en la propia obra como en las menciones que puedan hacerse de ellos en bibliografías y otros lugares. 

Las grafías que puede adoptar un capítulo son: 

capítulo II

capítulo 2

capítulo dos

capítulo 2.º

capítulo segundo

II

2

dos

2.º

segundo». 

En conclusión: las opciones para enumerar los capítulos son variadas. En principio, el autor tiene cierta libertad de movimientos. Solo debe mantener el criterio elegido y aplicarlo a todo el manuscrito.

Rebajas

(116): “Yo con mi amigo Juan fuimos al cine”.

La primera vez que leí una frase similar a la arriba entrecomillada sentí un latigazo en la columna vertebral. La estructura “yo con + verbo en primera persona del plural” me resultaba no solo ajena, sino también barroca. En realidad, me sigue pareciendo una fórmula rebuscada y artificiosa y, si tenemos en cuenta la tradición de nuestra lengua, podríamos convenir en que además es descortés. ¿O acaso no nos enseñaron desde muy pequeñitos a situar el pronombre “yo” en última posición cuando el sujeto engloba al hablante y a una o más personas?

El caso es que cada vez la escucho y la leo con más frecuencia, antes solo en Latinoamérica y últimamente también en entornos catalanes.

A modo de ejemplo, recuerdo una entrevista con Isabel Allende en la que la escritora decía: “Yo con Willy nos separamos hace años”.

¿Ha cortocircuitado tu cerebro, querido lector? ¿Qué demonios pinta la preposición unitiva “con” para relatar no una unión sino una separación? No en vano, la sexta acepción de la palabra “con” en el Diccionario de la RAE reza así: “juntamente y en compañía”. En fin, traduzco: “Willy y yo nos separamos hace años”. Lo que Isabel Allende parecía decir es que se había juntado con su marido para empezar a vivir separados. :–).

Y en la frase que abre esta minilección, lo natural sería:

“Mi amigo Juan y yo fuimos al cine”.

Bien, ya he dicho que esta estructura me chirría mucho. Ahora toca acostumbrarse: el idioma es mimético y me temo que estructuras coloquiales como estas han venido para quedarse.

(115): Señor Mario, feliz con el cuento “El entrenador (sic) desnudo”

Pues eso, que mi pequeño hijo es feliz cuando le leemos el cuento “El emperador desnudo” (también conocido como «El rey desnudo», «El nuevo traje del emperador», etc.). En el título de esta píldora lingüística cito la narración con sus palabras, cambiando “emperador” por “entrenador”. Para que se entienda que se trata de un error, he antepuesto (sic) a la palabra intrusa.

Y esa es precisamente la función de “sic”, un adverbio que significa “así” y que, encerrado entre paréntesis o corchetes, tiene el cometido de destacar la literalidad de una palabra incorrecta (o al menos de dudosa corrección).

Respecto a la coma del título, tranquilos: es correcta. El verbo (“es”) está elidido, es decir, omitido, sobreentendido. Le hemos dado un descanso al sufrido verbo a favor de la coma, que ha tomado su relevo. No es el modelo gramatical al uso (es impropio del lenguaje conversacional), pero sí frecuente en ciertos contextos, por ejemplo, el periodístico.

(114): Frases interrogativas (que en realidad no lo son)

Uno de los errores más extraños que encuentro cuando corrijo manuscritos deriva de confundir frases interrogativas con otras que no lo son. Se podría pensar que se trata de casos aislados, pero no es así: en bastantes trabajos me topo con enunciados que, pese a no incorporar una pregunta, van enmarcados entre signos de interrogación.

Con estos ejemplos sabréis a qué me refiero:

¿No entiendo que haces aquí?

¿No sé si se irán juntos de vacaciones?

¿Dudo que sea tan malvado como lo pintan?

Estas tres frases son de mi cosecha, inventadas para la ocasión, pero escenifican el error al que me refiero: convertir en interrogativos enunciados solo porque en ellos se expresa una duda. Y eso es un error, porque la manifestación de una duda no ha de ir entre signos de interrogación, a no ser, claro, que esa duda vaya a su vez envuelta en una pregunta:

¿Será verdad que nunca se ha tomado vacaciones? (1) Tengo mis dudas. (2)

En la primera frase de este ejemplo es obvio que la duda va envuelta en una pregunta. Cuando leemos la frase elevamos la entonación. Pero la segunda oración (“Tengo mis dudas”) es un enunciado donde no se hace ninguna pregunta, tan solo se expresa incertidumbre: pudiera ser cierto que nunca se ha ido de vacaciones, pero quizá sea mentira…

En resumen: formulamos preguntas entre signos de interrogación cuando tenemos dudas o queremos saber algo (“¿Qué hora es?”), pero el hecho de expresar una duda no implica que esta deba ir forzosamente entre signos de interrogación. En la citada frase “¿Qué hora es?” esperamos una respuesta, mientras que si decimos “No sé qué hora es” no estamos haciendo una pregunta de manera directa, y quizá incluso nos estamos limitando a formular una respuesta.  

(113): La función de la coma no es pulmonar

Ayer vi en una librería un cartel con el siguiente refrán: “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”.

Aquí nos encontramos con un error sobre el que ya he escrito en alguna ocasión: el de equiparar la pausa respiratoria cuando leemos (sobre todo en voz alta) con la pausa asociada a las comas. ¿Y por qué es un error? La respuesta es sencilla: la función de las comas es gramatical, no pulmonar. Si bien las comas tienen varios usos, ninguno de ellos es el de llenar los pulmones de aire, por mucho que la coma conlleve una pausa respiratoria. Pero una cosa es que hagamos una pausa ante una coma, y otra que pongamos una coma porque nuestros pulmones nos pidan hacer una pausa.  

Aunque poca gente cometería el error de escribir “El perro, es el mejor amigo del hombre” (el sujeto “El perro” solo tiene dos palabras, y se pronuncia de un tirón), sí hay cierta tendencia a escribir coma cuando el sujeto es más extenso y debemos hacer una pausa respiratoria antes de “engancharlo” al verbo.

En resumen, debemos escribir la frase sin coma: El que lee mucho y anda mucho ve mucho y sabe mucho”, aunque en el momento de leerlo en voz alta hagamos una pausa después del sujeto, que no es otro sino: “El que lee mucho y anda mucho”.

(112): Los artículos y las churras y merinas

“Juan se ganó el respeto y admiración de sus vecinos”.

Eso nos parece muy bien. Intuimos que Juan debe de ser un gran tipo y que es merecedor de la estima del vecindario. Pero el (hipotético) autor de esta frase no se ha ganado por ahora ni mi respeto ni mi admiración. 😊

Este es un error que aprecio antes o después en la práctica totalidad de los manuscritos que corrijo. Me refiero a la unión indiscriminada de churras y merinas. El problema radica en aplicar el artículo “el” (masculino) al sustantivo “admiración”, que es femenino. Es obvio que tampoco podríamos hacerlo a la inversa.

Sí sería correcto escribir: “Juan se ganó el respeto y cariño de sus vecinos”, pues “respeto” y “cariño” son sustantivos que comparten género y número. Por ese motivo, escribo en el título «las churras y merinas» (aunque «las churras y las merinas» también es correcto).

(Nota: «churras» y «merinas» son en puridad adjetivos, aunque la costumbre del lenguaje ha terminado por sustantivarlos, hasta el punto de que elidimos el sustantivo «ovejas»).

En la frase que introducía esta minilección, lo plausible hubiera sido:

“Juan se ganó el respeto y la admiración de sus vecinos”.

Consejo: cuando escribas pares de sustantivos (por no hablar de los listados), mucho cuidado con los artículos. Si los sustantivos no coinciden en género y número, no puedes usar un único artículo para todos ellos. Ahorrar en artículos puede ser a veces un mal negocio, creedme.

Os dejo un último ejemplo (gramaticalmente correcto). Daos cuenta de que vamos a necesitar tres artículos si queremos comernos la fruta:

“Sacó de la cesta el plátano, las peras y los limones”.

Nota: Según Pixabay, nuestra amiga de la imagen es una merina. Si no es así, disculpadme. En realidad, paradojas de listillo, no sé nada ni de churras ni de merinas. 

(111): Errare humanum est, pero no tanto

Si ayer mencionaba que ciertos periodistas no distinguen entre «abría» y «habría», hoy debo hacer alusión a La Casa del Libro, que también anda un poco despistada. Esta mañana he entrado en la librería para comprar un par de libros y de paso he tomado esta foto agramatical.

¿Tanto cuesta ponerle la tilde a «Religión»?

Religión lleva tilde

(110) Desde Roma y México, con amor… y con subtítulos

Me fastidia mucho que, aun teniendo un buen nivel de comprensión del inglés escrito, naufrague al ver ciertas películas en versión original. ¿Cómo es posible que pueda leer una novela de Philip Roth sin apenas consultar el diccionario y luego no me entere de casi nada de lo que hablan en ciertas películas o series de televisión inglesas y americanas?

–Tu listening es flojo –dirá alguno.  

–Entonces, ¿por qué me entero de todo o de casi todo cuando veo otras películas en inglés?

–Duendes del idioma…  

Bueno, al final acabé haciendo autocrítica y acepté que tengo un problema de comprensión lingüística. O eso creía yo. Últimamente me he dado cuenta de que tengo no un problema sino dos: no entiendo el inglés… pero tampoco el castellano.

La película Roma y la serie Narcos: México me han enseñado que también debo mejor mi listening (ya puestos, permitidme el anglicismo) en mi propio idioma.

–¿Entendiste a los actores de Narcos: México?

–A veces.

–¿Entendiste lo que decían en Roma?

–Solo a veces.

–Pues sí que es difícil el español para los españoles.

Lo es… en ocasiones. Por suerte, los productores de Roma tuvieron la feliz idea –no celebrada por algunos; de todo hay en la viña del Señor– de subtitular la película al castellano. Sí, una película rodada en castellano y subtitulada en castellano. Algo así como un bocadillo relleno de pan. Pero es mejor eso que nada.

Con Narcos: México la cosa fue peor, porque en Netflix los subtítulos no vienen de serie (nunca mejor dicho), y yo estaba tan embobado (soy fan de Narcos: perdonadme) que no se me ocurrió activarlos hasta mediada la serie, cuando la sangre de los narcotraficantes había salpicado de sangre los cojines de mi sofá. Al final opté ver Narcos con subtítulos en inglés. Una delicia, oiga.

Ernesto Alterio: He crossed the line. He was stealing from us.

Diego Luna: Yo seem to have forgotten one thing. In this organization, allmost of us are family.

Así que ahora vivo en la paradoja de seguir detestando los subtítulos en castellano en películas extranjeras (dejo ese supuesto manjar a quienes necesitan darse una pátina de intelectualidad) al tiempo que celebro los subtítulos en español en películas interpretadas por actores hispanohablantes…

En fin, haciendo de la necesidad una virtud, acabé enterándome de todas las conversaciones en la película y en la serie ya citadas. Con dificultades, eso sí: Roma y México, como Zamora, no se conquistan en una hora. 

(109): Ex-preso | Expreso

La RAE nos aconseja que unamos los prefijos a la palabra a la que preceden sin guion y sin espacio. Debemos escribir, pues, “exmarido”, “exconcejal”, “microrrelato” o “posmoderno”. (El prefijo “post”, como veis, pierde la letra –t).

Aunque podríamos hacer varias puntualizaciones sobre los prefijos, quisiera centrarme hoy en la palabra “preso”. Lo lógico, siguiendo la norma, sería escribir “expreso”, si bien la Academia considera que en este caso, para no crear confusión respecto al adjetivo “expreso” (que alude al café que se hace con cafetera exprés), se permite, a modo de excepción, el uso del guion: “ex-preso”.

Es una excepcionalidad un tanto extraña, pues el propio contexto sugiere si nos referimos a la modalidad de café o a una persona que en su día estuvo en la cárcel. Tampoco es probable la confusión con “expreso” cuando significa “claro, patente”.

Otra opción sería escribir “antiguo preso” (o “antigua presa”, si se refiere a una mujer).

(108): El lenguaje del marketing no tiene quien lo cure

No estoy en contra de todos los préstamos lingüísticos procedentes de otros idiomas, pero desde luego no estoy a favor de todos ellos. Algunos me parecen razonables y otros, inaceptables. Pondré un ejemplo notorio: el verbo “curar” antes de “textos” o sustantivos similares. ¿Has escuchado alguna vez hablar de “curar contenido”? Si la respuesta es negativa, intuyo que no lees comentarios (en español, ¡o en presunto español!) sobre temas relacionados con WordPress, el marketing (he aquí un anglicismo aceptable), los blogs (ahí va otro: ¿a quién le convence “bitácora”?), los negocios digitales, etcétera.

Los especialistas en estos temas nos animan una y otra vez (repito: una y otra vez) a “curar contenido”. Os pondré en situación: si queremos que un artículo antiguo (es decir, que publicamos hace tiempo) escale posiciones en Google, debemos “curarlo” para que sea más valioso que los de la competencia.

Si buscamos el significado del verbo “curar” en la RAE, no encontraremos en ninguna de las catorce acepciones la menor indicación de que se use con textos, escritos, redacciones, etc. Sí hay menciones a una lesión, una dolencia, una enfermedad, la madera, la piel, el lienzo… Pero insisto: la expresión “curar contenido” no ha estado nunca presente en nuestro idioma hasta que los hispanohablantes que se dedican al marketing («marketeros», se llaman a sí mismos) comenzaron a traducir la voz inglesa “cure” (curar, sanar, cicatrizar…) como “curar”, pero no aplicado a males, dolencias o enfermedades, sino a los textos. (Ignoro si “to cure content” tiene tradición en el inglés o si se trata también de una tendencia propia de finales del siglo XX y principios del XXI).

En cualquier caso, no es de extrañar tanta flexibilidad, sobre todo en el sector del marketing, que es una auténtica esponja y aplica las fórmulas anglosajonas a casi cualquier concepto. Escriben “brainstorming” (en vez de “tormenta de ideas» o «lluvia de ideas»), “keyword research” (en vez de “búsqueda de palabras clave”), “anchor text” (“texto ancla”), “link building” (“construcción de enlaces”), etc. Y para decir que un diseño es limpio, minimalista, austero o poco recargado no usan estas palabras (que serán casposas para ellos), sino “lean”, que es lo mismo pero en el idioma de Shakespeare (o algo parecido).

El resultado es un popurrí interesante, valga el eufemismo, y uno ya no sabe si escriben en castellano con algunas palabras en inglés o si, por el contrario, escriben en inglés con algunas palabras en castellano.

Pero debemos acostumbrarnos: conociendo la pereza y la laxitud lingüísticas de los españoles, no tardaremos mucho en sufrir profesores en el colegio o en los institutos que animen a los alumnos a “curar contenido”. Y quién sabe si los correctores de textos terminaremos siendo “curadores de textos”. Algo así como “médicos lingüísticos”, “curanderos gramaticales” o “sanadores de la palabra”. (Ay, Dios, paradme…).

Y la pregunta es: a quienes destrozan nuestro lenguaje sin motivos justificados… ¿quién les cura?

(107): ¡No se ha roto nadie!

Quizá por deformación profesional, me fijo mucho en el lenguaje de mis hijos. De igual manera que ellos, como niños que son, aprenden nuestra lengua imitando a los adultos, nosotros, los adultos, podemos aprender bastantes cosas de ellos aprovechando que aún son ingenuos y sinceros y dicen lo que piensan, sin medir las consecuencias.

De los niños en general, y de mis hijos en particular, me asombra la riqueza de matices en su, por así llamarlo, “discurso”. Unos matices que ellos, por su corta edad, ni siquiera distinguen conscientemente.

Pondré un ejemplo muy ilustrativo. Madre Coraje, como hace cada año por estas fechas, ha montado un belén en casa. Y señor Mario (3 años) está entusiasmado. No solo ayudó a montar el belén, sino que todos los días dedica parte de su tiempo a “mejorarlo” añadiendo ciertos toques de cosecha propia, a veces juguetes modernos en claro anacronismo con una escena navideña ambientada en el siglo I. Para señor Mario el belén es, entre otras cosas, un laboratorio narrativo que le permite “montarse sus películas”, como diríamos en el lenguaje de la calle, poniendo y quitando rey (y nunca mejor dicho). Los reyes magos, el Niño Jesús, la Virgen María, San José, los pastores y los soldados romanos son ya íntimos amigos suyos.

Habla con ellos y cabe pensar que ellos responden –no sé si en arameo, latín o griego– a su iniciativa. El niño lo vive tan intensamente, que aún me sorprende que no riegue el musgo –natural– cada mañana.

Pues bien, ChicoChico (5 años recién cumplidos), menos sensible para estos temas que su ilustre hermano, se dedicó el otro día –creo que para llamar la atención– a saquear el belén y tirar al suelo todo cuanto pudo. Cuando nos dimos cuenta, casi todo el belén yacía en el suelo del salón. Mario, al ver el estropicio, se llevó las manos a la cabeza.

Por suerte, la sangre no llegó al río y media hora después, tras el arduo trabajo realizado por Madre Coraje y señor Mario, el belén volvía a su estado natural.

–¡Qué suerte, mamá: no se ha roto nadie! –exclamó señor Mario, las manos en la cintura, satisfecho al ver renacida la obra artística.

Yo que soy poco entusiasta de los belenes, hubiera dicho: “¡Qué suerte: no se ha roto nada”. Pero en la exclamación del pequeño entraba en juego un matiz que redimensionaba la situación: cambiar el pronombre indefinido (“nada”) por otro pronombre indefinido (“nadie”) le permitió a señor Mario humanizar sus admiradas figuras del belén. ¡Con solo sustituir una palabra por otra ya estaba todo dicho!

Creo que estaréis de acuerdo conmigo en que lingüísticamente tenemos tanto que aprender de los niños como ellos de nosotros.

Y eso es todo por hoy. Ah, lo olvidaba: ¡Feliz año nuevo!

(106): El entorno de trabajo

En esta ocasión no voy a hablar sobre el lenguaje, sino sobre el entorno. ¿Qué entorno? ¡El entorno de trabajo, pardiez, ese del que nunca –al menos que yo sepa– habla la RAE!

Y lo hago porque acabo de redactar un texto para una empresa de publicidad y, al repasarlo, me he percatado de que había escrito el pronombre “mí” sin tilde. (Ay, Dios, si antes de que me salieran los dientes de leche ya reconocía las tildes diacríticas…).

Un error lo tiene cualquiera, diréis. Pues no: no era un error sino unos cuantos. Había repetido un artículo (“la la”), había omitido la preposición “de” en una expresión, había escrito una frase farragosa que no desentonaría en la tesis (¿de?) Pedro Sánchez…

Y no era momento de abrir el diccionario, escarbar en los manuales de gramática ni repasar las obras completas de José Martínez de Sousa. Hice algo mucho más práctico.

–¡Vale, pero dilo ya!

–De acuerdo, lo diré: encendí la luz.

Encendí la luz, me puse las gafas “de cerca” y amplié el zoom de Word. Y a partir de ese momento pude corregir –espero– todos los errores.

Aunque suene tautológico: difícilmente podremos corregir lo que no se ve (en el sentido más físico del verbo “ver”).

(105): Frases demasiado abrigadas

Principios de diciembre. Te dispones a salir de casa para dar un largo paseo. Llevas jersey, abrigo, gorro, bufanda… tal como dictan los cánones en estas fechas. Pero, ¡ah, sorpresa!, sales a la calle y notas que apenas hace frío. Te sobra la bufanda, te sobra el gorro y, bien mirado, hasta el abrigo está de más. Así que subes a casa y dejas toda esa ropa antes de bajar otra vez a la calle, ahora vestido únicamente con lo necesario.

Eso nos ha ocurrido a todos en alguna ocasión, ¿verdad? Pues también sucede en el lenguaje con ciertas frases que nos obstinamos en abrigar pese a que la temperatura ambiente es agradable.

Veamos una de esas frases:

“Yo mismo me auto-convencí de que debía de adelgazar”.

Está mejor, pero sigue siendo redundante. Tenemos demasiados elementos reiterativos en torno a la primera persona del singular que no solo aportan información, sino que además se obstaculizan entre sí y resultan chirriantes al oído: “yo”, “mismo”, “me” “auto”…

Para empezar, quitémosle algo de ropa a la frase:

1. Yo me autoconvencí de que debía adelgazar. (He eliminado “mismo”).

Pero sigamos:

2. Me autoconvencí de que debía adelgazar. (He eliminado el pronombre “yo”).

3. Me convencí de que debía adelgazar. (He eliminado el prefijo “auto” que precede al verbo “convencer”).

Este es la fotografía del antes y el después:

Antes: “Yo mismo me auto-convencí de que debía de adelgazar”. 
Ahora: “Me convencí de que debía adelgazar”.

Como veis, la frase, una vez despojada de la bufanda, el gorro y el abrigo, está mucho más desahogada, y todo ello sin perder información. El único matiz que quizá distinguimos entre una y otra es que en la primera el enunciante parece recalcar que no precisó ayuda externa, que lo hizo «motu proprio». En ese caso serviría una alternativa intermedia: “Yo mismo me convencí de que debía adelgazar”.

Pero si no fuera intención de quien escribe recalcar ese matiz, es preferible la última frase, la más primaveral y elegante de todas.

(104): Me siento abocado a comerme un avocado

“Me siento avocado a la autodestrucción”.

“Avocado” es una palabra que se nos cuela con mucha frecuencia en sustitución de “abocado”. Ambas están recogidas por el diccionario, pero su significado difiere notablemente. Si consultamos el DLE descubriremos, quizá para nuestra sorpresa, que “avocado” significa “aguacate”, bien como árbol, bien como fruto. No hay más acepciones para esta palabra. Por cierto, en inglés, “avocado” también significa “aguacate”.

Como en la frase del ejemplo no queríamos decir “Me siento aguacate a la destrucción”, debemos echar mano de “abocado”, participio del verbo “abocar”.

De las ocho acepciones que nos da el DLE para «abocar», nos interesa la séptima (“existiendo proximidad en el tiempo, hallarse en disposición, peligro o esperanza de algo”). La RAE pone un ejemplo que se aproxima bastante al sentido de nuestra frase: “verse abocado a la ruptura”.

Solo resta decir que el participio “abocado”, en el caso expuesto, es un participio con función de adjetivo.

(103): Las invasiones bárbaras y la alergia a la escritura

Teniendo en cuenta que no ha cambiado el panorama, me pregunto para qué ha servido la Ley Orgánica de Protección de Datos.

Seguimos igual: cansados y asediados, valga el pareado. Yo al menos: SPAM por email, SPAM telefónico, SPAM en Facebook… Esta red social se ha convertido en un hervidero de agentes que te escriben, inasequibles al desaliento, para venderte un préstamo. Por cierto, no sé por qué se han impuesto expresiones como “pedir un préstamo” y “dar un préstamo”, cuando lo cierto es que los bancos no “dan préstamos”, sino que los “venden”, y, en consecuencia, los clientes no los «piden» sino que ios “compran” (si les acompaña la suerte). Pero dejemos eso, para no despistarnos demasiado, y volvamos a las invasiones bárbaras.

Me pregunto (ojo: primera pregunta retórica) qué ganan estas personas que te asaltan un día tras otro para venderte sus servicios. Y no me refiero solo a quienes pretenden vender préstamos, sino a todo tipo de profesionales. Segunda pregunta retórica: ¿No sería mejor ganarse a los clientes mediante la persuasión y no mediante la invasión?

Pondré un ejemplo. Supongamos que soy contable y quiero captar nuevos clientes en una red social, en Facebook, ya que estamos. Yo no me dedicaría a pedir amistad a los usuarios y, nada más recibir la aceptación, enviarles un texto enlatado ofreciéndoles mis servicios como contable. Nada de eso. Lo que haría sería publicar contenido de valor en mi muro para compartir mis conocimientos en contabilidad. Algunas personas –la mayoría– se aprovecharían de esos conocimientos de manera gratuita, y un pequeño pero valioso grupo de personas, siempre y cuando yo lo hiciera bien –cosa que dudo, pues soy de letras–, acabarían por contactar conmigo para preguntar por mis servicios.

Esto, en inglés, se llama “Inbound Marketing”, que traducido al castellano sería algo así como “intenta hacer feliz a muchas personas y seguro que alguna de ellas te hace feliz a ti”. (No me pidáis que traduzca un manuscrito del inglés al castellano, porque, ya veis, puedo liarla).

Pues bien, muchas empresas y “freelancers” aún prefieren formar parte de las invasiones bárbaras en vez de compartir conocimientos por escrito (o por vídeo, si les gusta más) con su potenciar cartera de clientes.

Alguien dirá que quizá se les da mal redactar o que tienen alergia a la escritura. No sería una excusa, pues el SPAM que recibimos día a día ha sido redactado. Mal en muchos casos, pero redactado…

En general, creo, hay cierta alergia a la escritura enriquecedora por parte de muchos profesionales a quienes les gustaría llegar “más lejos”. Y puede que el «copia y pega» sea más cómodo, pero desde luego es también mucho menos eficiente.

Yo sigo pensando que escribiendo bien se entiende la gente. Hemos recibido un don maravilloso (¡y doble!) desde que somos niños: el de leer y escribir. No dejemos que la desidia, la superficialidad o el deseo insoportable de invadir la esfera del prójimo acaben con el gusto por la escritura.

(102): Antes o después de morir, a gusto del consumidor

“Antes de morir escribió sus voluminosas memorias…”.

Me dan mucha ternura frases como esta. Ternura, pero también alegría por el autor, pues cabe la posibilidad de que DESPUÉS de morir no fuera capaz de escribir dichas memorias.

En muchas ocasiones morir se convierte en un problema no solo en la vida real, sino también en la vida gramatical.

El último ejemplo de turbulencia lingüística lo tenemos en este titular, publicado hoy en El País:

“El misionero estadounidense planeó durante años convertir a la tribu que lo mató en India”.

Resulta que un misionero se había obsesionado con convertir al cristianismo a una tribu perdida de India, sin contacto alguno con lo que –erróneamente o no– llamamos “la civilización”. Pero si analizamos la primera parte de la frase (una situación que dura años), nos daremos cuenta de que no casa bien con la segunda, que ocurriría, como decimos, años después. Resumiendo: primero planeó convertir a la tribu y años después dicha tribu acabó con su vida. Hay cierto lío con los marcos temporales. (Algo parecido lo vimos en el apunte sobre el pretérito pluscuamperfecto, minilección 16).

Ya sé que los titulares están sujetos a las exigencias del espacio (no en la versión digital, por supuesto), pero se podría haber hecho mejor.

Estas son mis opciones. Nótese que elimino también el complemento circunstancial “en India”, ubicado al final. Esa tribu era “famosa” precisamente porque estaba aislada, ajena a todo lo que ocurre en el mundo. Y una tribu aislada no tiene posibilidad de matar a nadie en otro espacio que no sea su propio territorio. Por eso prefiero introducir el matiz geográfico en otro lugar de la frase.

“El misionero estadounidense planeó durante años convertir a la tribu india que luego le mató”.

“El misionero estadounidense había planeado durante años convertir a la tribu india que luego lo mató”.

“El misionero estadounidense asesinado por la tribu india había planeado durante años convertirlos”.

Estos titulares son más ajustados para describir tan terrible suceso, y además espantarán a picajosos como yo.

(101): Un ejemplo de sujeto múltiple

“Manuel, junto con su madre, entraba en el hospital justo cuando yo salía”.

Frases como esta pueden plantear alguna duda sobre la titularidad del sujeto. Este es un caso de sujeto múltiple, que aquí vemos articulado con la locución “junto a”. En principio el sujeto, lo diré ya, es “Manuel”, y por tanto el verbo ha de ser “entraba”, en singular.

No obstante, es correcta también la concordancia en plural, pues se da por hecho que el sujeto está coordinado con el nexo “junto con”, lo cual hace que la madre sea entendida también como parte del sujeto. De ahí lo de «sujeto múltiple».

Sería aceptable, por tanto, la frase:

“Manuel, junto con su madre, entraban en el hospital justo cuando yo salía”.

Me he percatado de que los autores latinoamericanos usan mucho esta fórmula, es decir: el sujeto + junto con + otra persona que completa el sujeto múltiple.

A mí me sigue pareciendo algo forzada, pese a que sea correcta. Prefiero simplificar y unir los sujetos (“Manuel y su madre entraban”…), aunque entiendo que en el primer ejemplo se potencia la idea de que es Manuel y no la madre el sujeto principal del enunciado. Si no se pretende añadir ese matiz, insisto, fusionaría ambos sujetos con la conjunción «y».

Última actualización el 2021-09-09 / Enlaces de afiliados / Imágenes de la API para Afiliados

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