Aprender a leer y escribir. La piedra filosofal

A los cinco años yo ya sabía leer y escribir. No como ahora, claro, pero sabía hacerlo. No era mérito mío, sino de las monjitas de la guardería María Moheda, que supieron hacer de mí, a tan corta edad, un embrionario hombrecillo de letras.

Recuerdo que cuando llegué al colegio, en 1.º de Básica, iba adelantado respecto a la mayoría de mis compañeros. La cosa no duró mucho: al poco tiempo todos teníamos el mismo nivel de lectura. Pero aquellos días, tal vez un par de semanas, fueron de auténtico gozo. ¡Yo sabía leer y escribir! Me sentía como un alquimista en posesión de la piedra filosofal.

Pienso en estas cosas camino del colegio de señor Mario. Cogidos de la mano, vamos repasando las sílabas. Señor Mario, aun siendo muy listo, lleva algo de retraso en las actividades de lecto-escritura. Por motivos difíciles de desentrañar, ha levantado un muro entre él y las personas que pueden ayudarle a leer y escribir, muro que, huelga decir, frena su evolución. Por poner ejemplo, no me permite enseñarle letras que no haya aprendido previamente en el colegio. Es decir: podemos repasar LA, LE, LI, LO, LU, pero no SA, SE, SI, SO, SU. Se ha aferrado a la norma no escrita de que tenemos prohibido enseñarle en casa lo que no le han enseñado en el colegio, una regla que se ciñe exclusivamente a este tema.

Su madre, que es filóloga, o yo mismo seríamos tan buenos candidatos a enseñarle a leer y escribir como su maestra.

Desgraciadamente, no salimos del condicional “seríamos”: el niño tiene claro que su madre y su padre, aunque sepan leer y escribir, no son su profesora.

Confieso que este principio de ‘auctoritas’ al que se acoge el niño me enerva un poco. Una vez más opera la máxima: “En casa del herrero, cuchillo de palo”.

O sea: tenemos en casa un disidente. Amoroso, cariñoso y divertido, pero disidente en cualquier caso.

Pero no hagamos drama: me asiste la esperanza –la certeza, más bien– de que señor Mario acabará siendo un gran lector. Es un niño tan inquieto, tan despierto y tan reflexivo –un Séneca en calzones cortos– que se antoja carne de cañón de las bibliotecas, ese paraíso borgiano que cuanto más se conoce, más se ama.

Francisco Rodríguez Criado es escritor y corrector de estilo

Escribiendo bien se entiende la gente

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