Relato de José Luis Ibáñez Salas: La novia que no tuve se llamaba Ramón

Hay algo que me deja más tranquilo cuando me entran las dudas sobre si ella existió o si ella es un fruto idiota de alguna tara de mi imaginación. Su nombre y el recuerdo indudable del día en que la vimos muerta. Del día aquel en el que llovía a mares sobre mi barrio, que era donde estaba mi instituto, del día aquel en el que el color rojo de la sangre de ella inundó la plaza de la Lealtad y se desparramó a través de las bocas de alcantarilla hacia la nada que a veces ruge bajo mi ciudad. Ella se llamaba Ramón. J.L.I.S

La novia que no tuve se llamaba Ramón (relato)

Como estar atrapado en el interior de un ataúd. Lees eso de Como estar atrapado en el interior de un ataúd en la noticia del periódico y se te viene encima todo el novelón de terror adolescente engendrado por el escritor que no querías leer pero sí te has decidido a leer y en estos días estás leyendo como te gusta a ti leer las novelas que te gustan: tal que si el tiempo se pudiera detener en los instantes en que los protagonistas del libro que lees viven sus vidas de personajes creados para ser una efímera realidad pegada a la eternidad.

Y decides imaginar que estás escribiendo un cuento de terror pero que al final te conformas con intentar que sea tan sólo… un cuento de miedo. Y te pones a escuchar a través de los auriculares desde tu Deezer la música que suena en la versión cinematográfica de ese novelón de terror adolescente engendrado por el escritor que no querías leer, a ver si así tu imaginación se empapa de la imaginación de cuantos ya han escrito antes cuentos de terror, alguno de los cuales es probable que hayas leído tú ya, como aquel cuento terrorífico de la calle Morgue que escribiera Edgard Allan Poe cuando ya estaba sometido a la prestancia del éter salido del alcohol a raudales con el que empapuzaba su alma de poeta oscuro, de narrador telúrico.

Y escribes…

¿Cómo se llamaba aquella chica del instituto que siempre llevaba minifalda, sin medias, hasta en invierno? No puede ser, no había chicas en mi instituto, fuimos los últimos estudiantes de Bachillerato que estudiábamos en institutos sólo de chicos o sólo de chicas. Pero, entonces, ¿cómo puedo recordar perfectamente a aquella chica sentada en la fila de delante de mí, en el lado de las mesas a mi izquierda, que siempre vestía una minifalda de tela vaquera?

–Me dejas tu sacapuntas.

–Espera, que lo busco en mi mochila.

Ella preguntaba así, sin interrogaciones: no se le veían los signos de interrogación, y no lo digo porque la mirásemos las rodillas, los muslos llegado el caso, y nos pasaran desapercibidos los signos de interrogación, no, era difícil que se nos escapase ningún signo delante de ella. Pero el caso es que en sus maneras de colegiala macizoide, mollar, decían algunos de nuestros mayores, había algo inquietante, algo que da como cosa tratar de explicar.

Y cuando se lo ibas a dar, el sacapuntas, ella no estaba ya sentada a su mesa. Lo hacía siempre. A veces con las gomas de borrar. Era algo así como si la hubieras soñado. Pero sus jerséis de lana con una mancha de tinta en uno o en los dos brazos no podían ser parte de ningún sueño. Ni sus tetas, se me dirá. Pues no. Estaba muy buena pero no recuerdo cómo eran o cómo imaginaba yo sus tetas. En serio.

–¿Tienes ya un sacapuntas?

–¿Para qué quiero yo un sacapuntas?

Y así siempre. Ella nunca era del todo real. Pero existió. Recuerdo perfectamente cómo salió una mañana de invierno a la pizarra para resolver unos problemas que no fue capaz de resolver, ante la atenta mirada de toda la clase. Todos chicos, menos ella y la profe de Física. ¿Eso podía ser? Tuvo que ser así. Yo no me invento las cosas. Casi nunca.

relato de José Luis Ibáñez Salas, la novia que no tuveHay algo que me deja más tranquilo cuando me entran las dudas sobre si ella existió o si ella es un fruto idiota de alguna tara de mi imaginación. Su nombre y el recuerdo indudable del día en que la vimos muerta. Del día aquel en el que llovía a mares sobre mi barrio, que era donde estaba mi instituto, del día aquel en el que el color rojo de la sangre de ella inundó la plaza de la Lealtad y se desparramó a través de las bocas de alcantarilla hacia la nada que a veces ruge bajo mi ciudad. Ella se llamaba Ramón.

–¿Ramón?

–Sí, ha dicho Ramón, el profe ha dicho Ramón.

–Pero será su apellido, de mí ha dicho López…

–Pues a mí me ha llamado Jaimito.

–Porque te conoce todo el mundo, jilipínfano. Jaimito esto, Jaimito lo otro. El anormal de Jaimito por aquí, el gandul de Jaimito por allá.

Gandul… ¿De dónde hostias te sacas esas palabras? La ha llamado Ramón, a la nueva. A la tía buena que dices tú que es normalita. ¡Normalita!

–¡Cómo se va a llamar Ramón una tía tan cañón!

Los dos estallamos en carcajadas.

Jaimito se creía que ella se llamaba Ramón, pero no podía ser. Mientras nos descojonábamos se me ocurrió tararearle la canción de Los Burros pero no me vino la letra a la cabeza y la memoria se quedó ahí haciendo esas cosas que hace la memoria cuando no sabemos usarla.

–Te tengo que contar algo que me han contado de Ramón.

Jaimito miró a un lado y a otro aunque estábamos solos en el banco de la placita de debajo de la ventana de mi cuarto. Solos y ateridos, pero lo de subirnos a casa no lo contemplábamos. No era la hora. Mi amigo quiso empezar a contarme lo que le habían contado cuando de repente se apagaron las tres farolas que iluminaban afanosamente de mala manera el parque donde solitarios Jaimito y yo celebrábamos que el invierno tenía ya todo su aspecto nocturno y severamente divertido.

Y escribes, pero notas que la magia del miedo no se desprende de lo que escribes, que Jaimito no es nombre para uno de los personajes de un cuento de miedo, no ya de terror, por supuesto, que la sangre ha llegado demasiado pronto al río, que…

Y escribes…

Ramón ha nacido en un pueblecito de no sé qué país cerca de Alemania, por eso habla tan raro, ya, ya sé que a ti no te parece raro como habla, pero habla raro. Déjame que te siga contando. Su padre es un tío muy mayor que murió hace poco, cuando ellos aún no habían venido a España, o ya sí pero no aún a Marnita. Su padre había sido nazi, un alto cargo de no sé qué oficina del gobierno de Hitler, fue un alto cargo de un sitio sin importancia. O así me lo contaron, que ya te diré quién me lo contó. El caso es que, sí cerca de Alemania, yo que sé, a mí me lo contaron así, a lo mejor me dijeron el nombre, que no era Alemania, desde luego. ¿Austria? Puede. ¿Me dejas seguir contándotelo?

Miro el reloj porque estar a oscuras no es agradable, porque debe ser ya la hora de subirse y porque me está empezando a inquietar lo del padre nazi de Ramón y no quiero que me pille la inquietud cuando se transforma en miedito allí sentado, solo con Jaimito a oscuras en la calle desnuda de gente y como preparándose para cerrarse sobre sí misma hasta que la gente tenga que madrugar para volver a pisarla camino de sus trabajos madrugadores. Miro el reloj y necesito encender mi mechero para darme cuenta de que….

¿Me quieres atender? Joder, no sé para qué te cuento nada. No, estabas mirando el reloj con la misma impaciencia esa que te da cuando te quieres ir de los sitios. Te pasó lo mismo el otro día cuando…

El olor llegó antes del estallido y los gritos. Olía como huelen las pieles secándose al sol, como las que en verano pudren el ambiente junto al río, en el Matadero, al lado de la plaza de Liente, por donde pasaran los restos de José Antonio a hombros de sus devotos devoradores del mito acabada la guerra, como muestra el monolitito que es marca de aquel acontecimiento ya olvidado en aquellos días de cuando Ramón ocupaba buena parte de nuestro tiempo. Ella y su ser ella, tan extraño, tan fantástico.

¿Sigo o no? Y el no de mi amigo se queda a medias y no llega ni a ser del todo el remate de ninguna pregunta porque el olor se empapa de pronto de un golpe tremendo en el ámbito de la plaza. Pareciera que hubiera desaparecido el banco sobre el que nos sentamos, sobre cuyo borde superior, sobre cuyo respaldo estábamos charlando Jaimito y yo que ya no somos Jaimito y yo porque he perdido de vista a Jaimito y un griterío de oleadas se hace nítido en mis oídos dañados.

Ramón está sentada ahora en el suelo, junto a las punteras de mis botas de cuero recién compradas. Con los brazos entorno a sus rodillas y su cabeza entre ellas. Duerme. Jaimito chilla desde una lejanía que pareciera como la de un sueño presagiando una pesadilla. Ramón me habla con la voz de Jaimito, a quien ya no escucho sino de los labios de Ramón y ha desaparecido.

–El padre de Ramón estoy siendo ahora yo contándote lo que el padre de Ramón hacía cuando el padre de Ramón era el jefe de los Raza. Los Raza. Ojalá no supieras lo que fuimos los Raza, ojalá no lo supieras nunca pero ahora voy a contarte lo que hacíamos los Raza con los hijos de los degenerados, nuestra especialidad: los degenerados.

Ramón llora mientras habla con la voz de Jaimito rozada por un agreste acento alemán como de película de nazis. Yo sólo quiero huir, desaparecer, llegar hasta donde quiera que el cuerpo de Jaimito esté ahora sin su voz, que está siendo la voz que usa el padre de Ramón en el cuerpo hermosamente dolorido de Ramón.

–Los de muertos estando en rusias pletóricas, enviaban enviábamos las píldoras rojas de honores ataviados en celofán plasma de la sangre las uvas irían mordiendo cóndores que de dragones irónicamente sabrás los degenera, los degenerados, las silentes sucias palabras te voy a matar, me moriré mientras…

Ramón te toca en el hombro como si quisiera hacerse entender en medio del caos de las palabras que ya no tienen el sonido de la voz de Jaimito, que está sentado a mi lado ahora riéndose preguntándome sí ya con su propia voz que si he escuchado eso, y yo le respondo que no quiero saber quiénes eran los degenerados ni qué hacía con sus hijos y Ramón recupera su voz también y le dice algo a Jaimito como si fuera yo el que se lo está diciendo y Jaimito no para de reírse y señalarme y reírse y señalarme y reírse y señalarme. Y las farolas recuperan la luz que habían perdido en la noche y ahora estamos en el banco donde conversábamos Jaimito y yo y Ramón ya no está y yo sé que no estoy soñando, lo sé porque en los sueños no huele al sobaco de Jaimito, al olor de Jaimito, que es un olor como de amigo muerto.

–¿Estando en rusias pletóricas?

–¿Qué?

–Todavía no se me ha quitado el susto, ¿dónde te has metido cuando se ha ido la luz en el barrio?

Jaimito me mira como si estuviera loco. Yo. Él siempre mira como si estuviera loco. Quiere responderme. Pero no dice nada, y voy y me cuelo en la conversación. Todavía tengo el susto en el cuerpo. Aunque tener cerca a Jaimito, riéndose, vivo, me espachurra la inquietud.

–A ver si te duchas más a menudo.

Ramón murió por un accidente. Un estúpido accidente. Un año más tarde. Nunca nos contó lo de su padre, pero Jaimito sí lo hizo, sí me contó a mí que el padre de Ramón teníalasmanosmanchadasdesangre, como le gustaba decir a mi amigo, así: elpadredeRamónteníalasmanosmanchadasdesangre. Como la sangre de Ramón sobre el asfalto. La sangre de mi compañera de clase, la chica a la que todos hubiéramos querido tener como novia. Hasta los maricas.

No puede ser, no había chicas en mi instituto, fuimos los últimos estudiantes de Bachillerato que estudiábamos en institutos sólo de chicos o sólo de chicas.

Pero fue. La novia que no tuve se llamaba Ramón.

Maldito Stephen King.


José Luis Ibáñez Salas escritor y editor

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