Relato corto de William Carlos Williams: Los búfalos


Una vez tuve una amiga muy guapa de la que estaba enamorado y que estaba enamorada de mí. No nos re­sultaba fácil vernos, teníamos que robar cada momento que pasábamos juntos. De modo que sólo conseguíamos arreglárnoslas a costa de grandes esfuerzos e imagina­ción. Pero incluso así, a veces pasaban meses antes de que pudiéramos vernos.

Por tanto, nuestros momentos juntos eran muy valio­sos y durante mucho tiempo disfrutamos por completo de ellos. ¿Qué hacíamos entonces? Es necesario decirlo, pues, ¿quién nos iba a creer si no? Éramos felices juntos y éramos lo bastante jóvenes para tener ilusiones, así que el tiempo pasaba de modo agradable a las duras y a las maduras, según pasa en esas circunstancias.

Pero la dama, a la que llamaré Francie, tenía un defecto –o una costumbre, más bien– que al principio me diver­tía. Era una gran defensora de los derechos de la mujer.

Todo esto pasaba en aquellos días en que Mrs. Pankhurst, en Inglaterra, y las demás de por allí desfilaban por las calles con pancartas exigiendo derechos iguales a los del hombre. El voto para la mujer era su lema, y lo procla­maban en todas las ocasiones.

Esto podía ser suficiente para el conjunto de las que, con rostro tenso y mirada de enfado, hablaban desde es­trados e incluso en las esquinas de las calles, pero no era nada para la encantadora mujer hacia la que yo corría rápidamente para pasar unos momentos conseguidos con dificultad.

Muchas veces esas cuestiones no salían a relucir en nuestras conversaciones, y nos comportábamos como una sola persona, tanto de pensamiento como de pala­bra, durante una tarde entera.

Pero otras veces, tanto si se trataba de la luna o de lo que habíamos comido aquel día o cómo habíamos dor­mido la noche anterior, o lo que fuera, las cosas empeza­ban a torcerse nada más vernos. Y el giro invariable que tomaba la conversación era hacia la política y los dere­chos de la mujer.

Yo ponía objeciones. Aquello nos hacía perder el tiempo. Pero eso sólo inflamaba el espíritu de la dama hasta tal punto que yo veía que no iba a llegar a ninguna parte. Claro que era algo importante, se oponía ella, que las mujeres pudieran votar. ¿Qué quería decir yo?

Yo quería decir, trataba de explicar, que para nosotros dos lo importante cuando estábamos juntos era disfru­tar el uno del otro y no ocuparnos de cuestiones que no nos interesaban en absoluto.

No, soltó ella, casi con un bufido, eso no nos interesa. No te interesa a ti, querrás decir. Tú puedes votar, así que, ¿qué te importa? Pero nosotras que somos las ma­dres de la patria se supone que no tenemos cerebro sufi­ciente para votar. No, nosotras tenemos el cerebro de un mosquito.

Pero no se trata de eso, intenté decir. Reconozco que vosotras, las mujeres, puede que estéis más dotadas para gobernar que nosotros, los hombres, pero, por qué mo­lestarse en armar tanto lío. Yo te concedería encantado mi derecho al voto, dije, si pudiera. Pero tú, cariño, eres muy guapa, ¿no te das cuenta?

Bobadas, replicó ella. Intentas tratarme como a una niña. Si no tienes la hombría suficiente para valorar el voto, tu derecho como ciudadano de los Estados Unidos, debo decir que pensaba mejores cosas de ti. El presidente Roosevelt…

Ay, Dios santo, no pude evitar ponerme a gritar.

Sí, Roosevelt, repetía ella. Y debo explicar que la dama siempre pronunciaba el nombre del antiguo presidente como si tuviera una «a» en el medio. Roosavelt está a favor nuestro y con su ayuda, te aseguro, lo conseguiremos. Pero tú eres un demócrata, terminó ella arrogantemente.

No se imagine que estaba bromeando cuando decía tales cosas. Nunca jamás. Y eso es lo que me dio la pri­mera idea. Yo podía haber simulado que estaba derrota­do o quizá pudiera haber desviado la conversación con un regalo o un gesto amoroso que resultara llamativo. Pero un día cuando Francie se hallaba en mitad de una de sus peroratas de sufragista me fijé en lo hermosa que estaba con el ardor de su excitación, y entonces decidí que tenía más suerte de la que creía.

A partir de aquel momento lo consideré un placer y durante casi un mes me mostré enormemente interesa­do por lo que ella decía, planteando una objeción tras otra para excitarla. Entretanto yo disfrutaba viendo la fiera mirada de sus ojos desdeñosos, la encantadora cur­vatura de sus labios. Contemplaba el rubor que iba au­mentando en sus mejillas. Todos esos rasgos se encendían, adquirían forma, y aquello me resultaba delicioso. Había encontrado un modo de disfrutar de aquella mala costumbre de la que no podía apartarla.

Ocasionalmente en lo más encendido de su perorata contra mí yo la abrazaba tranquilamente. Y si en aquel mismo momento no se ponía todavía más furiosa, ella no decía nada más y la hora de mi marcha se precipitaba hacia nosotros como una tormenta.

Pero la mujer estaba obsesionada de verdad con esa idea. Empecé a cansarme de mi pasatiempo de incitarla a desplegar su plumaje, por decirlo así. Era realmen­te algo excesivo. ¿Qué demonios podía estar indicando ella? ¿Era una forma de timidez, o de torpeza? ¿Un in­tento de espolear el placer excesivamente tranquilo que yo sentía con ella hasta convertirlo en algo con más mor­diente? ¿No estaba tratando de defenderse, de hacerme bajar la guardia para que la tomara más en serio de lo que yo quería? Consideré todas estas razones, pero final­mente decidí que me importaba un bledo. Guapa como era –y muchas veces una amante apasionada– cada vez me aburría más.

Conque un día cuando ella la emprendió otra vez con su tema favorito la interrumpí bruscamente. Deja que te cuente una cosa, dije.

Ella no contestó pero se sentó un poco más tiesa, con sus gruesos labios apretados con fuerza, y me miró di­rectamente a los ojos.

Hoy he estado en el campo haciendo una visita de ins­pección, le conté, y, mientras estaba allí, uno de los capa­taces de nuestro equipo de excavación me señaló una ca­sucha. Era suya pero se la había alquilado a tres hombres que vivían allí todo el año, excepto durante lo más frío del invierno, cuando se trasladaban a Jersey City, me dijo.

Eran tres, unos tipos jóvenes, que se ganaban la vida en aquel lugar tan desolado, ¿y puedes imaginarte cómo? A finales de otoño empezaban a reunir espadañas secas que metían en sacos y vendían como relleno para mue­bles baratos. Luego ponían trampas para ratones almiz­cleros. Todavía quedan muchos de esos roedores en los pantanos. ¿Y sabes lo que pagan por la piel de un ratón almizclero? A veces dólar y medio por una buena. Y en primavera y verano recogen arándanos.

Pero ¿qué tiene eso que ver conmigo?, preguntó Fran­cie.

¿Es que no te das cuenta?, contesté yo. Esos hombres se ganan la vida de ese modo, son independientes, son autosuficientes. Los tres trabajan juntos; cuando dos de ellos están fuera, el tercero prepara la comida. A veces in­cluso les sobran unos cuantos dólares para darse algún pequeño gusto. Entonces los tres se van juntos, a Jersey City, a Hoboken, o a donde sea.

Sí, supongo que irán a un bar a emborracharse.

Bueno, yo también lo supongo, pero al menos se las arreglan muy bien juntos, y llevan haciéndolo varios años.

Esto me ha dado una idea, continué. ¿Qué es lo que origina tantos problemas en este mundo? La propiedad, claro. Es lo que tenemos, lo que nos da importancia –pa­rece–, lo que ha sido fundamentalmente monopolio de los hombres durante siglos, lo que en definitiva determi­na el voto. Y lo que hace que vayamos a la guerra, lo que nos hace luchar, lo que incluso origina discusiones entre los enamorados.

Y mi idea es ésta. Dejemos que los hombres se desha­gan de sus propiedades. Si las mujeres quieren el voto, que lo tengan, que tengan todos los votos que quieran, que tengan también el voto de los hombres. Y al mismo tiempo démosles todas las propiedades del mundo. Son las que biológicamente lo necesitan más, son las que eco­nómica, razonablemente las deberían tener. Con tus ar­gumentos de sufragista me has convencido de que tienes razón.

Francie me miró fijamente pero no dijo nada, a lo me­jor porque ya notaba que mi cariño hacia ella iba dismi­nuyendo.

Y entonces, dije yo, tendríamos una sociedad más o menos así: las mujeres, que poseerían toda la tierra, to­dos los medios de conseguir riqueza industrial, vivirían en ciudades dispersas por el país, ciudades fortificadas defendidas por el tipo de armas y equipos que estuvieran de moda y de las que estarían excluidos todos los hom­bres.

Entretanto, los hombres se reunirían en manadas por bosques y llanuras, como el búfalo al que se veía desde las ventanillas del tren en las grandes praderas a media­dos del siglo pasado. Divididos en tribus, los hombres pasarían el tiempo cazando, pescando y combatiendo como solían hacer los hombres –con los puños, con pie­dras, con palos– y sin duda serían más felices que ahora.

De esta manera, una vez al año, en épocas determina­das, algunas mujeres de las ciudades mandarían emisa­rios elegidos, puede que eunucos, para tratar con las tri­bus –entonces en condiciones de salud excelentes, en forma, endurecidos por su sana vida al aire libre–, y se elegiría para el acoplamiento a los más hábiles, los más vigorosos, los más deseables.

Ante esto Francie se puso de pie de un salto, con fuego en los ojos, y dándome la espalda salió de la habitación. Yo agarré tranquilamente mi sombrero, saqué un pitillo y lo encendí, y de un salto entré en mi coche de dos plazas antes de que la puerta se cerrara, bajé tranquilamen­te por el camino de entrada y seguí mi marcha. Puede que mientras me alejaba viera una cortina que se corría levemente en el segundo piso, puede que fuera sólo mi vanidad lo que me hizo creerlo.

Relato corto de William Carlos Williams: El uso de la fuerza

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