Relato corto de Mohamed Chukri: Primer día de clase

Mohammed Chukri está considerado uno de los mejores escritores marroquíes del siglo XX. Su obra, en gran medida autobiográfica, recoge sus andanzas entre maleantes, prostitutas y delincuentes, hasta el punto de que algunos le consideran un escritor de realismo sucio.

Hoy ofrecemos uno de los cuentos de la colección Tiempo de errores, que en realidad se lee como una novela. El relato “Primer día de clase” narra el primer acercamiento de Chukri a un aula y lo que para él supuso aprender las primeras letras.  (Chukri aprendió a leer bastante cuando ya era bastante mayor)

Quizá el libro más famoso de Chukri sea El pan desnudo (o El pan a secas), que supuso un escándalo cuando fue publicado. En dicho libro, autobiográfico, narra cómo su padre mató a su propio hijo, es decir, el hermano del futuro escritor.

Cuento de Mohamed Churki: Primer día de clase

El director me acompaña a la clase y me presenta al maestro.

–Sidi Mohamed, este muchacho va a estudiar en tu clase.

Salen al pasillo y hablan. Sin duda, de mí. El director me ha debido de traer a esta clase para ponerme en observación. Es probable que dentro de unos días me diga: «No puedes seguir estudiando aquí. Lo mejor para ti es que vuelvas a Tánger».

Los niños murmuran, me miran con curiosidad. Y yo me siento como un intruso entre ellos. Nunca me había encontrado entre más de cuarenta personas, que me examinan de arriba abajo. En la clase hay alumnos de mi edad, pero que saben leer y escribir. En la pizarra está escrita la lección y ellos tienen abiertos sus cuadernos. Pronto me enteraría de que los alumnos mayores proceden del campo.

Vuelve el maestro y me sienta en la fila del centro, al lado del alumno más pequeño de la clase. En el aula hay tres filas: a mi derecha, en los primeros pupitres, cuatro alumnas, con los pechos creciditos.

–Es vuestro compañero –dice el maestro–. ¡Tenéis que intentar ayudarle!

Me miran, cuchicheando y agitándose en sus asientos. El maestro golpea con la regla en su escritorio. Se callan. La mayoría de ellos visten con chilaba. Algunos siguen observándome con curiosidad. Es fácil diferenciar a los campesinos de los de la ciudad, por sus rasgos y su forma de vestir. Copian la lección escrita en la pizarra. ¿Qué estarán copiando? Con el cuaderno y la pluma ante mí estoy a la espera de iniciar la primera clase. Los símbolos del mundo van apareciendo en la página de mi compañero de pupitre, pero la mía está en blanco. Me fijo en ellos; ¡qué rápido escriben!, pienso. ¿Me permitirá el director que me quede a aprender como ellos? Si no me admite, seguramente volverá Tánger, a frecuentar a los profesionales del vicio, sin descifrar el mundo a través de sus signos. Ya que estoy aquí, tengo que aprender. «La verdadera vida hay que buscarla en los libros». Eso me dijo alguien en Tánger.

El maestro pasea lentamente por la clase, fijándose en lo que escriben algunos alumnos, sin detenerse hasta llegar a mi pupitre. Es un hombre tranquilo y amable. ¡No ha debido de vivir con hijos de puta! Se inclina sobre mi cuaderno y escribe en la segunda hoja unas palabras: cada una en un renglón, pronunciándolas en voz baja; luego me pide que las copie hasta completar la línea. Mi pequeño compañero de pupitre, menudo y simpático, no deja de fijarse en mí, en mi cuaderno y en mis manos mientras intento escribir, a duras penas, cada palabra. Me tiembla la mano al trazar las letras. Su mirada furtiva aumenta mi temblor y nerviosismo. ¡Dos días después, me enteraré de que estoy en el tercer curso de la escuela primaria!

He acabado los tres renglones. Cruzo de nuevo los brazos, mirando al maestro pasear entre las filas y a los alumnos concentrados en copiar la lección. Algunos han terminado de escribir. Se acerca a mí y echa un vistazo a mi escritura.

–¡Bien! ¡Pronto aprenderás, si Dios quiere!

Luego pide a mi compañero que me escriba algunas palabras similares a las que acabo de copiar. Murmullos de los alumnos. El maestro se incorpora y abarca de una sola mirada toda la clase. Se callan. Por sus expresiones y gestos, adivino que mi compañero está contento de ayudarme; no puedo decir lo mismo de mí. Me siento el último de ellos. Sólo sé las pocas letras que me enseñó Hamid en Tánger. Me invade la tristeza y la culpabilidad, mi lugar no está entre ellos. Yo vengo del clan de los alcahuetes, ladrones, contrabandistas y putas. ¡Éste es un lugar sagrado que estoy profanando! Pero quizá entre ellos haya algunos que son hijos de todo eso a la vez. Me consuelo. ¡Esto es, pues, un lugar de purificación! Si no hubieran llegado ellos aquí, también serían lo que he sido. Se disipa mi tristeza ante esta hipótesis, quizá equivocada e imposible de verificar, pero que me sirve de autodefensa. Me enfrento a la alternativa de quedarme aquí o volver a Tánger. Allí en el cualquier otro lugar me espera el fango putrefacto. Me quedaré aquí, aunque el azul del cielo me borre para siempre de mi vida.

Mi compañero me escribe algunas palabras, pronunciándolas en voz baja, como el maestro. Le doy las gracias, mi mano tiembla y me esfuerzo de nuevo, intentando imitar su bonita letra. A partir de entonces, aprenderé más de los alumnos que de los maestros.

Tiempo de errores, Mohamed Chukri, Círculo de Lectores, pp. 29-36

Imagen: Pixabay

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