Narradores compulsivos

narradores compulsivos
Escritor francés Honoré de Balzac

Decía André Malraux, en alusión a Balzac, que cuanto más largas son las descripciones menos ve el lector. Estoy de acuerdo. Aun reconociendo que no se entiende la genial pluma de Balzac sin su elocuencia, me decanto por un lenguaje económico donde descripciones, reflexiones y acciones transiten sin un gasto innecesario de tinta. El exceso verbal en la comunicación –y la literatura es esencialmente comunicación– llega a ser como esos árboles gigantescos que impiden ver el bosque.

Pero para encontrar narradores prolijos no hace falta salir de la vida real. El ciudadano medio quiere narrar, narrar y narrar, explicarse al mundo como un libro abierto. O, por citar cierto programa radiofónico, lo que quiere es Hablar por hablar.

Mi rechazo al  transporte público es en parte rechazo al narrador compulsivo que tan a menudo viene incluido en el precio del billete. Si el viaje es corto, por ejemplo en metro o en autobús urbano –donde apenas da tiempo a conversar sobre el clima–, el problema es llevadero y a veces incluso edificante. El asunto se complica en esos largos viajes en autobús con aforo completo en los que el azar te coloca por vecino de asiento a un narrador compulsivo con el tesón narrativo del mismísimo Fédor Dostoievski.

Pero si medimos un viaje por la calidad de su conversación, el peor de todos es aquel que se hace con el cónyuge o con un amigo de toda la vida, en el que las circunstancias obligan a los interlocutores a compartir por enésima vez episodios y reflexiones sobradamente conocidos, y donde no queda más esperanza que la de sufrir algún contratiempo que poder contar luego con todo detalle.


Francisco Rodríguez Criado es escritor, corrector de estilo y editor de una red de blogs de literatura y corrección lingüística.

 

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1 comentario en “Narradores compulsivos”

  1. Y lo peor ante el narrador compulsivo es que no hay forma humana de hacerle entender que te sobran datos para lo que está contando, solo se escucha a si mismo. Es una tortura difícil de soportar.
    Con el cónyuge o el amigo tienes la ventaja de la confianza, antes de que explayen les pides que te hagan un resumen breve y puedes volver a perder la mirada en el paisaje.
    No viajo en metro pero en un lugar pequeño donde todo el mundo se conoce, solo con poner los pies en la calle te encuentras con todos los narradores dispuestos a deleitar tus oídos y les da lo mismo que lleves prisa, ellos nunca la tienen. 🙂

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