Siete cuentos fronterizos, de Georges Moustaki

A más de uno le sorprenderá saber que Georges Moustaki (1934-2013), famoso por su actividad musical, era también autor de cuentos. Pero a poco que uno indague en su biografía, comprenderá que esa veta literaria, lejos de ser extraña, corresponde a su espíritu creativo.

Georges Moustaki era cantautor, multiintrumentista (tocaba el piano, la guitarra y el acordeón), y cantaba en francés, griego, inglés, hebreo, español, árabe, etcétera. Y, desde luego, no era ajeno al mundo de la literatura. Como cuenta Robert Solé en la introducción de Siete cuentos fronterizos (Belacqva, 2006), Moustaki era hijo de un librero francófono de Alejandría. Creció, pues, rodeado de libros.




El estilo de estos siete cuentos es sencillo, metafórico, con cierto aire popular. Hoy os ofrezco uno de los cuentos –creo que el más breve de los siete– para que os hagáis una idea del Moustaki cuentista. En el relato “Los invasores” leemos la historia de un pequeño pueblo al que llega la noticia de que un grupo de invasores está a punto de caer sobre ellos. La historia está no tanto en la propia invasión sino en cómo reacciona la ciudadanía ante el inminente ataque.

siete cuentos fronterizos
Siete cuentos fronterizos, de Georges Moustaki

Cuento de George Moustaki: Los invasores

En un pequeño pueblo, corre la voz sobre la llegada inminente de una tropa de invasores.

Primero es un rumor que alimenta todo tipo de fantasías. Después, una probabilidad que siempre el miedo y el pánico. Finalmente, se convierte en una certeza que obliga a adoptar una actitud de respeto.

Ante esta temible perspectiva, la población decide unirse y poner en común todo aquello que ataña a los intereses colectivos. Se revela todo lo que siempre se había disimulado, callado.

Una faceta inesperada de la vida del pueblo sale a la luz. Las lenguas se sueltan, las cuentas se arreglan, el miedo muestra el verdadero rostro de la gente. Todos se acusan, se confiesas, se denuncian.

Se fustiga a los valientes por su arrogante transigencia de peligrosos matamoros. Los ricos son conminados a ofrecer su fortuna a los invasores para intentar ablandarlos. Los pobres, que no tienen nada que perder, se resignan a esta unión sagrada con el presentimiento de que harán, una vez más, de chivos expiatorios.

 

Las mujeres de los notables deciden, por su parte, reunirse en el salón de Leila.

«No debemos dejar que los hombres lo decidan todo» es la consigna de este encuentro. Incluso han invitado a mujeres de extracción social modesta para que hagan bulto y para implicarlas en una estrategia alternativa.

–Nuestros maridos y nuestros hijos sólo hablan de luchar o de someterse. Nosotras venceremos gracias al poder de nuestros encantos. Éstos serán nuestra principal arma, un arma invencible. Además, quizá los invasores son muchachos apuestos –añade Leila con una sonrisa de oreja a oreja a oreja.

De un día para el otro, el contingente femenino se vuelca en una competición de elegancia, a ver quién da con el mejor vestido. El pueblo entero exhala un perfume de almizcle, de azahar, de jazmín. Los velos son arrojados a un rincón y las expresiones se vuelven seductoras, incitantes.

Los hombres ven con malos ojos esta inesperada emancipación que viene a sumarse a sus preocupaciones.

Las escenas de limpieza se reproducen por doquier, adecentando la tensión general.

 

El pueblo está en pleno descalabro cuando un niño llega jadeando a la plaza del mercado.

–¡Los invasores no vienen! ¡Han tomado el camino del norte!

Todos se miran entre sí con desprecio, desconfianza y cólera. El frente unido ante el invasor se desmorona. El rencor se une al alivio. Los ricos retoman su superioridad, sastisfechos de no tener que pagar ningún tributo al ocupante. Decepcionado, el clan de botafuegos hace un desfile para exhibir sus armas inutilizadas, inútiles para siempre. Los pobres saben que para ellos aquello no cambiará nada. Las mujeres guardan con desgana sus perfumes, su ropa interior, sus fantasías.

Solamente una pandilla de chiquillos, responsables de lo que no fue más que una inocentada, se carcajean al descubrir los descarríos del mundo de los adultos.

Georges Moustaki. Siete cuentos fronterizos, páginas 55–59. Belacqva, 2006, Traducción de Anna Gil Bardaji, con prefacio de Robert Solé.

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Francisco Rodríguez Criado es escritor, corrector de estilo y editor de blogs de literatura y corrección lingüística.

 

 

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