La proyección social del escritor

El oficio de escribirGuillermo Díaz-Plaja (1909-1984), autor tan prolífico como su hermano Fernando (1918-2012), publicó en 1969 un libro didáctico, de fácil lectura y de cierto interés para quienes sentimos algo especial por el oficio de escribir. No en vano, es ese el título del libro al que me estoy refiriendo: El oficio de escribir (Alianza Editorial), que consta, como se nos dice al comienzo de Aviso (ahora diríamos Introducción o Nota del Autor), de varios artículos que tratan, “en sucesivos planteamientos, temas diversos en torno de la condición del escritor en España”.

El autor añade:

“Estos planteamientos –lo anticipo– no conducirán a conclusión alguna. Probablemente la condición de primer asedio al tema que estas meditaciones tienen entre nosotros permitirá, apenas, la explanación de unos hechos y la formulación de unas perplejidades, la primera de las cuales nos interroga desde esta página inicial. ¿Existe, en efecto, entre nosotros, rigurosamente, la profesión de escritor?”

 

No está mal la pregunta, ¿verdad?

Pero no quisiera extenderme en el prólogo, sino reproducir un breve fragmento del libro, para que os hagáis una idea –si acaso no lo habéis leído– del contenido y del tono de su autor. He elegido el comienzo del capítulo 3, “El escritor y la sociedad”, en la que Díaz-Plaja diserta sobre la proyección social del escritor. Puede servirnos de esbozo de cómo se movía el escritor casi medio siglo antes de que el escritor asaltara las redes sociales con el velado –o no tan velado– deseo de proyectarse socialmente. Una época aquella en la que, cuesta creerlo, el escritor, por pudor, se difuminaba ante la sociedad… O eso dice al menos Guillermo Díaz-Plaja.

 

La proyección social del escritor
Fernando Dïaz-Playa (derecha), junto a Eugenio d’Ors.

El escritor como aristocracia

El escritor no debe exhibir constantemente lo personal, lo que individualmente le acontece; pero tampoco debe ocultarlo.

Pienso muchas veces que, por un exceso de mal entendido pudor, el escritor se difumina ante la sociedad que le contempla. Se desvanece en un frío impersonalismo, suponiendo que es poco oportuno llamar la atención sobre su propio ser.

Se equivoca. No hay literatura sin un público que la sostenga. No hay creación sin comunicación: como no hay pensamiento sin diálogo.

Llamar la atención sobre la personalidad del escritor es correlativo a la dimensión de su éxito. La actual mitología del deporte y del cine sabe bien que la fama de sus creadores se constituye tanto del menester profesional de cada uno como del asalto a su intimidad. Toda creación se concreta y se individualiza en una persona que, a través de su propia existencia, nos ofrece aquellos datos complementarios que incluso nos ayudan a entender la obra que realiza. Provocar ambiente en torno a un creador contribuye, pues, a beneficiar su propia creación intelectual.

La proyección social del escritor es, pues, necesaria a su propio progreso. Las más exigentes “élites” del mundo se hacen un honor incorporando a su seno a las grandes figuras de la literatura. La realeza alcanzó su plenitud absoluta en la historia cuando Luis XIV convocó a los intelectuales para que, en torno suyo, constituyesen la Academia Francesa. El Estado, pues, se percataba de que el escritor formaba una parte importante de su gloria. Bien lo supo después la monarquía inglesa elevando sistemáticamente al plano de la nobleza a las figuras más destacadas de la tarea intelectual. Hacer que el escritor se sienta vinculado a la zona de las grandes directrices públicas es tan beneficioso como grave el provocar que se sienta desligado de ellas.

Conoceréis el grado de finura de un cuadro social en la medida en la que la aristocracia de la sangre o del dinero abra sus puertas al creador espiritual. Un escritor es un trabajador de la inteligencia; pero es también una fiesta. Me enamoran las ciudades en las que la credencial de una tarea literatura es suficiente para llegar hasta los más encopetados salones, como me entristecen aquellas cuyos prepotentes económicos opinan que el escritor es un pobre hombre de tan pocos alcances que no ha sido capaz de labrarse un porvenir en la industria o en el comercio.

Me encantan, paralelamente, aquellas urbes que saben hacer de un hecho literario un acontecimiento social. Un estreno de teatro, por ejemplo, es un pretexto para unas horas de alegre y civil compañía entre las mejores aristocracias de la ciudad. Si los empresarios conocieran esto –y no les doliera su “avara povertà”– sabrían que al convocar a las personalidades que cuentan en la vida ciudadana obtienen, de paso, una repercusión inmensa con muy gratas consecuencias para el inmediato porvenir.

El escritor y la sociedad se necesitan y se complementan. ¡Ay de la tierra donde el escritor no tiene otra opción que la soledad! ¡Y ay de la sociedad a la que el escritor no presta el soplo constante de su espíritu!

Guillermo Fernández-Plaja, en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

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