Una historia real: Agonía de un volantín honrado

La presencia del volantín, allí entre las ramas, también le irritaba, porque según él, rompía el equilibrio visual de su casa y su entorno, y afeaba más todavía el frontis de su negocio de licores y comestibles, cuyos muros llevaban la pintura descascarada mucho tiempo.

Ernesto Bustos Garrido

Relato corto de Ernesto Bustos Garrido: Agonía de un volantín honrado

Al amigo de mi niñez, Alfonso, quien perdió a su padre por apoyar a Allende

Los árboles de la calle Lynch Sur, en el sector oriente de Santiago (Santiago de Chile) presentan en esta época de mediados de otoño un espectáculo singular. A la puesta del sol y teniendo como telón de fondo los cerros de la cordillera de Los Andes, muestran en casas y arboledas un colorido que varía del verde al amarillo y a veces del gris al rosado. Es como adentrarse en un bazar de Arica o Chiloé, en el sur del país, y observar la exhibición multicolor de ponchos, mantas, bolsos, alforjas y gorros con orejeras, calcetas de lana cruda y guantes mitones para protegerse de los fríos cordillerano y austral, colgados desde cualquier parte.

En la copa de uno de estos árboles capitalinos, aún con algunas decrépitas hojas en sus ramas, resistentes a caer, se mece como ahorcado insepulto un volantín tricolor. Está allí atrapado junto a los cables del tendido eléctrico, hace más de dos años. Ni siquiera las lluvias invernales le han arrancado del todo sus vestidos de papel.

El volantín se mueve con espasmos de moribundo, para allá y para acá. El viento que sopla por las tardes, antes de la caída del sol, lo zamarrea implacablemente. Su aspecto lastimero, sin embargo, acompaña y ensombrece el espectáculo del sol y los colores del atardecer.

Así lo vio Don Pedro, el dueño del almacén de la esquina, tres días antes de morir. Era un viejecillo un tanto cascarrabias, enemigo del baño diario y de los comunistas que tienen su sede a la vuelta de la esquina.

La presencia del volantín, allí entre las ramas, también le irritaba, porque según él, rompía el equilibrio visual de su casa y su entorno, y afeaba más todavía el frontis de su negocio de licores y comestibles, cuyos muros llevaban la pintura descascarada mucho tiempo.

Pero él no lo dijo de ese modo, sino en palabras más simples.

–Parece una hoja de diario toda cagá.

Un niño que había visto cómo los militares habían matado a su padre, y que miraba al moribundo de maderos y papel, escuchó al anciano rezongón y fue a su casa a buscar un palo largo para arrear el volantín. Sin pensarlo haría un acto de caridad. Quizá lo animó el recuerdo triste y brutal de su padre, colgado del cuello, en una grúa de una construcción abandonada, en plana dictadura de Pinochet.

Al día siguiente Don Pedro salió a la puerta de su casa y buscó con sus cansados ojos la figura del volantín. No estaba.

–Va, parece que se fue cortado –sentenció malicioso.

Dos días después él murió de repente, al atragantarse con un trozo de carne. Su funeral sacó a los curiosos a las puertas de sus casas. Algunos se santiguaron cuando pasó el cortejo; otros se entraron sin decir nada. Tenía muchos años.

El niño que había rescatado el volantín desde las ramas del árbol no concurrió al sepelio. Con los maderos del volantín rescatado de las ramas y de los cables de la luz, al advenir la primavera, se hizo uno nuevo, con el que jugó todos los años de su niñez, hasta hacerse adolescente, más tarde joven, y adulto, como lo fuera en su tiempo Don Pedro.

Un día, sin embargo, su volantín agarró viento de cola y se enredó en una antena de televisión. Realizó algunos intentos para zafarlo, pero no lo consiguió. Pensó: Antes eran las ramas de los árboles, después los conductores de la luz, y ahora la modernidad impresentable de los tendidos alámbricos para el cable y la televisión. Recordó enseguida el episodio del viejo volantín, aquel que él había liberado de su prisión cuando el viejo Pedro aún vivía. Pensó ir hasta su casa para traer un palo largo. Se acordó de su artritis, caviló un instante, pero decidió dejarlo allí, a merced del tiempo, del viento, del sol y de la lluvia y de las miradas desdeñosas.

Finalmente reflexionó: Será bueno que la gente del vecindario vea cómo es la agonía de un hombre honrado que, por pensar distinto, fue ahorcado.

Ernestos Bustos Garrido, periodista

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