Historia de una venganza sin sangre (Alessandro Baricco)

historia de una venganza
Escritor italiano Alessandro Baricco

Alessandro Baricco, escritor y periodista turinés, escribió una novela corta titulada Sin Sangre. Consta de dos partes o actos. En el primero relata el ajusticiamiento de un médico torturador, en alguna guerra civil de un país que podría España, la misma Italia, o Argentina o Chile. El médico es de apellido Roca y lo llamaban “el Anestesista” o algo así. Lo acusan de haber cometido crímenes horrendos contra los subversivos. Terminada la guerra fratricida, comienza “la caza de brujas”. Varios comandos de guerrilleros, aún movilizados (La guerra aún no ha terminado para nosotros, dice uno de ellos) buscan a los verdugos y torturadores. Roca se ha escondido en un remoto lugar junto a sus dos hijos, un hombre y una mujer, Cuando los guerrilleros llegan hasta el sitio para cobrar venganza, el extorurador cree que ha llegado su hora; no tiene salvación y pagará sus crímenes.


Entonces le ordena a su hijo –un muchacho poco más que adolescente– que huya y le dice a su hijita de pocos años que “toda estará bien, que no se preocupe”. Enseguida la esconde en una trampilla que hay bajo el piso, en el cuarto principal de la casa. Le ordena que no se mueva, pase lo que pase, que no hable, que se mantenga allí hasta que pase todo.

Tres son los guerrilleros; están fuertemente armados y le dicen a Roca que se entregue. Como saben que no lo hará, rodean la casa y comienzan a disparar sus armas. El jefe se llama Salinas: Lo acompañan el “Gurre” y un joven llamado Tito. Este consigue entrar por una puerta trasera y encañona al médico. Se acerca su fin. Entran Salinas y el “Gurre”. No tardan mucho en cumplir su tarea. Lo ajustician, fríamente. Pero los guerrilleros saben que el hombre estaba con sus hijos. Los buscan. Encuentran al muchacho y lo ametrallan cuando éste les dispara con un rifle. Enseguida comienza la búsqueda de la niña. Nino la descubre en la trampilla, encogida y temerosa. Se conmueve y cierra el escondite sin revelar nada. La ha salvado. Posteriormente el grupo, antes de desaparecer, le prende fuego a la vivienda. Nino ruega que la niña sobreviva a las llamas.

Segundo acto: Pasan los años y la historia de Tito y la niña (Nina) recomienza. Ella es viuda y ha quedado con una buena posición económica. Hurga en su pasado y desea cerrar el círculo de su trágica existencia y el episodio vivido en la trampilla. Busca al muchacho que le salvó la vida. Tito es ya un hombre mayor y atiende un puesto de lotería. El siguiente fragmento, que también encierra un cuento oculto de Baricco, es el que mostramos a continuación.


cuentosErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.


El secreto de la trampilla. La historia de una venganza (*)

Alessandro Baricco

La mujer –allí, en la mesa– se echó un poco hacia delante. El hombre hacía rato que había dejado de llorar. Había sacado del bolsillo un gran pañuelo y se había secado las lágrimas. Había dicho:

–Perdóneme.

Luego no habían vuelto a hablar.

Parecía de verdad que ya no les quedara mada más por comprender, juntos.

Y, sin embargo, en un momento dado la mujer se inclinó hacia el hombre y dijo:

–Tengo que pedirle algo un poco estúpido.

El hombre levantó la mirada hacia ella.

La mujer parecía muy seria.

–¿Le apetecería hacer el amor conmigo?

El hombre se quedó mirándola, inmóvil y en silencio.

De manera que, por un instante, la mujer tuvo miedo de no haber dicho nada, y de que sólo hubiera pensado que decía aquella frase, pero sin lograr hacerlo de veras. Así que la repitió, lentamente.

–¿Le apetecería hacer el amor conmigo?

El hombre sonrió.

–Soy viejo –dijo.

–Yo también.

 

La mujer no había pensado en ello y de que no tenía nada que decir sobre ese asunto.

–No estoy loca.

–No importa si usted está loca. De verdad, a mí no me importa. No es eso.

La mujer se quedó un rato pensando y luego dijo:

–No tiene usted de qué preocuparse, podemos ir a un hotel, puede usted escogerlo. Un hotel que nadie conozca.

Entonces al hombre le pareció comprender algo.

–¿A usted le gustaría que fuéramos a un hotel? –preguntó.

–Sí. Me gustaría. Lléveme a un hotel.

Él dijo lentamente.

–Una habitación de hotel.

Lo dijo como si al pronunciar ese nombre le resulltara más sencillo imaginársela, esa habitación, y verla, para comprender si le gustaría morir en aquel sitio.

La mujer le dijo que no tenía que tener miedo.

–No tengo miedo –dijo él.

 

Cruzaron la ciudad en un taxi que parecía nuevo y que tenía todavía celofán en los asientos. La mujer miró todo el rato fuera por la ventanilla. Eran calles que nunca había visto.

Se bajaron delante de un hotel que se llamaba California. El rótulo ascendía verticalmente a lo largo de los cuatro pisos del edificio. Tenía grandes letras rojas que se encendían una a una. Cuando la inscripción estaba completa, parpadeaba unos instantes, luego se apagaba completamente y volvía a empezar por la primera letra.

 

Durante un rato se quedaron allí, el uno junto a la otra, mirando desde fuera el hotel. Luego la mujer dijo “Vamos” y se dirigió hacia la puerta de entrada. El hombre la siguió.

El tipo de la recepción miró los documentos y preguntó si querían una habitación de matrimonio. Pero sin ninguna inflexión en su voz.

–Lo que tenga –respondió la mujer.

Cogieron una habitación que daba a la calle, en el tercer piso. El tipo de la recepción se disculpó porque no había ascensor y se ofreció para subirles las maletas.

–No hay maletas. Las hemos perdido –dijo la mujer.

El tipo sonrió. Era buena persona. Los vio desaparecer escaleras arriba y no pensó mal de ellos.

Entraron a la habitación y ninguno de los dos hizo ademán de encender la luz.

 

Sin sangre. Alessandro Baricco. Traducción de Xavier González Rovira. Editorial Anagrama. Colecciones: Panorama de Narrativas y Compactos. 110 págs. (*) Título del compilador

Gentileza de Biblioteca Viva – Fundación La Fuente (Santiago–Chile)

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