Fragmentos inéditos de Madame Bovary

Por Ernesto Bustos Garrido

El diario ABC de España informó en octubre de 2014 que la revista cultural Turia publicaría a finales de ese mes tres textos inéditos de ✅ Madame Bovary , la famosa novela de Gustave Flaubert (Ruan, Alta Normandía, 12 de diciembre de 1821 – Croisset, Baja Normandía, 8 de mayo de 1880). Se trata de tres pasajes que el autor dejó, deliberadamente, en su momento afuera, por razones estéticas.

Los textos formaron parte de la nueva edición del libro que en Francia publicaría Gallimard, y el responsable de su rescate en España fue el traductor Mauro Armiño. «Hace tres o cuatro años, el Ayuntamiento de Rouen puso a disposición de público e interesados todos los manuscritos que existían de Madame Bovary”. Después, los estudiantes de letras de la Universidad de Rouen se dedicaron a hacer la transcripción. A finales del año 2013 salió el último volumen de Gallimard en Francia. Ahí se recogen varios de estos fragmentos y era evidente que alguna edición española tenía que recuperarlos», explicó Armiño.

El traductor incluyó los fragmentos inéditos como apéndice (y se explica el lugar exacto que ocupaban en el manuscrito) en la nueva edición de Madame Bovary que en breve vería la luz en Siruela. Pero como la publicación se estaba retrasando (la editorial quería hacerla coincidir con el estreno de la enésima versión cinematográfica de la obra), Armiño decidió pasarle el material como aperitivo a la Revista Turia, con la que colabora habitualmente.

Discusión sobre libros

«Lo más interesante es que hablan de la lectura y plantean un problema en el que no se ha hecho mucho hincapié. Flaubert era un gran lector de El Quijote. Para él, Cervantes era el gran escritor», asegura el traductor. «De la misma forma que a Don Quijote se le seca el cerebro de tanto leer, a Emma le pasa lo mismo, es una víctima del romanticismo que ha aprendido en los libros».

Las líneas suprimidas en la publicación original corresponden a tres momentos diferentes de la novela. En el primero, Emma Bovary acude a un evento social, lo que aprovecha Flaubert para realizar un detallado retrato de la nobleza, así como de sus preocupaciones. El segundo se concentra en la pasión de la protagonista por la lectura, y en los peligros que ésta supone. El tercer fragmento corresponde al capítulo XIV (segunda parte) y retrata la interacción de Emma con sus vecinos cuando atraviesa una depresión tras el fin de su primera aventura amorosa.

Fue el propio Flaubert quien eliminó estos fragmentos de la obra a sugerencia de su amigo Maxime Deucamp, director del periódico donde se publicó por entregas Madame Bovary. Según Deucamp, en los capítulos en los que aparecían esas alocuciones, apartaban al lector de Madame Bovary. «Te desconcentran, el lector se va. Deucamp tenía razón», puntualiza Armiño. Aun así, su rescate fue una buena oportunidad para reivindicar, una vez más, la defensa de la lectura «para todos y para todas» que en su día hizo Flaubert.

De hecho, el fragmento más llamativo de los tres es el titulado «Una discusión sobre libros», y se ocupa de la pasión de Emma Bovary por la lectura. Se trata de una discusión en la que Homais (el personaje más tonto que hay en la novela), hombre de ciencia y boticario, arremete contra los males que provoca la lectura y es secundado por la madre de Charles Bovary, que tacha a Emma de intelectual.

Y este es el texto excluido del original de la novela:

—Pero eso acarrea consecuencias, pobre hijo mío, y quien no tiene religión siempre acaba mal. (IIª parte, cap. VII, pág. 163, líneas 18—19).

—Perdóneme —interrumpió el señor Homais–, se puede permanecer en el buen camino sin seguir para nada el de la Iglesia. Mejor admitir todo. Seamos tolerantes y filósofos, examinemos las cosas; –y no es para atacar la religión. Yo la respeto, sé que se necesita una; pero, en fin, el dogma no implica en absoluto moral, como tampoco la virtud depende de la creencia. Y así los españoles, los italianos, esos andaluces de que hablan los autores, esas mujeres voluptuosas que asisten a corridas de toros y llevan puñales en la liga, pues bien, esas mujeres tienen religión, y ello no impide que…

—Usted, señor Homais –replicaba Bovary madre, ¡usted es un hombre de ciencia!… Usted tiene sus ideas… yo tengo las mías. Sin embargo, deberá admitir que una mujer no puede razonar como un hombre. ¡Ellas no saben latín! Les resulta imposible sopesar los pros y los contras; y yo sostengo que, a fuerza de atormentarse siempre porque quieren aprender más, terminan cayendo enfermas. Imagínese cómo pasan las noches.

—¡Oh, detestable, detestable! –exclamó el farmacéutico, súbitamente ablandado por el cumplido–, no hay exceso peor que esa manía de hacer del día noche y de la noche el día. Por eso yo, incluso en los momentos claves de mis estudios, nunca me acosté pasadas las diez; pero desde las cuatro en verano, y de las cinco en invierno, ya estaba en la tarea; además, con seis horas bastan; ¡es lo razonable!

septem horas pigro, nulli concedimus octo [1]

aunque, a decir verdad, nos hayamos relajado en ese punto un poco de la rigidez gótica de nuestros buenos antepasados. No obstante, pienso como usted, señora, que la blandura de la cama, cuando se le une el hábito de la lectura, puede volverse extremadamente funesta. La inercia muscular, que es demasiado completa, no contrarresta la acción cefálica, que es demasiado violenta; sin tener en cuenta que la noche actúa poderosamente por sí misma sobre el sistema nervioso, pues entonces la imaginación es más sobreexcitable, y la sensibilidad más impresionable. El nervio óptico, continuamente obligado a llevar al cerebro las sensaciones, lo agita. Lo conmociona. Trabaja como un berbiquí que le hubieran adaptado para perforarlo.  Y, de ahí, palpitaciones, desganas, pérdida del apetito, las digestiones se hacen mal, la inervación se altera, es la vigilia la que se convierte en sueño, el sueño en vigilia, el dormir, si se presenta, resulta perpetuamente agitado por epistomaquias, dicho en otros términos pesadillas, y pronto ocurren los diferentes fenómenos de magnetismo y de sonambulismo, con los más tristes resultados, con las más deplorables consecuencias –y no ataco aquí, fíjese bien, el fondo del asunto, no voy al corazón del tema, que sería examinar las relaciones de la moral y de lo físico y cómo la literatura y las Bellas Artes tienen relación con la Fisiología–, no, rozamos y vemos de pasada lo que se encuentra en la mayoría de los autores modernos, a fin de descubrir si es posible…

—Pues ya que eso le divierte —objetaba Charles aturdido.

—¡Permítame! —decía el boticario acalorado.

—Escúchale —replicaba la madre Bovary.

—Cavernas —continuaba el señor Homais—, espectros, ruinas, cementerios, monederos falsos, claros de luna, ¿qué sé yo?, toda suerte de cuadros lúgubres que predisponen singularmente a la melancolía. Añada luego que esos productos febriles de imaginaciones delirantes están mancillados por neologismos, expresiones bárbaras, palabras barrocas, hasta el punto de que se ve uno obligado a devanarse los sesos para comprenderlas. Porque les confieso que yo, a menudo… ¡no comprendo a sus autores de moda! —y no me refiero a los pequeños, no, sino a los más célebres, a los que tienen reputación, ¡a los que están en la cumbre!—, y lo repito una vez más, quizá sea por falta de inteligencia, lo declaro con toda humildad, en fin, no los comprendo; y no me sorprendería en absoluto que esas invenciones en que el buen gusto, como la lengua y las costumbres, son tan audazmente ultrajadas, terminen por revolucionar incluso el propio organismo. Todo esto, por supuesto, no tiene ninguna relación con Madame Bovary, que desde luego es una de las damas que más considero, salvo quizá un poco de efervescencia, un poco de exaltación.

—¡No, no! —exclamaba la anciana agitando sus agudas encías—, lo que usted dice, señor Homais, tiene mucha cordura; porque esos libros de que habla muestran la existencia rodeada de belleza, pero luego, cuando se llega a la realidad, se topa con el desencanto. Y es eso, estoy segura, ella rabia sabiendo que no tiene razón, y que la conozco bien. ¡Ah, sí!, bien que la conozco. Porque no se trata de hacerse la cursilona, ¡la intelectual!, además ¡hay que sufrir en la vida! ¡Hay que cumplir con sus deberes! ¡Hay que gobernar la casa! Pero es lamentable, de verdad, y tu deberías vigilarla, ¿no es cierto, señor, usted que es su amigo?

Tomaron, pues, la decisión de impedir que Emma leyera novelas.

 (1) La cita resume torpemente un precepto de la escuela médica de Salerno (principio del siglo XI): Sex horas dormire sat est iuvenique senique. Septem vix pigro, nulli concedimus octo («Tanto para un joven como para un hombre mayor, es suficiente con dormir seis horas. Para un perezoso podemos aceptar siete, pero a nadie le concedemos ocho»).

Nota: Mauro Armiño es Premio Nacional de Traducción 2010 en España.

Madame Bovary | Comprar en La Casa del Libro

RebajasBestseller No. 1
Madame Bovary (Austral Singular)
Gustave Flaubert - Editor: Austral - Tapa dura: 456 páginas
12,95 EUR - 0,65 EUR 12,30 EUR
Bestseller No. 2
Nous allions à l'aventure par les champs et par les grèves (Classiques)
Maxime Du Camp, Gustave Flaubert - Editor: Le Livre de Poche - Libro de bolsillo: 288 páginas
6,10 EUR
Bestseller No. 3
[Madame Bovary (Penguin Classics)] [By: Flaubert, Gustave] [January, 2003]
Gustave Flaubert - Penguin Classics - Tapa blanda
Actualmente no disponible
RebajasBestseller No. 4
Salambó (13/20)
Gustave Flaubert - Editor: Alianza - Edición no. 0 (03/27/2014) - Tapa blanda: 400 páginas
11,50 EUR - 0,58 EUR 10,92 EUR

Artículos relacionados

Última actualización el 2019-03-16 / Enlaces de afiliados / Imágenes de la API para Afiliados

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.