Fernán Caballero, una literatura entre pantalones y faldas

 

Fernán Caballero
Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero)

Cecilia Böhl de Faber es una de esas escritoras que saltaron a la palestra llevando un nombre de varón. Ella escogió –no se sabe muy bien cómo y por qué– el de Fernán Caballero (1796–1877). Toda su obra está bajo el alero de ese “alias”.

Le preguntaron cierta vez por qué ese seudónimo, y ella respondió: “Me gustó ese nombre por su sabor antiguo y caballeresco, y sin titubear un momento lo envié a Madrid, trocando para el público, mis modestas faldas de Cecilia por los castizos calzones de Fernán Caballero”, Después el público en general creyó realmente que se trataba de un escritor en vez de una escritora.

Nació en Morges, Suiza, y se educó en Alemania. Era hija del hispanista Juan Nicolás Böhl de Faber, al que los negocios familiares le llevaron a vivir a Cádiz y en esta ciudad fijó su residencia. Cecilia recibió una educación clásica y llegó a España alrededor de 1813. Aprendió varios idiomas, entre ellos el italiano, el francés, el inglés, el español y el alemán. Pasó el resto de su vida en Andalucía, donde están ambientadas todas sus obras.

Su gran mérito es haber levantado las banderas del Costumbrismo, que se define como un género o un modo literario de rescatar los modos y costumbres de las gentes de baja o mediana extracción, sin juicios morales y encasillamientos. Se la tiene por la primera folklorista de España, aunque algunas de sus obras fueron escritas en alemán y francés.

Escribió dos docenas de obras, entre las que destacan novelas como “La familia de Alvareda”, “La hija del Sol”, “Callar en vida y perdonar en muerte”, “La Gaviota” “Un verano en Bornos”, o “Clemencia”, e hizo recopilaciones de cuentos y poesía populares, costumbres, refranes y adivinanzas: “Cuentos y poesías populares andaluces”, “Cuentos, oraciones, adivinanzas y refranes populares”, “Cuentos de encantamiento infantiles”, “El refranero de campo y poesías populares”, “Cuentos, adivinanzas y refranes populares, recopilación”.

El siguiente texto es el inicio de la obra titulada “Una en otra”, escrita originalmente en francés. En él abundan los diálogos, a través de los cuales el lector podrá ir formándose un cuadro más exacto de sus personajes y de sus particulares virtudes y veleidades.

Por Ernesto Bustos Garrido

 

Una en otra

Novela de costumbres

Fernán Caballero

 

A fines de febrero del año 1844, salía de Madrid con dirección a Sevilla, una enorme diligencia, rodando pesadamente al empuje de diez y ocho caballos de la bella raza andaluza, adecuada para llevar a la ligera y gallardamente su jinete, pero poco a propósito para arrastrar el feísimo castillo ambulante llamado diligencia, que es una de las preciosas creaciones modernas, una especie de falansterio (1) móvil, ante el cual se extasía el vulgo.

La berlina estaba ocupada por un diputado y dos oficiales de gra–duación. En el testero del interior, se hallaba una señora anciana con su hija; y junto a ésta, estaba sentado un señor de edad, chico y gordo, de ojos pequeños y vivarachos, nariz de loro, cara rubicunda y satisfecha.

En la delantera iban un caballero pobremente vestido de negro, de aire grave y sencillo, que se conocía era sacerdote, y dos jóvenes, de los cuales el uno parecía ser extranjero. Para dar a conocer estos personajes, bastará dejarlos hablar.

En España el carácter social es natural y lleno de cordialidad. No se conoce esa reserva altiva que engendra la vanidad. Esto hácese viva, como quien dice, transparentemente. En todas partes cada cual habla a su vecino sin conocerle, y sin comprender que esto pueda ser contra la dignidad de nadie; no hacerlo, en lugar de inspirar consideración, tendría por resultado hacer del que adoptase ese sistema, un paria impertinente y ridículo.

En el momento de partir, la señora anciana se persignó: el individuo sentado frente de ella abrochó su levita negra, y dijo a media voz algunas palabras latinas. Uno de los jóvenes encendió un cigarro, el otro se quitó el sombrero y se puso un gorro griego, y el señor viejo y gordo dijo a la joven:

–Apóyese usted sobre mí, señorita, no tema usted incomodarme; al contrario, soy viejo, pero los ojos siempre son niños. En mi juventud –prosiguió–, cuando se venía a Madrid, era en un coche de colleras (2); se echaban quince días: ahora se echan cuatro; pero se llega tan molido, que se necesitan ocho para descansar; de suerte que allá se va, eso sin contar que, si se tuviese una vecina como usted, se desearía que el viaje no tuviese fin. ¿No es así, señores? ¿Y adonde va usted señora?

–Nosotras vamos primero a Sevilla y luego a Cádiz, respondió la señora anciana. Los médicos han mandado a mi hija a los baños de mar. Tengo en Cádiz una hermana, casada con el tesorero de la Aduana: por eso he elegido ese puerto de mar, aunque más distante de Madrid que otros.

–¿Y qué es lo que tiene su hija de usted?

–Ha crecido mucho, y en poco tiempo; lo cual le ha ocasionado una gran debilidad nerviosa, que, al decir de los médicos, podría terminar por una consunción.

–¡Qué disparate! –dijo el señor viejo–. Esas son tonteras de los médicos, que no saben ni dónde tienen las narices; ¡cásela usted! que eso es el sánalo todo de las muchachas, y la señorita… usted perdone, pero, ¿cómo es su gracia de usted?

–Casta, –respondió secamente la joven.

–¡Servidora de usted!, –añadió la madre.

–Pues, como iba diciendo, –prosiguió el viejo–, a Castita no le faltarán pretendientes; eso es seguro. Y usted, señora, ¿cómo se llama?

–Mónica Mendieta para servir a usted.

–A Dios por muchos años. ¿Es usted, viuda?

–¡Ay! ¡Sí señor!, mi marido era contador de rentas en Canarias, en donde murió, poco ha.

La señora sacó un pañuelo para enjugarse los ojos llenos de lágrimas.

–¡Dios tenga su alma!, señora: el muerto al hoyo, y el vivo al bollo.

–¡Ay señor!, eso es fácil de decir, pero…

–¿Qué, qué?, ¿va usted a llorar ahora por los difuntos? ¡Pues tendría que ver! Vaya, no piense usted más en eso. Yo no me acuerdo de mi mujer (que también soy viudo), sino para mandarle decir misas. ¿No es verdad, padre cura, –prosiguió dirigiéndose al caballero vestido de negro–, (porque supongo sois sacerdote). ¿No es verdad que eso es lo mejor que hay que hacer?

–Ciertamente, –respondió éste–; sobre todo si las misas se mandan decir con viva fe y tierno recuerdo.

–¡Hombre!, –dijo el señor gordo–. ¡Me parece usted cura romántico! ¿Va usted a Sevilla?

– No señor, me quedo en Jaén, desde donde pasaré a **** en la provincia de Granada.

–¿Ha estado usted mucho tiempo en Madrid?

–Tres meses.

–Y ¿por qué vino usted a Madrid?

–Porque fui desterrado de mi curato, y me formaron causa como carlino, por haber dicho en uno de mis sermones que cualquiera que leyese libros prohibidos, estaba excomulgado y fuera del gremio de la Iglesia.

–¡En lo que hizo usted muy bien!, –observó doña Mónica.

–¡Muy mal!, –se apresuró en decir el señor gordo–. ¿A qué santo comprometerse e ir a chocar con las gentes que escriben, hato de chisga–rabís (3), sin un real en la faltriquera (4), y que a fuerza de insolencia mangonean (5) tanto hoy día? Ande usted y créame; diga su misa, y coma su olla en paz, y deje usted rodar al mundo.

–Pero señor, mi deber, mi conciencia…

–¡Qué conciencia, ni que calabazas! Ahora se parece usted con su conciencia a los otros con su filantropía. ¡Míreme usted a mí!, no me meto en nada. No tengo opiniones, ni principios; de ello me vanaglorío. Las opiniones y los principios, ¡malditos sean!, son los que han perdido a España. Así, véame usted libre, alegre, gordo y tranquilo. Caballerito, ¿me da usted el cigarro para encender el mío?, siempre que el humo no incomode a la señorita Casta. ¿Eh?

–Me es indiferente que usted fume o deje de fumar, –contestó la joven sin mirar al viejo galán.

–¡Buenos cigarros por cierto! ¿Cuánto han costado?

–Me los regaló un pariente mío, –contestó el joven.

–Baratos son; ¿va usted a Cádiz?

–No señor, me quedo en Sevilla.

–¿Sevilla?, quien no vio a Sevilla no vio maravilla, dice el refrán. ¿Va usted a ella por gusto?

–No señor, voy de fiscal a uno de los juzgados.

–Muy joven es usted para ser fiscal; esto no es decir que no sea usted muy capaz de llenar bien sus deberes. ¿Tiene usted conocimientos en Sevilla?

–Soy de allí y conozco muchas gentes.

–Lo pregunto porque iba a decirle que si acaso necesita de aconsejarse con alguien, (como debe por fuerza suceder), que lo haga usted con mi abogado, un famoso Licurgo que sabe más que Merlín; hombre de bien, aunque abogado; rico, y viejo como Matusalén: D. Justo Barea.

–No dejaré de hacerlo, pues es mi tío abuelo.

–¿Qué? ¿Es usted aquel tunantillo de Javierillo, que tantas veces hice bailar sobre mis rodillas? ¡Caspitina, y cómo se va el tiempo! No; nosotros somos los que nos vamos; que es lo peor. ¿No enviaron a usted a la univer–sidad de Santiago?

–Sí señor; y al salir de allí pedí a mi tío y tutor licencia para hacer viaje a Francia.

–¿Y se la dio a usted?

–Por supuesto.

–¡Buena tontería hizo mi amigo! Si no me engaño, tiene usted una hermana casada con un diputado, que está ahora en Madrid.

–Sí señor.

–¡Ah!, por eso ha logrado usted la fiscalía; ¡Si es sabido!, me alegro. Su tío de usted ya no ejerce; y lo siento, porque aunque hacía valer sus puntadas, por cierto que era el mejor abogado de Sevilla.

 

***

 

Por largo tiempo siguió así la conversación. Varias veces el señor gordo se dirigió al joven sentado enfrente de él; pero éste miraba al campo por la portezuela, y parecía cuidarse poco de lo que se decía. Sólo algunas palabras en francés había dirigido a Javier Barea, con el que parecía estar en relaciones de amistad.

Al fin, no pudiendo sacarle una palabra el señor gordo, se encaró directamente con él y le dijo:

–Señor, yo me llamo Judas Tadeo Barbo; soy un rico hacendado y labrador de Jerez, para servir a usted¿Y usted quién es?

El francés no respondió.

–¿Acaso no me ha oído? –dijo D. Judas a Javier Barea.

Éste tradujo la pregunta a su amigo.

–¿Es el señor de la policía? –preguntó éste con aire altivo.

Barea tradujo la respuesta a D. Judas.

–¡Yo de la policía! –exclamó éste–. ¡De la policía! No, señor, –prosiguió dirigiéndose al francés y hablando recio, puesto que los españoles vulgares no pueden concebir que su idioma no se comprenda; y así instintivamente creen que no se les oye, y no que no se les entiende–. ¡Yo de la policía, ¡cuando todos los ladrones del término saben que tienen un refugio seguro en mi cortijo! Dígale usted por Dios, fiscal, mi querido Javier, que no soy de la policía. ¿Qué dirían en Jerez, en el puerto, en Cádiz, donde todo el mundo me conoce, de semejante suposición? Que pregunte en la feria de Mairena, donde por un potro con mi marca se paga en 10.000 reales. Que pregunte en la plaza de toros de Madrid, Sevilla y Cádiz, donde mis toros se pagan a 5.000 rs. ¿Quién es D. Judas Tadeo Barbo? ¡De la policía! ¿Tengo yo facha de ser de la policía, ni de tomar paga de nadie, ni del Gobierno? Diga usted, ¿acaso en Francia tienen los empleados de la policía cincuenta talegas en sus arcas; veinte mil fanegas de trigo en sus graneros; mil botas de vino de Jerez en sus bodegas; diez mil cabezas de ganado etc.?

Así prosiguió D. Judas la enumeración de su inmenso caudal, la que no produjo efecto alguno en los españoles; pero el extranjero mudó grande–mente de maneras.

–Perdone Vd., señor, –le dijo–, era una chanza, y sentiría la creyese usted un epigrama. Yo no sabía con quién tenía la honra de hablar.

–Si es una chanza, ¡anda con Dios! –repuso don Judas apaciguado–; a nadie le gustan las chanzas más que a mí. Pero dígame usted Castita, ¿por qué se está usted riendo sin cesar, hace un cuarto de hora?

–¿No se puede una reír en la diligencia, señor don Judas Tadeo Barbo? –respondió Casta sin cesar de reír.

–¿Pero por qué se ríe tanto la señorita? –preguntó el francés a Barea, que hacía los mayores esfuerzos para contener la risa que se le iba pegando.

–Yo se lo diré a usted –interrumpió D. Judas que comprendió la pre–gunta–: sabrá usted que hay un pescado que tiene una cabeza muy grande y una barriga muy gorda, y se llama, por desgracia mía, barbo, como yo. La señorita encuentra, pues, muy risible y muy gracioso que llevemos el mismo nombre. Pero, Castita, ¿no es Barbo un nombre como otro cualquiera? ¿Otra? ¡Dale! ¡Vamos andando! ¡Ría, ría usted!, que yo me alegro de tener un nombre que para usted equivale a un sainete. Vean ustedes, –prosiguió levantando los hombros–, ¡las mujeres, las mujeres!, ríen y lloran con la misma facilidad. Así es, que cuando mi mujer (q. e. p. d.) me armaba una rifi–rafa sobre celos, y lloraba como un becerro, (y yo) le hacía el mismo caso que a las golondrinas, y tocaba de suela. ¡Fiscal! ¡Fiscal!, ¡No se case usted! Acuérdese usted que el Señor, todo lo quiso sufrir, menos el ser casado ni el ser viejo. ¡Dichoso usted, padre cura, que se ve libre de las asechanzas de las hijas de Eva! Dicen que es un hermoso país el de Granada, rico y fértil.

–Rico, sobre todo en minas, –contestó el cura.

–¿Minas!…, –exclamó D. Judas–, ésas son engaña–tontos.

–Perdone usted, –observó el cura–, lo que usted dice es una vulgaridad que se repite cual axioma, como muchas otras. Usted no puede ignorar el resultado de la mayor parte de las minas de nuestra provincia. En mi pueblo nos hemos unido cuatro socios, y con nuestros pobres recursos hemos llegado a un resultado inesperado. Tenemos ya el más hermoso mineral; pero nuestros recursos se han agotado, y busco algunos accionistas, pues tengo evidencia de que con unos cuantos miles reales, es segura una enorme ganancia. Nuestra mina está bajo el amparo de Nuestra Señora de la Esperanza, y lleva su nombre.

–¿Esperanza?, –dijo D. Judas–, yo he perdido cinco mil reales en una que se llamaba la Positiva, y juré que no me cogerían en otra.

 

***

 

En esto llegaron al parador, y se sentaron a comer. El testero de la mesa lo ocupaban el diputado y los dos oficiales de graduación; D. Judas se sentó entre la madre y la hija; frente de ellos se pusieron los dos jóvenes, y el cura; a los pies estaban varias personas que venían en la rotonda. Entre éstos se veía un impasible inglés, todo vestido de géneros a cuadros a la escocesa, y un joven delgado, pequeño y pálido, que llevaba una larga barba y bigotes; su pelo largo y liso caía sobre sus orejas y sobre el cuello de su paletot (7). Este joven afectaba una gravedad imperturbable, que contrastaba con su juventud, y un aire decidido y altivo, que hacía que se extrañase verle en compañía de algunos hombres visiblemente ordinarios y soeces. –¡Ah!, –exclamó al ver a D. Judas, con gravedad y calma–. ¡Oh!, D. Judas (¡Tadeo, y no Iscariote!), querido paisano mío; yo no sabía que vinieseis en ese interior egoísta, que por espacio de horas me ha privado de tan buena vista.

–¿Vuelve usted a Jerez?, –respondió D. Judas–. ¡Pues peor para Jerez!

–Siempre el mismo D. Judas Tadeo, y no Iscariote; ¡siempre amable y fino como un erizo! ¡Vamos!, ¡vamos!, ¡que todos somos hijos de Dios!

–Y de nuestras obras, D. Pedro de Torres.

–Eso constituye la nobleza, D. Judas Tadeo, y no Iscariote; por eso yo soy hijo de la conquista de Jerez, y usted…

  1. Judas se apresuró a interrumpirle.

–Lo sé, lo sé, –dijo–. Sé que sois de las primeras familias de Jerez; pero yo creía, según vuestras máximas, que no debíais ponerle precio.

–Cierto es que no le pongo precio ninguno, y que sólo me acuerdo de quién soy, cuando veo a un Don Nadie echarla de orgulloso y de caballero. En 1255 Fortun de Torres, uno de mis abuelos, defendió las murallas de Jerez contra los reyes moros de Granada, Tarifa y Algeciras. Vencido por el gran número, jamás quiso soltar la bandera que llevaba; los moros le cortaron las manos; pero él se abrazó con sus brazos sangrientos a la bandera, la apretó con las rodillas y los dientes, y sólo después de muerto pudieron arrancársela. En punto a nobleza esto es oro puro; lo demás es cobre sobre dorado. ¡Señor Barbo!

–¡Y es usted…, usted el exaltado, el republicano rabioso, dijo picado D. Judas, el que viene en un parador, en público, a hacer ostentación de su árbol genealógico! ¡Curioso es ésto por cierto!… No se puede, amigo mío, repicar y andar en la procesión; es preciso herrar, o quitar el banco. ¿O es acaso que os han dado en Madrid alguna cruz, o alguna dignidad en palacio para convertiros?

Pedro de Torres, sin salirse de su flema, no respondió sino por un gesto de alto desprecio y asco a esa pregunta.

–Sepa usted ,–dijo–, que, cada día más idólatra de la libertad y de la igualdad, vengo a fundar en Jerez un falansterio, según los ha instituido el inmortal Fourier.

–¿Un qué…?, –preguntó D. Judas

–Un falansterio…, –respondió Torres.

–¿Es acaso, –prosiguió D. Judas–, alguna nueva junta republicana, como la que ya otra vez habéis fundado con esa patulea (8) de quien erais el jefe?

–No; ésta es una democracia pacífica, –respondió Torres con calma.

–¿Usted fundar algo de pacífico? Si lo viera no lo creyera.

–Sí, sí, D. Judas Tadeo y no Iscariote; estoy ahora por la armonía.

–Siempre lo habéis estado; más cuando os veía en la ópera, creía que más os llevaban a ella las cantarinas que no la música.

–No digo que no; pero ahora no se trata de ésos sino del falansterio. En él todo es común y todo igualmente distribuido: casa, trabajo, mujeres, niños, dinero…

–¡Dinero!… –gritó D. Judas–; vaya al demonio vuestro falansterno.

–Ya veréis, –prosiguió Torres, sin dejarse interrumpir–, este admirable resultado de la filantropía os entusiasmará, y prestareisle mano.

–No prestaré nada, –respondió D. Judas–; nada pondré en él; ni los pies. Pero doña Mónica, ¿ usted no come? Vamos, vamos, coma usted; es preciso comer, aun para llorar a su marido. Estas berzas (9) se quieren ir a la huerta. ¡Eh!, muchacho, ¿está el carbón muy caro aquí? Castita, beba usted una copita, por Dios: no bebe usted sino agua. No hay nada peor para el estómago. El agua acaba con los caminos reales; ¡mire usted qué no hará con los estómagos!

–¿A usted no le gusta el agua?, –dijo Mónica.

–Sí que le gusta –respondió Pedro de Torres–; sería el primer labrador que no la quisiera. Un caminante halló junto de un río a un labrador ahogado: –éste es, –dijo–, el primer labrador que veo harto de agua.

–Es cierto –dijo D. Judas–, que aquí cada rayo de sol es una sanguijuela, que chupa tanto la tierra, que se necesita mucha lluvia en invierno para estancarle la sed; no sé lo que sucederá en las demás penínsulas, pero en la nuestra un invierno seco nos pierde.

Pedro de Torres, a pesar de su gravedad, soltó la carcajada.

Era evidente que D. Judas, oyendo siempre nombrar a España por península, había tomado península por una palabra genérica, equivaliendo a país; y así le dijo Torres:

–Señor Barbo, en la península Francia llueve demasiado; en la península Alemania nieva demasiado; en la península Inglaterra, hay muchas nieblas y poco sol; así pues, cada península tiene su inconveniente.

 

***

 

–¿Conoces usted –dijo en voz baja el joven francés a Javier Barea–, a esos dos militares?

–Sí, –respondió éste del mismo modo–; los conozco de vista. El de más edad es el general Peñafiel, que acaba de volver a España. Viene de París donde se hallaba desde el convenio de Vergara, en el que quiso tomar parte; el otro es su hijo, el coronel don Fernando Peñafiel, que no se ha separado de su padre.

–Jamás he visto –repuso el francés–, dos hombres tan perfectamente bellos y tan exactamente parecidos. Es curioso el observar, al mirarlos, lo que el uno ha sido, y lo que el otro será.

 

***

 

–¿Y a qué santo ha venido usted a favorecer a Madrid con su amena presencia?, señor D. Judas Tadeo, y no Iscariote –preguntó Pedro de Torres.

–¿A usted eso qué le importa?, ciudadano del globo, como se firmaba usted en sus malditas proclamas –respondió D. Judas encolerizado.

–¡Vamos, cachaza!, no se enfade usted paisano, apreciado. Comiendo del modo que usted come, y privado como usted lo está de la parte del cuerpo que separa la cabeza de los hombros, es peligroso.

–Dicen –repuso D. Judas–, que las gracias son para una vez, y que repetidas pierden su chiste. Mire usted pues, D. Pedro de Torres, si desde diez años ha que usted repite su sempiterno Judas Tadeo, y no Iscariote, habrá perdido esa gracia su chiste, caso que jamás lo haya tenido. ¿A qué se cansa usted en hacer esa distinción? Cada cual sabe que mi patrono S. Judas Tadeo, que se celebra el 28 de octubre, es el apóstol hermano de Santiago, que predicó el cristianismo en la Potamia.

  1. Judas hablaba de la Mesopotamia.

Todo el mundo se echó a reír, y D. Pedro de Torres dijo:

–¿En qué os he ofendido Meso?

–¿Meso? –repuso D. Judas–, en nada. ¿A qué viene esa pregunta?

–Entonces, ¿por qué le rayáis del número de los vivos?

–¿Yo?, vamos, está loco –dijo D. Judas sacudiendo la cabeza.

–¿Por qué –prosiguió Torres–, le desterráis cruelmente? ¿Acaso tiene la desgracia de ser un honrado republicano como yo?

–¿Me quiere usted dejar en paz? –repuso D. Judas, con impaciencia–. Os digo que no le conozco ni de vista. Pero yo os pregunto, ¿qué derecho tenéis de darme dos nombres, uno afirmativo y otro negativo?

–El mismo que tenéis vos, y no os contesto, de llamarme Pedro de Torres, y no el Cruel; o Pedro de Torres, y no el Grande.

–¿El Grande? –exclamó D. Judas–. ¡Tendría que ver! Eso sería como si a mí me dijesen D. Judas el flaco, ¡ha, ha, ha, ha!

 

***

 

En un momento de silencio que siguió, el cura tomó tímidamente la palabra. Habló de su mina, de la cual hizo con sinceridad y buena fe los mayores elogios, celebró igualmente el mineral, y ofreció con pocos auxilios ponerla en breve en productos.

–El furor de las minas va pasando, –dijo sentenciosamente el diputado, que se ponía espejuelos para aparentar tener más edad de la que tenía–. Fray Gerundio ha hecho de su D. Frutos el D. Quijote de las minas.

–Estimado paisano –dijo Torres a D. Judas–, ¿queréis que tomemos una acción a medias?

–Las medias son para los pies –contestó D. Judas–; aborrezco las compañías tanto como las minas. Cinco mil reales perdí en la Positiva maldita. ¡Una y no más, señor San Blas!

–Eso es –repuso Torres–, porque es usted desconfiado como un ladrón, y está usted apegado a su dinero, como todo aquel para el cual el dinero es cosa nueva. ¿Quiere usted prestarme la suma, y yo tomo una acción?

–No presto nunca, –dijo D. Judas–; ni a mi padre.

–¿Es ése el lema de vuestro blasón? –preguntó Pedro de Torres.

–No señor –contestó colérico D. Judas–; es una máxima de vuestro difunto padre, que sería tan caballero como usted (aunque sin ser republicano lo pregonaba menos) y decía que quien prestaba a un amigo, perdía el dinero y el amigo.

–Omite usted decir –repuso Torres–, generoso paisano, que si mi padre no prestaba, era porque daba. No obstante, el vuestro debía saberlo.

–Bien está, bien está –interrumpió D. Judas–; pero, el resultado es…

–El resultado es –prosiguió Torres acabando la frase–, que hizo ingratos y empobreció; si eso es lo que usted quiere decir, yo le ahorro el trabajo, pues lo digo a boca llena.

–¡Éstos de sangre azul, –murmuró D. Judas–, hacen gala hasta de su pobreza!

–Como una estatua griega, de su desnudez, don Judas, –dijo Pedro de Torres con verdadera dignidad–. Usted sabe el refrán popular: “sirve a un rico empobrecido, y no sirvas a un pobre enriquecido”. El dinero de usted puede irse tan pronto como se vino, don Judas, en llegando a otras manos; pero la mitad de mi mayorazgo que no he podido vender, pasa a mi posteridad.

–Entonces, señor –dijo D. Judas–, ¿a qué trabaja usted tanto para con los mayorazgos?

–Porque –repuso Torres volviendo a su tono fanfarrón y sentencioso–, porque los principios deben mirarse antes que los intereses privados; porque el bien general debe buscarse antes que el individual: eso es lo que usted no entiende. Pero mirad a ese inglés; me está pareciendo entre todos con su imperturbable silencio y sus cuadros, una palabra borrada y rayada en todas sus direcciones.

En este entretanto Javier Barea, que estaba al lado del cura, le decía:

–Señor cura, del dinero que me fue enviado para mi viaje, me queda lo suficiente para tomar una acción en vuestra mina; yo la quiero.

–Mucho me complace –respondió el cura–; dos me han tomado en Madrid unos amigos; otro creo poder afirmar que tomará una en Jaén; con la vuestra serán cuatro. Esto nos habilita para poder proseguir los trabajos.

Javier sacó su bolsillo y contó en oro los dos mil reales, precio de la acción.

–¡Javier, Javier, fiscal del demonio!, ¿en qué piensa usted? –gritó D. Judas–, ¡dar así el dinero sin recibir en cambio títulos, ni garantías, ni siquiera un recibo!

–Hace muy bien, –dijo Casta.

–En efecto, –dijo el cura–, el Sr. D. Judas tiene razón; yo entiendo poco de negocios de dinero; recoged el vuestro, señor fiscal. Yo os enviaré los títulos a Sevilla, y cuando usted los tenga, me mandará el dinero.

–¡No! –respondió Javier Barea–, suplico a usted se quede con él, y no hablemos más de eso.

–El señor será un santo –murmuraba D. Judas–, no digo que no; pero no es así como se hacen los negocios, Castita. Además las gentes se pueden morir…

–Si el señor cura necesita un fiador, yo soy su fiador –dijo Pedro de Torres.

–Más vale pagar sus deudas, –observó D. Judas–, que hacerse fiador de nadie.

–¿Os debo algo por ventura, señor Gran Tacaño Segundo, –dijo Torres.

–¿A mí? ¡No, gracias a Dios! –respondió D. Judas–. Todos los despilfarrados pródigos y gastadores llamaron siempre tacaños a la gente de orden y método; eso es sabido. Y mire usted, ahora que hablamos de eso, ¿piensa usted vender su cortijo del Burro grande, que está pegado al mío de Pan y pasas?

–No.

–Cuando usted piense en deshacerse de él, como de los otros, acuérdese usted de mí

–Siempre me acuerdo de usted cuando se trata del Burro grande.

–Me alegro; desde ahora ofrezco a usted la mitad de su aprecio, es mucho para bienes amayorazgados.

–¡Gracias, generoso!

 

***

 

Torres sacó de su faltriquera su petaca, y ofreció cigarros a las personas sentadas en lo alto de la mesa, las que saludaron dando gracias. Dio a sus vecinos y presentó la petaca al inglés, que abrió los ojos tamaños haciendo un gesto negativo, y dijo dirigiéndose a su paisano:

–¡Un cigarro!, D. Judas Tadeo, y no Iscariote.

–Gracias.

–¡Vamos!, suplico a usted tome un cigarro habano, de la Vuelta de Abajo.

–No fumo sino papel.

–Tome usted. mi cigarro y píquelo.

–He dicho a usted. gracias.

–¿Va usted a hacerme un desaire, paisano muy amado?

–¿Me quiere usted forzar a fumar?, paisano cansado.

–Pido a usted. que tome mi cigarro, que no es republicano, noble, ni gastador, como su amo.

–¡Tan!, ¡tan!, ¡tan!, ¡tan!, –dijo D. Judas impaciente.

–Mire usted que soy terco: sea usted complaciente; tome usted el cigarro.

–¡Dale!, ¡dale!, ¡y qué chicharra!

Pedro de Torres puso el cigarro sobre mi plato, y lo hizo pasar de mano en mano, hasta que hubo llegado a Casta, la que puso el plato delante de D. Judas.

–Este joven, –dijo el francés a media voz a su amigo Barea–, es un raro conjunto de anomalías, con su cara juvenil y su gran barba de gastador viejo; su afectada gravedad y su natural humor chancero; sus bravatas y sus travesuras; su democracia y su aristocracia.

–Le conozco, –respondió Javier Barea–, es un buen muchacho, con pretensiones a ser un Robespierre; un cordero con pretensiones de tigre; un aturdido adocenado, que quiere copiar a D. Juan: todo esto es el resultado de malas compañías, de ideas mal dirigidas y peor digeridas.

–Paisano amable y galante, –decía Pedro de Torres–, dejad de dar tormento a la oreja izquierda de esa señorita, y bebed conmigo a la prosperidad de mi falansterio.

–No bebo a tales tonteras, –respondió D. Judas–, bebo a la de Jerez, mi patria; pues han de saber Vds., señores, que un amigo mío que ha viajado mucho por el extranjero, me ha dicho: “Amigo Barbo, el mundo es una col, y Jerez el cogollo”.

–Yo –dijo el diputado–, ¡brindo por nuestra España, por la paz, el comercio, y la agricultura!…

–¡Bien dicho!, –exclamó D. Judas–, bebo con usted; pero os lo digo, que mientras consientan ustedes estos republicanos, con sus patuleas, (8) falansterios y juntas secretas, y que dejen ustedes las puertas abiertas de par en par a los carlinos, no se logrará nada. ¿Cómo ha de andar un arado, si un buey tira a la derecha, y otro a la izquierda? Si me hicieran ministro, pronto habría acabado con ellos: a los unos los encerraba todos en su falensterno, a los otros todos en la Cartuja de Jerez, que es grande. Me dijeron en Madrid que ha vuelto el general Peñafiel, y ese general tiene…

–Un hijo, –le interrumpió el más joven de los dos militares, pronunciando lenta y enérgicamente cada palabra–, un hijo que lleva una espada bien afilada para cortar la lengua a aquél que se atreva a hablar con poco respeto de su padre.

Tenedor y cuchillo cayeron de las manos temblorosas de D. Judas.

– Son el general Peñafiel y su hijo, –le dijo al oído doña Mónica–. Se puede hablar de las cosas, D. Judas; pero no se debe jamás nombrar a las personas.

–Cierto, cierto, –suspiró D. Judas–, soy un pollino. ¡Mire usted yo, el más pacífico de los hombres, sin opiniones ni principios! Las opiniones y principios han perdido la España. ¡Yo, ir a chocar con personas de tanta categoría! Debió Vd. avisarme, doña Mónica, debió usted pisarme el pie, sin cuidarse de mis callos.

En esto el mayoral se presentó; se levantaron de la mesa, y ya cerca de la puerta, D. Judas se volvió atrás, y se guardó el cigarro ofrecido por D. Pedro de Torres, que había quedado sobre el plato.

 

Notas

1 Falansterio: m. En el sistema de Fourier, comunidad de personas autónomas en la producción y el consumo: los falansterios eran comunidades en las que se permitía la poligamia. Edificio en que habitaba cada una de estas comunidades. P. ext., alojamiento colectivo para mucha gente: falansterio para jóvenes.

2 Coche de colleras: Fue uno de los coches más representativos del siglo XVIII. La collera era el nombre que recibía la pareja de mulas o caballos que estaban unidos por un collar o yugo. Era una especie de carroza de 4 plazas y 4 ruedas, poco elegante, sólido y de suspensión regular. El motor lo formaban 6 mulas, unidas de dos en dos, y separadas por los tiros. Lo conducían un mayoral y un zagal colocados en el pescante y recorría una media de 60 km/h a una marcha al galope, trote y paso.

3 Consunción: demacración, emaciación general del organismo; especialmente tisis o tuberculosis pulmonar.

4 Hato de chisgarabís: m. Hombre zascandil, mequetrefe, liante. pl. chisgarabises. Chisgarabís aparece también en la siguiente entrada: chiquilicuatre. En este caso: atado de mequetrefes.

5 Faltriquera o faldriquera: f. Bolsillo que se ata a la cintura y que se lleva colgando debajo del vestido: El soldado guardaba el dinero en una faltriquera.

6 Mangonear: intr. y tr. col. Entremeterse o manipular algo tratando de imponerse a los demás: Siempre quiere mangonear y meterse donde no le llaman. col. Dominar, dirigir a alguien: No sé cómo tu hermana se deja mangonear por ti.

7 Paletó (del francés paletot): significa una especie de levita, por lo común algo más larga y más holgada que las comunes que suele llevarse sobre el frac, levita, etc. El nombre paletó dicen unos que es de origen español derivado del latín palla, especie de capa o sobretodo y de toc, que en bretón significa capilla o capucho que en un principio iba unido a él. Otros creen que se deriva de un vestido o traje militar que se usó en la edad media. Un día fue el traje de los lacayos y también de los marinos hasta que suprimido el capucho y reformado algún tanto, paró en ser traje de moda, una especie de levita. En Chile y Venezuela se popularizó la palabra pronunciada como paltó, y se le designa al saco o flux que acompaña al pantalón de vestir o falda, para formar el Traje de vestir formal, masculino o femenino, que generalmente, está confeccionado con la misma tela ambas piezas.

8 Patulea: 1. s. f. Término militar. Soldadesca, tropa indisciplinada. 2. Grupo de personas maleantes. Ejemplo de uso: una patulea rondaba las calles oscuras del barrio. También chusma. 3. Grupo de muchos chiquillos. Chiquilería.

9 Berza: Brassica oleracea var. viridis o Brassica oleracea Grupo Viridis. Tipo de verdura para la mesa. Están la berza común o col forrajera, también berza, berza col, col caballar, col gallega, o, simplemente, col abierta. Las berzas se caracterizan por sus grandes hojas verdes, suaves y carnosas. Son comestibles y tienen dos colores: verde claro en las hojas exteriores de mayor tamaño, y semiblanco en las interiores. La berza o col gallega crece sobre un tallo alto que se hace leñoso al envejecer la planta.

Se cultiva en huertos cuando llega la primavera, aunque también se encuentra silvestre y puede recolectarse en invierno. A pesar de que es originaria de las regiones costeras de Europa central y meridional, especialmente de Francia y Reino Unido, en España se cultiva en Asturias, Cantabria, el norte de Castilla y León, Euskadi, Navarra y Galicia. Se utiliza para hacer cocidos y platos típicos de la zona, así como para alimentar al ganado en el caso de la berza forrajera.

La acelga (Beta vulgaris var. cicla) es una variante de la familia de las amarantáceas, de la subespecie de Beta vulgaris, al igual que las remolachas, betarragas y el betabel, aunque a diferencia de éstas que se aprovechan sus hojas en lugar de sus raíces.


Ernesto Bustos GarridoAutor de la introducción: Ernesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.

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