El verano del endocrino, nueva novela de Juan Ramón Santos

El próximo libro que espera en mi mesita de noche, dispuesto a ser leído, es El verano del endocrino, de Juan Ramón Santos, publicado recientemente por la editorial El baile del sol.

Juan Ramón Santos, uno de los mejores escritores extremeños, ha tenido la gentileza de enviarnos un capítulo de El verano del endocrino, concretamente el número 7.

Juan Ramón Santos es autor de libros de cuentos, poemarios y novelas. Con los libros Cortometrajes y Cuaderno escolar resultó finalista del Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España en sus ediciones de 2005 y 2009. La novela El verano del endocrino, presentada con el título Fuera de órbita, quedó finalista en el Premio Nadal 2018.

Juan Ramón Santos preside la AEEX (Asociación de Escritores Extremeños) y gestiona un blog en PlanVE, La guía de ocio en Extremadura, en el que comparte sus impresiones sobre libros, autores y todo lo relacionado con la literatura.

 

 

El verano del endocrino, de Juan Ramón Santos

Capítulo VII

Quizá por eso, porque la confirmación total de sus sospechas sólo tendría lugar muchos meses más tarde, su verdadera consagración como detective rural no tuvo lugar entonces, ni luego, con la captura del perro cimarrón, sino varias semanas después, a finales de abril, en ocasión mucho más renombrada, durante la romería de la Virgen de las Jaras, la más popular de las fiestas de Labriegos, que se celebra cada año el tercer domingo de Pascua en torno a una blanca, minúscula ermita levantada en mitad de la dehesa, al abrigo de una colina desde la que se domina la vasta explanada sobre la que se desparraman las calles y casas del pueblo y que desemboca, allá a lo lejos, en la desmesurada orilla del embalse del Cárdeno.

La víspera de la fiesta, como todos los años, los labriguenses habían conducido en devota y cantarina procesión a su patrona desde la iglesia del pueblo hasta la ermita, donde la habían depositado con mimo en su humilde altar, adornado por centenares de jaras que inundaban la exigua nave de un aroma dulce y pegajoso. Luego, como es tradición, habían celebrado la eucaristía y, de regreso, al sentir en la nariz la humedad de unas finas y cada vez más persistentes gotas de lluvia, se habían preguntado preocupados si el cielo no les estropearía la tan esperada jornada campestre. Alertados, apretaron el paso y el chaparrón cogió a los contrariados fieles en casa. Por fortuna la cosa fue breve y al día siguiente amaneció un sol espléndido que a media mañana había secado por completo la hierba, los árboles y buena parte de los charcos, dejándolo todo listo, a pesar de la lluvia, para la fiesta. Para entonces ya habían comenzado a ocupar sus lugares de costumbre los primeros romeros con sus tinglados metálicos, sus cuerdas contra el viento y sus lonas de colores, y poco a poco los vecinos fueron colonizando los alrededores de la ermita y fueron apareciendo las tortillas, las cervezas, los filetes empanados, las desmesuradas garrafas de sangría.

Todo fue transcurriendo como de ordinario hasta que un par de horas antes de la misa la guardesa acudió a la ermita para prepararlo todo y, para su sorpresa, que casi culmina en soponcio, al abrir la puerta no halló dentro ni rastro de la imagen. Enseguida acudieron en tropel cuantos oyeron su atormentada llamada de auxilio y no tardó en juntarse una multitud que pudo comprobar, horrorizada, que la patrona había desaparecido sin dejar rastro y sin restos de violencia en la puerta, las ventanas o el tejado del minúsculo templo. Andaba todo el mundo revuelto, las mujeres, afligidas, rezando el rosario, los hombres, graves, organizando batidas desesperadas, los niños, excitados por la novedad y por la repentina irrupción en Labriegos del misterio, corriendo de un lado a otro, escuchando atentos, reuniendo pistas, cuchicheando, cuando aparecieron, saltando entre las peñas colina abajo, dos muchachos que una hora antes, aprovechando el desconcierto, se habían perdido en busca de nidos, lagartijas o tesoros y que regresaban anunciando a voces la buena nueva, el feliz hallazgo en medio del monte, entre las jaras, de la venerada imagen de la Virgen.

De inmediato se organizó una tumultuosa procesión que comenzó a remontar a toda prisa un estrecho sendero que zigzagueaba, caprichoso, hacia arriba entre hierbajos y a la que siguió de cerca el Endocrino, que por allí andaba, de romería, tras aceptar la amable invitación de Petra, su casera. Pasados veinte o veinticinco minutos de fatigosa caminata se escucharon los primeros gritos exaltados de «¡Milagro! ¡Milagro!» procedentes de la cabeza del pelotón. Trabajo le costó entonces a nuestro hombre abrirse paso hasta la pista central del prodigioso hallazgo, y cuando quiso llegar, se encontró con varias filas de individuos arrodillados, extasiados, rezando atropellados avemarías e improvisando las primeras loas a la milagrosa Virgen, que allí se encontraba, ante ellos, plantada en el suelo, entre las jaras, iluminada por un certero rayo de sol y despidiendo un fulgor de paz y beatitud que a cualquiera menos incrédulo que el Endocrino le habría hecho tomar seriamente en consideración la posibilidad del misterio, del milagro, de la siempre controvertida aparición mariana. Escéptico como de costumbre, el Endocrino comenzó enseguida a husmear por el que consideró, desde el principio, como posible escenario de un crimen, apartando con amabilidad a los romeros para examinar al suelo antes de que las pisadas estragasen del todo cualquier vestigio. Luego reconoció de cerca la talla bajo las miradas desconfiadas e interrogantes de los presentes, y por fin se alejó silencioso cuesta arriba por el sendero sin despegar la mirada de la tierra, como un auténtico sabueso. Un par de horas más tarde, después de haberse celebrado la misa en honor de la patrona en el lugar de la aparición, cuando párroco y parroquianos aún debatían si era oportuno o no levantar sin orden gubernativa el cuerpo de la Virgen, lo vieron aparecer de nuevo por el otro lado, procedente de la ermita, la fiesta y los tinglados.

Una vez finalizado el debate, se trajeron las andas, devolvieron la estatua a la ermita, la gente se marchó a comer y se dejaron, por el momento, abiertos unos interrogantes que el Endocrino se encargó de cerrar un rato después bajo el toldo de su casera, entre bocados de pan y chuletas de cordero, al contar, como quien no quiere la cosa, que en el terreno pisoteado por los piadosos romeros había encontrado pañuelos de papel manchados de barro, y que había apreciado también salpicaduras de lodo sobre el manto y el cabello de la Virgen, que presentaba, además, una pequeña abolladura en su parte posterior. Un poco más adelante, siguiendo el sendero, dijo haber descubierto también en el suelo unas curiosas dentelladas seguidas de una extensa mancha de aceite casi absorbida por el terreno, y describió cómo en ese preciso lugar arrancaba una greca interminable con el patrón cuadrangular de los neumáticos de una moto de cross, impresa, con toda probabilidad, la noche anterior, tras el chaparrón, sobre la tierra húmeda, y cómo, siguiendo esa pista, tachonada de restos de aceite cada vez más espaciados, había llegado, dando, eso sí, un largo rodeo, hasta la puerta cerrada de un antiguo secadero de tabaco propiedad de la guardesa. Atando cabos y movido por otra corazonada –concluyó rebañando una chuleta de cordero, cuando hacía rato que el resto de comensales, silenciosos e intrigados, habían dejado de masticar y permanecían expectantes, con las chuletas en vilo y la boca abierta–, bajó hasta el pueblo, anduvo merodeando por las calles desiertas tratando de hacerse el encontradizo y acabó dándose casi de frente con el hijo de la guardesa, que salía de casa, lo que le permitió distinguir, sobre su rostro, sobre sus manos, sobre sus brazos, marcas recientes de arañazos que ponían en evidencia, por fin, quién había perpetrado el robo.

Se trataba de un muchacho de veintidós años enganchado a la droga que esa misma tarde acabaría por confesar el crimen después de que su madre hallara, oculta en el secadero, la moto averiada y, en casa, una camisa y unos pantalones desgarrados y cubiertos de tierra tendidos a secar tras ser lavados con más bien poca maña. Al parecer, la víspera, entrada la noche y después de escampar, el chaval le había birlado a su madre la llave de la ermita, había llegado hasta allí en moto siguiendo la pista hormigonada y había abierto sin problemas la puerta de entrada y sustraído la talla con intención de venderla. Entonces se encontró con que la imagen pesaba más de lo esperado, y como las cuerdas que había llevado no parecían lo bastante resistentes para amarrarla y llevarla de paquete en la moto, como había sido su propósito, no le quedó otro remedio que mudar a la Virgen de posición, ponerla de espaldas contra el eje del manillar y atarla como buenamente pudo, pasando varias veces la cuerda bajo el depósito de combustible, confiando en que de esa manera podría sujetar con los brazos los vaivenes del santo bulto. Una vez dispuesta la Virgen, se puso en marcha con el objetivo de, siguiendo la enrevesada red de senderos de tierra, que conocía a la perfección gracias a interminables tardes de motocross, salir a la carretera de Aldeacárdena sin atravesar Labriegos y conducir a toda velocidad hacia Pomares, derecho al barrio de San Damián, donde sabía que podía encontrar pronto y sin problemas un seguro comprador. Sin embargo, bien por el peso de la estatua, bien porque el terreno estaba húmedo y resbaladizo, bien porque el piloto, en un momento dado, se emocionó y se puso a correr más de la cuenta o, como afirma más de un vecino, gracias a la intervención divina, cuando no había recorrido más de un kilómetro desde la ermita, la moto patinó, se desbocó, saltó un pequeño montículo y los tres, conductor, vehículo e imagen sagrada, aterrizaron aparatosamente sobre el suelo. En esas circunstancias, viendo que, después de intentarlo varias veces, la moto no arrancaba y que resultaba del todo imposible arrastrarla hasta el secadero a pie y cargando, además, con el peso de la Virgen, el chaval no tuvo más remedio que abandonar a su suerte la escultura, si bien, antes de emprender el regreso, como acto, según él, de contrición –o quizá, más bien, para tratar inútilmente de borrar sus huellas– la limpió lo mejor que supo con unos kleenex, que era lo más digno que tenía a mano, y la depositó en azarosa majestad al borde del camino, entre las jaras.

Para cuando, a media tarde, los detalles de la confesión del muchacho –al que, por cierto, nadie llegó luego a denunciar por consideración a su desventurada madre– alcanzaron la explanada de la romería, todo el mundo conocía de sobra las atinadas pesquisas del Endocrino, y cuando, al caer el sol, después de desmontar sombrajos y recoger manteles, tumbonas, sillas y mesas plegables, los vecinos regresaron a casa, lo hicieron aún excitados, impresionados por la increíble sagacidad del forastero y, al tiempo, secretamente decepcionados por el frustrado milagro de la Virgen, sin reparar en que el verdadero prodigio había tenido lugar la noche anterior, cuando, al resguardo de la luna nueva, nuestra Patrona había andado haciendo motocross entre las jaras.

 

Entrevista a Juan Ramón Santos en el diario HOY

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