El placer de narrar

El placer de narrar
Escritor catalán Jaume Cabré

Podríamos decir que son tantas las motivaciones para escribir como las personas dedicadas a esta tarea. Unos escriben por hacerse ricos o famosos, otros por rescatar de su memoria episodios que no desean ver morir, otros por la pasión de compartir sentimientos, otros por necesidad artística, etcétera. Pero en todos los escritores ha de darse el placer por narrar. (Mal asunto si la escritura no lleva implícito –entre cierto poso de amargura o de frustración– ese placer).

Aprovecho para compartir con vosotros las primeras líneas de un capítulo de uno de mis escritores preferidos, Jaume Cabré, autor de grandes novelas como Señoría, Las voces del Pamano, Fray Junot o la agonía de los sonidos y la monumental Yo confieso. [Leer mi artículo Yo confieso que he leído a Jaume Cabré].

El capítulo del que os hablo se llama precisamente así: “El placer de narrar”, y forma parte de Las incertidumbres, publicado por Destino en 2015. El libro es un hermoso y edificante compendio de reflexiones sobre el proceso de escribir, una suerte de taller literario impartido por un autor muy personal.

Jaume Cabré no escribe en castellano sino en catalán. Durante muchos años sus libros no han sido traducidos al español, algo que se ha solventado –parcialmente– en los últimos años. Las incertidumbres está traducido por Ricard Vela.

 

EL PLACER DE NARRAR, reflexiones de Jaume Cabré

Para mí, la novela, y por extensión la literatura, no es la representación ni la imitación de la realidad, sino la creación en el texto, con los medios propios de este arte, de una realidad nueva con capacidad de conturbar y conmover al lector. La batalla se gana si el texto se convierte en imprescindible para el lector, si a este le da la impresión de que ese texto se le dirige personalmente, como si hubiera sido escrito pensando en él; si el lector vive el sentimiento de que en un momento u otro tenía que leer precisamente ese libro que no sabía que existía pero que se encontró en las manos un buen día… Así de sencillo y así de complicado. Está claro que lo que acabo de afirmar lo he llenado de literatura para poder explicarme. Y puede ser que a lo largo de estas páginas matice o incluso reniegue de esta definición que acabo de escribir; sobre todo la definición, más que las sensación de que la he acompañado. No soy teórico de la literatura y hablo a partir de mi experiencia como novelista. Pero soy lector y conozco las sensaciones que vivo cuando encuentro un gran texto (¡y eso sucede muy poco!). Además, la literatura es muchas otras cosas. Contar historias es también masticar con fruición frases como “Todo comenzó el día que…”, o “Había una vez…”, o cualquier otra fórmula que llame la atención del oyente o del lector, además de poner en situación al narrador.

El placer de narrar

Esto de contar historias va más allá de ser una cuestión divertida. Es una actividad más profundamente íntima en la que tiene mucho que ver la satisfacción de crear un mundo y de investigar las leyes de su funcionamiento. Cuando escribes un relato, tú mismo impones las condiciones, e incluso, en las tres o cuatro primeras líneas, avisas al lector de cuáles son. Si empiezas un relato diciendo: “Cuando pagó la gasolina en la estación de servicio cercana a la salida de Tortosa, faltaban seis horas para que lo mataran frente el monasterio de Ripoll”, estás diciendo muchas cosas y dando a entender muchas más. Por ejemplo, he escrito “faltaban seis horas para que lo mataran frente al monasterio de Ripoll”, y no “faltaban seis horas para que muriese (o encontrara la muerte) frente al monasterio de Ripoll”. La elección del verbo matar y no morir me sitúa la historia en la franja del color negro. La palabra morir me deja tiempo para pensar si muere o lo matan. En este caso, en que avanzo en la historia improvisando, podría irme bien; pero he decidido que lo maten, y como me gusta así, así lo dejo y a sumo sus consecuencias narrativas. El caso es que ninguna palabra es inocua en una frase. El caso es que quieres que lo que has escrito obligue al lector a proseguir la lectura. ¿De qué hablamos? ¿Quién lo matará? ¿Cómo morirá? ¿Por qué? ¿Por qué está tan lejos del lugar en que han de matarlo? ¿Qué pasará durante esas seis horas? Son tantas las preguntas, que el lector no tiene más remedio que seguir leyendo. El placer de narrar no se puede desligar del placer de escribir y de leer; pero ante este inicio de relato que acabo de inventarme, no quiero seguir escribiendo, sino ir contestándome las diversas preguntas –y otras que irán apareciendo a medida que avance en el camino a Ripoll–. Es el placer de hacer el viaje con un “él” o una “ella” de quien todavía no conozco su nombre. Pido disculpas: no es “ella”, es “él”, ya que he dicho “faltaban seis horas para que lo mataran frente al monasterio de Ripoll”. Además, he decidido desvelar lo que pasará. He subrayado que el destino fatal del personaje, que se nos convierte, con estas pocas palabras, en un personaje de tragedia. Que sea o no un héroe, aún está por ver.

Jaume Cabré, Las incertidumbres, Destino, 2015, páginas 41-43. Traducción de Ricard Vela.

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