El pensamiento novelesco

¿Existe un pensamiento novelesco? Todo suena a que el Pensamiento se atribuye a la Filosofía mientras que la novela más bien parece que se conforma con contar una historia. Pero, al decir esto, conviene hacer una aclaración lateral, porque muchas de las quejas que se dirigen a la novela del siglo XX enarbolan, precisamente, la protesta por la falta de historias de estas novelas. Así que la aclaración es una primera afirmación: toda novela cuenta una historia, incluso las que parecen que no la cuentan. Y, puesto que en el cuento de una historia estamos, la siguiente pregunta asoma en seguida: ¿qué es contar una historia? Para responder, vayamos a una segunda afirmación: en la novela moderna, contar una historia es contar el desarrollo de un movimiento de conciencia. Y he de decir que me atrevería a retroceder hacia tiempos anteriores a los de la novela del siglo XVIII al XX con la misma afirmación, pero eso nos desviaría del camino que me propongo seguir.

No hay novela que  no cuente una historia. Otra cosa es el modo en que lo haga, la apariencia. Tampoco hay novela que no contenga el relato de un movimiento de conciencia, aunque éste no tiene por qué ser lineal, ni siquiera cronológico. El tiempo y el espacio literarios han sufrido profundas transformaciones a lo largo de los tres últimos siglos, como los han sufrido el lenguaje y la estructura de los relatos. Ahora bien, esa palabra, conciencia, obliga a pensar en algo más –en términos novelescos– que en el mero relato de un suceso, por mucho que lo impresionante o curioso del mismo justifique el entretenimiento del público. (No sólo la conciencia, también la ejemplaridad, atributo de héroes y de la literatura épica, trasciende esa primera y ligera acepción sostenida tan sólo en la voluntad de entretener.) La creación de una conciencia cuyo movimiento ha de ser narrado no es algo que se improvise bajo el resplandor de una iluminación repentina; por el contrario, son las experiencias de la vida (memoria rerum) y la experiencia literaria (memoria verbarum) las que se necesitan para fundamentar una ocupación semejante. Y ninguna de las dos se las encuentra uno a la vuelta de la esquina.

Una conciencia empieza a formarse desde la percepción de las cosas. Las novelas, por lo general, tratan de la percepción de las cosas; o, más precisamente, se escriben como si se tratara de contar la percepción de las cosas porque una novela es una representación de la realidad. Es una representación efectuada mediante las palabras y, como decía antes, gracias a un doble lenguaje: el de la escritura propiamente dicha, que en el caso de la narración se nutre de la experiencia literaria, y el de la realidad, formado por aquellas vivencias que son compatibles por el género humano; las formas de la realidad se convierten, así, lo mismo que el idioma, en un código de comunicación que comparten el autor y el lector.

Lo que sucede, entonces, es que el discurso narrativo no es un discurso explícito, ni demostrativo, ni siquiera especulativo; no es el discurso lógico que pertenece a la exposición filosófica, sino que es un discurso que se caracteriza, sobre todo, por ser sugerente, que pone su acento expresivo en la sugerencia, pero posee su orden, su lógica y su jerarquía. Así como el discurso filosófico es abstracto, el discurso narrativo no lo es. Y no lo es porque la narración se constituye por sí misma en el terreno de la imaginación, de manera que su meta es existir dentro de ella en la medida en que sea capaz de existir y desarrollarse en la imaginación del lector. La imaginación no admite demostraciones, eso pertenece a otra línea de recepción de la mente; la imaginación sólo se fecunda literariamente por medio de aquello que es sugerente. Así que la meta de todo narrador es, justamente, lograr una representación de la realidad caracterizada por su capacidad de sugerir… ¿qué? Podemos dar un paso adelante afirmando que sugerir una idea por medio de una representación de la realidad.

el pensamiento novelesco
José María Guelbenzu

Éste es el momento de decir, por si algún lector no se ha percatado aún, que yo no soy un pensador sino un novelista. Es decir, que cuando pienso, no sólo pienso mal con arreglo a los cánones, sino que no lo hago por deducción sino por inducción. Para mí, las palabras forman imágenes que forman escenas que forman una estructura que forma un artificio que toma una dirección de sentido para responder a una idea poética, que es algo así como la imagen esencial de una idea. A todo ese trayecto lo llamo pensamiento novelesco.

Ahora sí que estamos en un compromiso. ¿Qué hago yo tratando de construir un discurso razonado para establecer el territorio de un discurso que pertenece a la lógica de la sugerencia? Esto me recuerda la relación fatal entre lo apolíneo y lo dionisíaco o, viniendo más cerca en el tiempo, al Siglo de las Luces, a la divergencia entre la corriente racionalista o volteriana y la irracionalista o rousseauniana; sobre todo porque de la senda irracionalista procede casi en su totalidad el impulso creador de la literatura contemporánea.

Tercera afirmación: no hay novela que no responda a una intención. Existen novelistas que sostienen que cuando comienzan un libro no saben adónde van y existen los que levantan un mapa minucioso del territorio a explorar antes de adentrarse en él. Pero eso pertenece al modo; la intención está presente siempre antes, incluso, del comienzo mismo de la escritura de la novela, ya sea con claridad, ya sea de manera intuitiva. Y en ambos casos, aunque operando desde posiciones opuestas, la escritura es un descubrimiento en todo caso, porque la construcción de una movimiento de conciencia no se da por arte de magia, de una sola vez, sino que se va haciendo poco a poco y sólo acaba cuando la representación se da por finalizada, esto es, cuando la intención se ha manifestado. La intención es dar forma literaria a una idea que no es formulable tal y como se concibe una idea en abstracto, pero que sí puede ser sugerida. Esa idea –idea poética al fin– no se define, se sugiere; no se formula, se representa.

De todo lo cual –caso de ser cierto y estar correctamente expuesto– se deduce que Filosofía y Narración son términos antagónicos. Se ha hablado a menudo de novelas filosóficas, de novelas de tesis… que, en mi opinión, si no son, antes que otra cosa, narraciones, no podrían ser sino híbridos que tratan de inclinar a su favor una de las dos opciones por medio de la otra. Lo que sucede es que, como decía al principio, la representación de un movimiento de conciencia es algo que se construye desde el pensamiento. No lo digo porque haya que pensar necesariamente la obra antes de escribirla, sino porque ésta siempre procede necesariamente de un pensamiento: del pensamiento del autor. Lo que también sostengo es que no hay autor sin pensamiento, como parece obvio; la imagen del buen salvaje aplicada al escritor de novelas es un disparate; el propio autor dispone de algo más que intuiciones: dispone de una concepción del mundo obtenida a partir a partir de su propia conciencia de la realidad; esa concepción podrá ser más o menos organizada o más o menos caótica, pero existe y es por medio de ella por donde extrae el novelista su idea poética, e primer lugar, y su intención después.

Creo que la relación entre Filosofía y Novela es ya no inexistente sino inútil. Ahora bien, ambas proceden de un tronco común: el Pensamiento. La idea romántica del autor poseído por la gracia y sólo por la gracia hace tiempo que pasó al olvido y es lo más parecido que conozco al mito del rey Midas. El autor conoce o debe apresurarse a conocer su tradición como el filósofo ha de conocer la suya; el conocimiento no tiene por qué llegarles codificado y estructura de la misma manera, pero ha de llegarles. Por eso me hace gracia escuchar a veces la afirmación de que la novela no tiene pensamiento; ése sí que es un pensamiento propio de autores mediocres y coyunturales. De manera que me permito cerrar estas sencillas consideraciones con una cuarta y última afirmación que resume lo que estoy tratando de decir hasta ahora: la novela ha de tener pensamiento, pero no se le debe notar. En mi opinión, esta exigencia marca el punto de máxima distancia entre la filosofía y la narración.

Pero es ahí, en el pensamiento, donde se produce el único encuentro entre ambas disciplinas: en el punto de partida. Un pensamiento adquirido por lo general de modo distinto y codificado de manera distinta que se expone por vías contrarias (la pieza de convicción de la Filosofía es el decir, la de la Novela es el mostrar), por medio de artificios diferentes que se dirigen a espacios diferentes (la lógica, la imaginación) y que buscan metas distintas: metas que, sin embargo, se encuentran situadas en el mismo lugar: la mente humana. Lo cual quiere decir, pensándolo bien, que las coincidencias están en el terreno de partida y en el territorio de la llegada. O sea: con todo el Mundo de por medio.

José María Guelbenzu

Publicado en la revista Archipiélago, nº50, pp 51–55

 

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