Eduardo Mallea, en la biblioteca Violeta Parra

Eduardo Mallea
Escritor Eduardo Mallea

Eduardo Mallea (1903–1982) es un escritor argentino, nacido en Bahía Blanca, en el sur de ese país. Alternó su vida entre escritor y diplomático, Es autor entre otros, del libro El vínculo, que contiene además dos narraciones breves: “Los Rembrandts” y “La rosa de Cernobbio”. La primera es un cuento largo que relata la historia de dos muchachos que viven en distintos sectores de la ciudad de Buenos Aires. La trama, al parecer, es de mediados de los años 40. En este escrito Mallea exhibe una prosa potente, muy bien elaborada a partir de la precisión. Es un estilo directo sin flequillos innecesarios, ni quevedismos distractivos.

Apunta “a lo que vino”, como esos receptores judiciales que te entregan la notificación, y sin siquiera mirarte a la cara te dicen que el juez te espera tal día y a tal hora…. Y firme aquí.

Leyendo El vínculo se advierte que Mallea es muy poco adjetivador y si usa algún adjetivo, escoge el indicado, como decir que doña Ifigenia, la tía de uno de los muchachos “tiene una mirada despiadada” o que posee “una mano de dedos nudosos”.

El vínculo, como se anticipó, es la historia de Gerardo y de Pinas. Son dos estudiantes de Derecho que establecen una relación que se podría definir como “instrumental”. Como dicen hoy los jóvenes, ambos eran muy “yunta”, complementarios, pero nunca amigos de verdad. Sus encuentros, que eran muy frecuentes, se reducían a estudiar juntos, discutir algún texto jurídico o ponerse de acuerdo para ir a rendir sus exámenes.

El siguiente texto, en parte, caracteriza el tenor del vínculo establecido entre ellos, el cual se podría asociar a una pintura trazada por Mallea, con precisión para reflejar, sin ambages, como era esa singular “amistad”.

 

Nota: El libro El vínculo fue obtenido en préstamo en una biblioteca comunitaria – poblacional que lleva el nombre de la gran cantautora chilena Violeta Parra y cuyo centenario de su natalicio se celebra este año. La biblioteca habita una modesta vivienda de madera ubicada en la parte alta de la comuna de La Reina, en los faldeos de la Cordillera de Los Andes. Corresponde a un asentamiento humano formado fundamentalmente por obreros y hoy por inmigrantes haitianos (hay cerca de cincuenta mil en Chile). La idea de establecerlo allí fue del alcalde Fernando Castillo Velasco (ex rector de la Universidad Católica de Chile, arquitecto), quien defendió a todo trance la idea de que las grandes empresas constructoras no tenían que desalojar de sus viviendas a los habitantes más modestos para levantar sus imperios de edificios. Había dicho que las diferencias sociales se atenúan cuando el rico debe vivir junto al pobre, aceptándose y complementándose en los vaivenes de la vida. Este poblado humano es el que le da cobijo hoy a la Biblioteca “Violeta Parra”.


cuentosErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.


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Gerardo y Pinas (Fragmento. Autor: Fernando Mallea)

Adquirió Pinas el hábito de ir diariamente a casa de Gerardo (Durán), de sostener con la tía Ifigenia pláticas sumarias a las que ponía fin mediante una despedida cohibida o, que cortaba ella con un concluyente rezongo. Protestaba particularmente la vieja señorita de los usos de un mundo agusanado, en el que no reconocía ni siquiera la sombra de aquellos desusados escenarios románticos en que creció su figura delgadísima vestida de gasas flotantes y acibarada de discretos desaires.

Hablaba de Liszt como de un contemporáneo y dedicaba a los compositores modernos una crema de cóleras, la menta de sus odios murmurados y estacionados.

El camarista (el padre de Gerardo), su mujer, Gerardo, parecían callados jardineros de esa planta espinosa brotada en dedos nudosos y encajes de luto irrelevables. La escuchaban sin replicarle. Y ella presidía la mesa con cierta autoridad áulica, sin abandonar en momento alguno el bastón, al que imponía mediante cortos golpes, impacientes, el redoble del mando.

Eduardo Mallea
Ambiente universitario en la ciudad de Buenos Aires, durante la época de Juan Domingo Perón.

Mientras tanto, en la vieja casa de Buenos Aires, crecía sin alteraciones la amistad entre Durán y Pinas, amistad en la que nunca se filtró una gota de camaradería. Nunca, a decir verdad, actuaron juntos, salvo para ir a rendir exámenes ante los tribunales a fin de año, o para asistir a las clases de la Facultad, o para compartir la lectura de textos. Ningún otro acto los reunió en su proceso. Su amistad se alimentaba de conversaciones sobre recíprocos actos, de comentarios anteriores o posteriores a los episodios concretos de su vida.

Dedicaban a la crítica de Savigny o Rippert los mismos juicios –igualmente ceremoniosos e igualmente sonrientes– con que dilucidaban los problemas de su propia conducta, gustos o circunstancias. Gerardo entendía el derecho en una forma particular y precisa, y Pinas entendía en una forma genérica y general; la justeza del uno hallaba en el otro las vacilaciones de la improvisación.

Pinas recordó que una tarde de verano, sentados la tía Ifigenia, Gerardo y él en el jardín de la casa de los Durán, la anciana se había mostrado particularmente despiadada respecto a los gustos del visitante –que ella inventó y abolió a un mismo tiempo– en materia musical.

Al retirarse él, ya entrada la noche, lo despidió apoyándose con una mano en la puerta del comedor para levantar el bastón y señalar imperiosamente con la punta, la obligatoriedad de lo que le decía:

–Y no se aparte usted nunca de Gerardo. Es una amistad que le hará bien. Usted es como un barco perdido y necesita cerca un buen marinero. Además, algo los unirá siempre. Las otras noches he tenido un sueño premonitorio. ¿Cree usted señor, que yo sueño con rosas? ¡Bah! Ya pasó esa época. Sueño, mi amigo, con dagas, asesinatos, cadáveres ahogados, espinas clavadas en las órbitas humanas y señoritas que se enjuagan de noche, las manos teñidas de sangre de novios tiernos.

¡Conque ya sabe! Y la otra noche, la otra noche he soñado que Gerardo y usted se acercaban al mismo tiempo a cortar en un jardín una pasionaria, de cuyo tallo surgía de golpe una hoja de borde tan filoso, tan filoso que las dos manos –las manos de ustedes dos– quedaban rígidas, horizontalmente agarradas a la vara creciente…

Gerardo y Pinas se rieron. La tía Ifigenia bajó el bastón y les dio la espalda, emprendiendo el regreso hacia el fondo de la habitación, sin soltar la pared en que se apoyaba.

–Bonito destino nos reservan sus famosos sueños, tía Ifigenia –le contestó el sobrino, desde el vestíbulo, guiñando el ojo al amigo.

Ella recibió la frase en la espalda; desde la obscuridad del comedor les llegó aquel gruñido que daba frío. Era un personaje extremadamente singular, y a Pinas le gustaba por su fiereza incansable.

*** Extraído de las páginas 32–33–34 del libro “El vínculo” de Eduardo Mallea Artiria. Emecé Editores. S.A. Buenos Aires / Salvat Editores S.A. 1970. Biblioteca Básica Salvat.


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