Dos relatos cortos sobre la suerte

Miguel Bravo Vadillo (Badajoz, 1971) es poeta y narrador. Ha publicado algunos de sus textos literarios en la colección El vuelo de la palabra (Ayuntamiento de Badajoz), formó parte de la 4ª entrega de 3X3 Colección de poesía, dirigida por Antonio Gómez (Editora Regional de Extremadura), colaboró con la revista de cine Versión Original durante cuatro años y es autor del poemario Destellos (Vitruvio) y del libro de cuentos Pelos de gato, publicado recientemente por la editorial Ringo Rango.

Hoy os ofrecemos dos relatos incluidos en Pelos de gato que abordan el tema de la suerte, cada uno de ellos desde una perspectiva diferente.

Relato de Miguel Bravo Vadillo: Cuestión de suerte

Dicen que el castigo del criminal está ya comprendido en los tormentos a los que habrá de someterle su propia conciencia. De esto Shakespeare sabía un rato, y Dostoievski también. De hecho, estoy en condiciones de asegurar que matar a Ernesto Linares no fue difícil; lo difícil fue volver a casa y actuar como si nada hubiese ocurrido: cenar de buena gana y mostrarme con buen humor durante toda la velada, contar luego un cuento al pequeño de la familia para ayudarlo a dormir porque un miedo inexplicable lo angustiaba, hacer más tarde el amor con mi esposa poniendo en ello los cinco sentidos… Todo eso fue horrible, y no pueden imaginar ustedes cuánto trabajo me costó hacerlo. Pero matar a Ernesto Linares no fue difícil, ya digo, lo difícil fue cargar con ese crimen sobre mi conciencia durante el resto de mi vida, y aun así saberme impune. Lo difícil fue aceptar que él estaba criando malvas mientras yo vivía libre y despreocupado. Eso fue muy difícil de sobrellevar, y tentado estuve alguna vez de confesar mi infame delito; pero algo dentro de mí actuó en mi salvaguardia con mayor sagacidad y previsión que mi propio discernimiento, quizá eso que algunos llaman instinto de supervivencia, quizá mi ingénita cobardía. El caso es que supe morderme la lengua a tiempo y nunca dije nada que pudiera involucrarme en el asesinato de Ernesto Linares, que, un buen día (a pesar de la tempestad de viento y lluvia que aquella jornada azotó la ciudad), atribuyeron a uno de esos pordioseros que rebuscan en los contenedores de basura.

No pretendo descargar mi conciencia con esto que voy a decir ahora (a estas alturas de mi vida ya no tendría ningún sentido), pero todo el mundo pudo ver que mi madre no vertió una sola lágrima en el funeral de su marido. No, no me resultó difícil matar a mi padre. De hecho, fue justo y necesario; y cuando entendemos que hacer algo es justo y necesario, que es nuestro deber y salvación, damos un paso de gigante hacia la supresión de todo sentimiento de culpa y de cualquier otra carga psicológica que pudiera vincularse a la ejecución de ese acto.

Lo realmente difícil fue sostener su mirada lastimera, casi piadosa, mientras hundía en su pecho el gélido puñal que habría de traspasarle el alma. Después, con gran acierto por mi parte, le quité el reloj y la cartera y los tiré a un contenedor; pero no lo hice con la intención de incriminar a nadie, sino para despistar, nada más que para despistar. El resto fue cuestión de suerte: buena para mí, mala para otro.

Relato corto de Manuel Bravo Vadillo: Un golpe de suerte

Un buen día, después de cinco años en paro y cuando toda clase de locuras (la más reincidente la del suicidio) rondaban mi mente, recibí una llamada telefónica que me dejó perplejo. Al parecer había ganado un premio literario por mi novela Un universo paralelo (por razones que el lector comprenderá más adelante he preferido emplear un título supuesto, y no el verdadero). Por un simple instinto de supervivencia le di las gracias a la señorita, o señora, que me hablaba desde el otro lado del hilo telefónico, y le aseguré que en la fecha prevista acudiría encantado a la ciudad que me agasajaba con tan notable honor (también he considerado oportuno callar el nombre de la ciudad y el del premio en cuestión). La señorita –o señora–, muy amable, me felicitó de nuevo y se despidió recordándome que me enviarían un correo electrónico con toda la información que pudiera necesitar. Sobra decir que aquel generoso premio me venía como caído del cielo. Solo un pequeño detalle se me antojaba francamente extraño: yo no había escrito ninguna novela.

Cuanto más me esforzaba por comprender lo ocurrido, más confuso me parecía todo. Aquella señorita (o señora) había marcado mi número de teléfono y había preguntado por alguien que se llamaba como yo. En principio, alguien que tiene mi mismo nombre, mis mismos apellidos e idéntico número de teléfono, no puede ser otro que yo mismo. Pero si yo no había escrito ninguna novela y, desde luego, no había participado en ningún certamen literario, ¿cómo era posible que hubiese resultado ganador?

Cavilé durante todo el día sobre aquel asunto. Supuse que si me personaba a recoger el premio me exigirían una identificación, y aquí podrían comenzar mis problemas; pero, si lo pensaba bien, identificarme era algo bastante fácil: bastaba con mostrar mi carnet de identidad. Así las cosas, solo tendría que sonreír, mostrarme amable y agradecido, recoger el cheque y volver a casa. Al instante comprendí que no todo podía ser tan sencillo: también me harían preguntas referentes a la novela, tendría que firmar un contrato de edición, y luego hacerme pasar por escritor durante el resto de mi vida. ¡Menudo dilema! Sin embargo, después de largas horas devanándome los sesos, decidí seguir adelante y continuar con la farsa, ya que poco tenía que perder y sí mucho que ganar.

Y lo cierto es que no me arrepiento de lo que hice: cien mil euros son muchos euros, y se trata, además, de una cifra que da mucho prestigio; tanto que puedo decir, satisfecho, que a partir de entonces no me ha ido nada mal como escritor.

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