Un cuento dentro de una novela de Mempo Giardinelli

cuento dentro de una novela
Escritor argentino Mempo Giardinelli

Nuestro amigo y colaborador Ernesto Bustos Garrido ha encontrado otro relato escondido. Ya sabéis: esos cuentos que se escriben sin la pretensión de que el resultado final sea un cuento sino tan solo un fragmento de un texto de extensión superior, en este caso una novela del escritor y periodista argentino Mempo Giardinelli, teórico del cuento y fundador, en 1986, de la mítica revista Puro Cuento, que dirigió durante seis años.

Ya citamos a Mempo Giardinelli cuando hablamos de los títulos de las obras literarias.

Bueno, no me enrollo más. Es hora de disfrutar de esta narración breve. 

 

Un cuento dentro de una novela de Mempo Giardinelli: El espejo partío

Mire, todo empezó una mañana, cuando apareció una rajadurita que parecía cosa de nada en la puerta de un ropero grande que teníamos, donde se guardaba todo, en mi casa. Mi mamá dijo: “Nadie lo toque, si dura un mes, no va a pasar nada, pero si se termina de romper antes, habrá desgracia”. Y desde entonces, nosotros, todos los días, midiendo y midiendo la evolución de la fisura, con espanto, porque avanzaba y avanzaba apenas imperceptible, como una peste.

Todos asustados, le digo la verdad. Papá llegaba del obraje y preguntaba “cómo va eso”, y “eso” era el espejo, la rajadura, que era como un hilito de seda que se autogeneraba en el cristal, como un martirio, una tortura, algo que tenía vida propia. Crecía y crecía la hija de puta. Y nosotros con un julepe de padre y señor.

Era en julio, para colmo. Y nos preguntábamos si se trataba de esperar un mes o treinta días. Que no es lo mismo. Quizá mamá lo sabía, pero ninguno se atrevía a preguntarle, por más que era un asunto importantísimo. Imagínese, un día parece cualquier cosa, uno dice un día y qué, no es nada, pero en estas circunstancias hacía una diferencia fundamental. Un día significaba la desgracia o la salvación.

Y vea usted: en la vigesimoctava mañana el ambiente ya estaba calentito. Faltaban cuatro centímetros –mamá medía el crecimiento diariamente, con su metro de costura– y ya nadie entendía cómo era que el espejo no se partía en dos mitades. Increíble, ¿eh? Se había ido inclinando hacia la izquierda, de modo que era más una rajadura atípica, que una rajadura. Y venía como de arriba, así, hacia abajo. Según mamá llevábamos todas las de perder: desgracia que va hacia abajo y a la izquierda, decía ella, es peor que ninguna. Con muerte.

Pero julio o no, el espejo se partió al trigésimo día. Ni uno más, vaticinado, letal. Las últimas horas, desde la madrugada hasta la siesta, mamá estuvo rezando frente al susodicho, sin mirarse, febril, de rodillas, con el rosario en la mano. Meta y meta, sin parar. Papá no trabajó ese día. Hosco estaba, serio como perro en canoa. Sentado en el patio, esperando. Nadie comió, nadie se acordó. Apenas al mediodía, papá se levantó, miró a mamá desde la puerta, meneó la cabeza y empezó a pelar unas naranjas, para el que quisiera. Después escupió, echó maldiciones y se fue al pueblo. Al ratito escuchamos, los sollozos primero, y después el llanto fuerte, desgarrado de mamá.

Contó que sintió un “click! mientras rezaba, que miró y así, como si nada y en silencio, los dos pedazos se cayeron al suelo. Uno para la derecha y otro para la izquierda. Sin rozarla, sin ruido, sin romperse en más pedacitos, hacerse cruvica, no, misterio. Misterio sí, qué carajo, de no creer. Papá y mamá se abrazaron esa noche y nos miraron con pena, como buscando explicaciones que no encontraban. Todo presentimos la desgracia. Estaba con nosotros. Atrevida, como es ella.

 

***

 

La primera semana adoptamos algunas medidas: nos mirábamos con recelo, casi nadie hablaba, las comidas se elegían con cautela, sobre todo las verduras, y se desterró la carne por un tiempo, por temor a que estuviera maldita. Que al espejo no le gustara. Había un clima nervioso, eléctrico como quien dice, favorable para la desgracia.

Un mes después, una diarrea feroz se llevó al Alterio, el menorcito, que tenía apenas un año. Mamá se embarazó de nuevo ahí no más, pero perdió antes del verano. A papá se le cayó el hacha, una vez que tropezó, y le cortó dos dedos del pie izquierdo. Quedó rengo, definitivo.

 

Extraído de las páginas 42 y 43 de la novela La Revolución en bicicleta del escritor argentino Mempo Giardinelli. Editorial Byblos, diciembre 2004, Buenos Aires, Argentina. Texto gentileza de Biblioteca Viva-Fundación La Fuente Santiago-Chile)

Nota: el título del extracto es del compilador (Ernesto Bustos Garrido)


cuentosErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.


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