Cuentos de trenes

El tren en la nieve
«El tren en la nieve», de Claude Monet

En los trenes, más en el pasado que ahora, sucedía de todo: nacimientos, asaltos, crímenes, robos, encuentros, desencuentros, partidas, adioses, violaciones, o encuentros íntimos consensuados…. Las literas por las noches crujían bajo el peso y las vibraciones de los amantes. En los coche-dormitorios, las ancianas lloraban por el tiempo perdido, las sirvientas hacían un guiño al camarero, los esposos reñían y luego se reconciliaban, los niños saltaban sobre los asientos de felpa roja. En el coche comedor los platos llegaban fríos a las mesas; un vaivén del tren imprevisto hacía que la botella de vino se volcara y su contenido manchara de rojo la blusa blanca de la remilgada actriz. En rincón del mismo vagón se fraguaba un negocio turbio, y afuera, en la plataforma, dos caballeros de tongo y levita, saboreaban el humo de sus respectivos habanos.


Las historias que se han tejido a partir de estas y otras situaciones son interminables, y todas ellas llevan en las frases y en las palabras, en su forma y en su contenido, el encanto del movimiento del tren, su paso fugaz por pueblos, villorrios y estaciones, donde a esa hora no se ve un alma. También afloran los sueños y las expectativas que despiertan los viajes. Sobre los rieles van las risas y los llantos de las despedidas, los recuerdos de unas vacaciones al sol o la pena insoslayable de haber acompañado, ese mismo día, antes de abordar el tren del regreso, a un ser querido a su última morada.

Los trenes hoy se resisten a ser arrollados por las carreteras. El penacho negro, saliendo por la chimenea de la cansada locomotora, dibuja arabescos múltiples al contacto con el viento, que se los lleva, se los lleva.

Pero hoy se ve poco de esto. Hoy los trenes son un lanza de fierro encendida lanzada a cerca de 300 kilómetros por hora, sobre la vía de acero, surcando patios enteros de edificios mal habitados, recintos gigantes de galpones industriales invencibles, grandes botaderos de basura y deshechos fabriles, pasando al costado de un agua sucia y envenenada por el llamado progreso.

A continuación damos cuatro fragmentos de cuatro historias cortas sobre trenes de Francisco García Pavón, Clarice Lispector, Sergio Borao Llop y Marguerite Yourcenar.

¡Buen viaje!

Ernesto Bustos Garrido

 

4 Cuentos de trenes (fragmentos)

 

EL TREN QUE NO CONDUCE A NADIE, de Francisco García-Pavón

En algunas paradas del tren, ante estaciones o apeaderos, más que los relojes, campanas, silbatos y maletas, me llamaba la atención, cuando bastante apartado de la vía, hay un cementerio, con el plumaje oscuro de los cipreses cabeceando sobre las tapias enjalbegadas… De las estaciones donde hemos parado últimamente, la mejor ha sido, aunque no había cementerio, la de aquel pueblo tan grande, cuyos andenes estaban repletos de hombres y mujeres con banderas tricolores, la Banda Municipal tocando el himno de Riego y aquella chica con el vestido blanco muy largo, el gorro frigio y una bandera en la mano, que gritaba vivas delante de los viajeros. Pues resulta que aguardaban a un paisano, republicano famoso, que se bajó de nuestro tren, y después de repartir muchos abrazos, empezó a hablar en público cuando ya arrancábamos. Papá, como está tan contento con la República, lo miró todo con los ojos muy gustosos, y estuvo un buen rato sin leer el periódico… Cuando ya íbamos otra vez sobre la llanura reseca y de pedrizas, estuve seguro de que a papá le hubiera gustado tener a mano el aparatillo de radio con el altavoz negro, no para oír lo que a mí me gustaba: los anuncios de Unión Radio Madrid, que dicen: «Ante Segarra, todo el mundo callao, Gran Vía, esquina Callao», o aquel otro de: «Almacenes San Mateo, si no lo veo no lo creo», y sí el discurso de don Niceto Alcalá Zamora, dicho en un cordobés sonorísimo, para cantar las excelencias de la República.

Al caer la noche, después de tomar un bocado, apagamos la luz y bajamos las cortinas de la puerta y de las ventanillas, que daban al pasillo, porque mamá estaba muy fatigada a causa de otro ataque de su enfermedad… Un momento antes se tomó la pastilla para el sueño, y con la mano de mi hermano entre las suyas, ha doblado la cabeza sobre el ángulo del respaldo del asiento. Papá también se ha recostado, y en seguida ha empezado con sus ronquidos, que son muy asustadores, porque cuando menos lo esperas suelta un ruido muy bronco y dolorido, como si se estuviera ahogando, hasta que vuelve a quedarse callado y con la cabeza clavada sobre el pecho… Voy sentado junto a María José, la criada que nos llegó después de la feria, y haciéndome el distraído le he puesto la cabeza sobre el hombro, a ver qué hace, pues no me atrevo a atacarla abiertamente, aunque ya llevo pantalones largos, y menos a besarla, porque aunque voy mucho al cine, de verdad de verdad, no sé muy bien cómo se besa a una mujer… De modo que me aprieto a ella lo más que puedo, y de vez en cuando suspiro muy fuerte junto a su cuello, pero sin más… Y se ve que no le enfada lo que hago, porque acaba de rozarme con su cara la cabeza. Así pasamos unos kilómetros. Ella –luego lo comprendí– pensaba que así me animaría para seguir… pero como continuaba sin atreverme, suavemente, rozándome la mejilla y las narices, ha bajado su boca hasta la mía y –algo que yo no esperaba– ha empezado a pasarme la lengua sobre los labios, como si los tuviese dulces… Por fin me he animado, yo le hago lo mismo, y así llevamos muy buen rato, hasta que ella, después de dar unos suspiros muy sospechosos, se ha quedado dormida sobre mi hombro… Y la verdad es que así me pesa un poco, pero por su boca entreabierta sale un calorcillo tan dulzón y húmedo, que voy a resistir con ella encima hasta que no pueda más.

Francisco García Pavón  (Tomelloso, Ciudad Real, 24 de septiembre de 1919 – Madrid, 18 de marzo de 1989) fue un escritor y crítico literario español, famoso por sus novelas policiacas protagonizadas por Plinio, jefe de la policía local de Tomelloso. Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid, con una tesis sobre Leopoldo Alas Clarín como narrador. Mientras hacía las prácticas de la milicia universitaria en Oviedo, escribió su primera novela, “Cerca de Oviedo”, que quedó finalista del Premio Nadal en 1945, en la segunda edición del premio, tras la primera ganada por Carmen Laforet con Nada, quién precisamente animó a García Pavón a presentarse al citado premio literario.

 

LA PARTIDA DEL TREN, de Clarice Lispector

La partida era en la Central con su reloj enorme, el más grande del mundo. Marcaba las seis de la mañana. Ángela Pralini pagó el taxi y cogió su pequeña valija. Doña María Rita Alvarenga Chagas Souza Melo descendió del Opel de la hija y (ambas por separado) se encaminaron hacia las vías. La vieja iba bien vestida y con joyas. De las arrugas que la ocultaban salía la forma pura de una nariz perdida en la edad, y de una boca que en otros tiempos debía haber sido llena y sensible. Pero qué importa. Se llega a un cierto punto y lo que fue no importa. Comienza una nueva raza. Una vieja no puede comunicarse. Recibió el beso helado que su hija le dio antes de que el tren partiera. Antes la ayudó a subir al vagón. Aunque en éste no había un centro, ella se colocó de lado. Cuando la locomotora se puso en movimiento, se sorprendió un poco: no esperaba que el tren siguiera en esa dirección y se encontró sentada de espaldas al camino.

Ángela Pralini advirtió el movimiento y preguntó:

–¿Quiere cambiar de lugar conmigo?

Doña María lo rechazó con delicadeza, dijo que no, muchas gracias, a ella le daba lo mismo. Pero parecía haberse perturbado. Se pasó la mano sobre el camafeo afiligranado de oro, pinchado en el pecho, paseó la mano por el broche, la quitó, la llevó hasta el sombrero de fieltro con una rosa de paño, la retiró. Seca. ¿Ofendida? Al final, le preguntó a Ángela Pralini:

–¿Es por mí que desea cambiar de lugar?

Ángela Pralini dijo que no; se sorprendió la vieja; se sorprendió por el mismo motivo: no se reciben atenciones de una viejita. Ella sonrió un poco demasiado y los labios cubiertos de talco se partieron en surcos secos: estaba encantada. Y un poco agitada:

–Qué amabilidad la suya –le dijo–, qué gentileza.

Hubo un movimiento de perturbación, porque Ángela Pralini rió también, y la vieja continuaba riendo, mostrando una dentadura bien arenada. Dio discretamente un tirón al cinturón que la apretaba demasiado.

–Qué amable– repitió.

Se recompuso un tanto deprisa, cruzó las manos sobre el bolso que contenía todo lo que se podía imaginar. Las arrugas, mientras reía, habían tomado un sentido, pensó Ángela. Ahora eran otra vez incomprensibles, superpuestas en un rostro otra vez inmodelable. Pero Ángela le quitaba la tranquilidad. Ya conocía a muchas jóvenes nerviosas que se decían: si me río un poco lo arruino todo, va a ser ridículo, tengo que parar, y era imposible, la situación era muy triste. Con inmensa piedad, Ángela vio la cruel verruga en la mandíbula, verruga de la cual salía un pelo negro y tieso. Pero Ángela le quitaba la tranquilidad. Se daba cuenta de que sonreiría en cualquier momento: Ángela la ponía en ascuas. Ahora era una de esas viejitas que parecen pensar que están siempre atrasadas, que se pasaron de hora. No se contuvo un segundo más, se irguió y espió por su ventana, como si fuera imposible mantenerse sentada.

–¿Quiere levantar el cristal? –le dijo un chico que oía a Haendel en una radio a pilas.

–¡Ah! –exclamó ella, aterrorizada.

¡Oh, no!, pensó Ángela, se estaba arruinando todo; el chico no debía haber dicho eso; era demasiado: no había que tocarla otra vez. Porque la vieja, casi a punto de perder la actitud de la que vivía, casi a punto de perder cierta amargura, temblaba como música de clave, entre la sonrisa y el extremo encanto.

 

Clarice Lispector fue una escritora brasileña de origen judío. Es considerada una de las más importantes escritoras brasileñas del siglo XX. Pertenece a la tercera fase del modernismo, el de la Generación del 45 brasileña. Wikipedia. Fecha de nacimiento: 10 de diciembre de 1920, Chechelnik, Ucrania– Fallecimiento: 9 de diciembre de 1977, Río de Janeiro, Estado de Río de Janeiro, Brasil. Movimientos: Generación del 45. Hijos: Paulo Gurgel Valente, Pedro Gurgel Valente. De sus novelas y cuentos se han filmado las películas Hour of the Star y Sound of Steps.

 

SE FUE EN EL TREN, de Sergio Borao Llop

Era el último viaje. O más bien el penúltimo. Faltaba uno, naturalmente. Yo ya no tenía ni para gasolina. A la vuelta, vendí el auto y fui a la estación. Saqué dos pasajes para Ingeniero Williams y llamé a Rebeca, pero no obtuve respuesta. Dos días estuve telefoneando sin resultado. Fui a su casa, pero la portera sólo me informó, secamente, de su ausencia y no condescendió a dar más explicación. Me miraba con desconfianza. Pensé en contactar con la policía y denunciar su desaparición, pero algo me urgía más: Terminar con eso que me estaba calcinando por dentro. A la mañana siguiente, tomé el tren hacia Ingeniero Williams.

Hice la mayor parte del viaje dormido. O abstraído. Al llegar, bajé del vagón con un sentimiento de derrota en mi ánimo. Como si los fantasmas del pasado me hubiesen obligado a regresar. «¿Y ahora?», me pregunté. En la estación no parecía haber nadie más, lo cual me contrarió, porque charlar dos minutos con el encargado o un viajero cualquiera, me hubiera servido para serenarme. Para sentir el suelo bajo mis pies.

Me senté en un banco, al sol. Recordé, como había venido haciendo durante esas últimas semanas, las escenas de veinte años atrás. Quise razonar que tal vez este regreso era mi expiación. Sin duda, no estaba preparado para lo que ocurrió a continuación.

De un rincón en penumbra, a mi derecha, a unos diez u once metros, surgió una voz que no pude dejar de reconocer.

–Te estaba esperando.

Pensé que se trataba de un espectro, pero el contorno del hombre de quien provenía el sonido parecía muy sólido. No podía verle el rostro (¿era realmente necesario?). Sólo el gabán, el sombrero, los zapatos. Las manos enguantadas.

–Te creía muerto –respondí, con un aplomo que no hubiera supuesto.

–He esperado mucho tiempo –dijo, como si no me hubiera oído.

–Veinte años –susurré.

–Veinte años –repitió él, como un eco acusador.

Podría excusarme alegando que lo ocurrido entonces fue accidental. Que yo no pretendía su ruina ni seducir a su mujer. Y mucho menos hacerle daño a él, a quien consideraba un buen amigo. Simplemente ocurrió así. Sólo defendía mis intereses. Eran las reglas. Pero incluso a mí, tras tanto tiempo, todo eso me sonaba a palabrería sin sentido. Había llegado la hora de la venganza y yo estaba dispuesto a dejarme matar sin una sola queja. Me parecía justo.

Fue entonces cuando percibí el perfume. Miré hacia el rincón. Tras la sombra del hombre, había otra, más pequeña, casi imposible de ver desde la zona soleada donde yo me encontraba. Y lo comprendí todo. Sin decir palabra, fijé la vista en el suelo, ante mí. Otro tren acababa de llegar. Iba en dirección contraria. Nadie bajó. Oí pasos a la derecha. Cuando miré, en el rincón no había nadie. Por un instante, aún tuve la esperanza de haber sufrido una alucinación provocada por el sol. Pero al volver la vista pude ver, como en un destello, un abrigo de mujer desapareciendo en el interior del vagón. La puerta se cerró y el tren echó a rodar sobre las vías. La estación quedó desierta. Pronto, el sol se pondría y la noche austral lo invadiría todo.

 

Sergio Borao Llop es nacido en Mallén, pueblecito de la provincia de Zaragoza (España) un 25 de Diciembre de 1960. Ha sido encuadernador, entrenador de baloncesto y colaborador en diferentes publicaciones de ámbito local y nacional. Fue finalista en los certámenes de Poesía y  Relatos «Ciudad de Zaragoza 1990». Es autor de los libros de cuentos «El Alba sin Espejos» y «Reflejos, intrusiones, imposturas» ambos inéditos, y de los poemarios «La estrecha senda inexcusable», «El rostro prohibido», «Metropolicromía», «Itinerarios hacia ti» y «El Horizonte.

 

EL TREN NOCTURNO DE BURDEOS, de Margueritte Duras

Una vez tuve dieciséis años. A esta edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigon, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias, los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarles. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada.

En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: “Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío”.

Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado.

Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer.

El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida.

Volvió…..

Marguerite Yourcenar: Famosa escritora, traductora y autora teatral francesa nacida en Bruselas, Bélgica, el 8 de junio de 1903, y fallecida en Mount Desert Island, Estados Unidos, el 17 de diciembre de 1987. Su verdadero nombre era Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislaine Cleenewerck de Crayencour. Yourcenar es, precisamente, un anagrama de Crayencour. Pertenecdía a una familia noble, fue una niña prodigio que, aleccionada por su padre, demostró grandes dotes para las artes. Publicó su primera novela a los 26 años, trasladándose a Estados Unidos para dar clases de Literatura Comparada en Nueva York. Fue traductora de autores como Henry James, Yukio Mishima y Virgina Woolf, y en 1951 publicó su gran éxito Memorias de Adriano. Perteneció a la Academia Belga de la Lengua desde 1970, y se convirtió en 1980 en la primera mujer en pertenecer a la Academia Francesa.


cuentosErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.

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