Cuento anónimo: Fiesta de disfraces

Hemos agotado hasta lo increíble la búsqueda del autor o la autora de este bello relato. La única pista es un folletín impreso en México caratulado como “Cuentos regionales”. Hay una fecha y un lugar: Monterrey, 1986.

En el índice dice “cuentos tachirenses”. Tachira es una localidad en Venezuela. Tiene ayuntamiento, escuelas, liceos y hasta tres o cuatro institutos de educación superior. Son dos los relatos incluidos bajo ese rótulo. El otro se llama “Infierno 66”.

Este que hemos escogido no da ninguna señal de localidad, ni tiempo o circunstancia. Sólo se definen a la protagonista y el hecho de que, de pronto, la mujer se siente mal y la llevan a un hospital. La historia se desgrana a partir de este hecho, que podría ser poco, pero el autor o la autora ha sabido construir un ambiente que pronto entra en el terreno de lo insólito. Allí se prende la historia y nos atrapa. Lindo relato; por el momento anónimo, ya que seguiremos buscando la identidad del autor o la autora.

Ernesto Bustos Garrido

*** Nota: Táchira es uno de los veintitrés estados que, junto con el Distrito Capital y las Dependencias Federales, forman la República Bolivariana de Venezuela. El estado Táchira está localizado al extremo suroeste occidental del país y pertenece a la región de los Andes. La capital del estado Táchira es la ciudad de San Cristóbal.


cuentosErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.


Cuento anónimo: La fiesta de disfraces

*** Un cuento anónimo sobre la muerte en vida o quizá también, la viva muerta

Aurora era una prima segunda o tercera de mi mamá, Ya estaba en sus setenta, pero no se le notaba porque desbordaba energía. Siempre alegre, siempre jovial, era el alma de cualquier reunión.

Si bien vivía sola, porque no quería molestar, continuamente se preocupaba por hacer felices a todos los que la rodeaban. Ella era la que organizaba fiestas sorpresa para agasajar a sus familiares y amigos. Era la que siempre estaba cuando alguno estaba bajoneado o triste. La que corría a cuidar al primero que se enfermara. Aurora era un comodín o una scout, siempre lista.

Jamás se quejó porque el dinero no le alcanzaba ni porque le dolía la uña o un dedo. Si alguien necesitaba algo, sabía que Aurora no le iba a fallar.

Pero un buen día, Aurora no apareció por casa a la hora de costumbre. Un rato más tarde recibimos un llamado del Hospital. Aurora se había descompensado y estaba internada en estado delicado.

Estuvo varios días en terapia intensiva y luego la trasladaron a habitación común. Nos turnábamos para acompañarla en los horarios de visita y para darle de comer, aunque se negaba.

Una mañana, la encontré sentada, muerta de la risa, conversando con no se sabe quién, porque la verdad es que en la habitación no había nadie. Sentí que un frío helado recorría mi cuerpo. Ella mantenía la charla, se reía a carcajadas y yo me desesperaba por no saber qué hacer, ya que me ignoraba por completo.

De pronto las luces se apagaron y volvieron a encenderse. Atribuí el desperfecto a una falla eléctrica.

Aunque a mí me causaba una gran inquietud, las enfermeras entraban y salían de la habitación sin darle importancia.

Le pregunté al médico sobre el raro comportamiento de Aurora y contestó que probablemente sería el efecto de la medicación.

Así continuó día tras día, charlando animadamente con sus visitantes imaginarios, hasta que una mañana logré interrumpir la conversación.

Aurora me dijo:

–Me están organizando una fiesta de disfraces.

–¿Quiénes? –le pregunté entre tímida y asustada.

–Toda esta gente que vino a verme. ¡Son tan divertidos!

–¡Toda esa gente!

¿Qué gente? Si no fuera por esa sensación extraña de estar siendo observada por espíritus que me invadía, podía llegar a pensar que Aurora se había vuelto loca.

–¿Y cuándo será la fiesta? –le pregunté, siguiendo la corriente.

–Espera que les pregunto. –¡Y les preguntó! Se sonrió mientras yo esperaba la respuesta. La situación me producía escalofríos. Eso de estar junto a una persona que conversa mirando fijamente a la pared no me causaba ninguna gracia. Más bien me producía temor–. El sábado 23 a las seis de la tarde. Están todos invitados. Vos, Inés, ocúpate de la comida. Hace tarjetitas invitando a todos. No te olvides de Porota, a ella siempre le gustaron las fiestas de disfraz.

–No sé si nos van a dejar. Esto es un hospital.

–Dicen que no va a haber problema. Que las organizan todos los días. ¡Ah! Y que vengan todos con sombrero; es el requisito para entrar.

Yo no entendía nada de nada. No sabía si estaba viviendo un sueño o una pesadilla. Pero, por si acaso, les avisé a todos los conocidos.

Al día siguiente, estaba más animada. La fiesta resultó un estímulo importante en su recuperación. No paraba de hablar, aunque tanto tiempo en el Hospital la había hecho perder la noción del espacio. Pensaba que estaba en su propia casa y me pedía que le alcanzara tal o cual cosa que estaba en tal o cual lugar.

–¿Y vos de que te vas a disfrazar? –le pregunté.

–¡Ah! No lo pensé. Buena pregunta….

–Decídete, porque me va a llevar tiempo conseguir los disfraces.

–¿Qué te parece de hada? ¿Es muy común?

–No. Está bien. Si te gusta de hada, serás un hada –respondí.

–Trae un sombrero bien puntiagudo. Que le salga bastante tul de la punta y pégale estrellitas brillantes.

–Está bien, le dije. Como vos quieras.

Estaba dispuesta a darle todos los gustos. Aurora se merecía eso y mucho más.

Cuando salí, en la puerta del Hospital había un grupo de gente disfrazada. Este parecía ser un Hospital fuera de lo común. Tenía razón Aurora. Las autoridades no tienen ningún problema ante la organización de este tipo de eventos. Cuando le comenté a la enfermera de turno acerca de la fiesta del sábado, me miró sorprendida. Miró a Aurora, me miró a mí. Volvió a mirar a Aurora y dijo:

–Yo pensé que estaba mucho mejor–. Y agregó–: ¿A qué hora?

–A la noche. Alrededor de las ocho.

Entonces, hizo una mueca con los labios.

–Justo es mi turno –dijo–. Gracias por avisarme; así me preparo para lo peor.

Luego se dio media vuelta y se fue.

–¡Qué comentario raro! ¡Qué mala onda! !Seguro que no le gustan las fiestas!, me dije.

Era obvio que estaba mejor, si no, no íbamos a organizar una fiesta.

Puse manos a la obra. Alquilé un disfraz de hada para Aurora. Personalmente armé el sombrero tal como ella lo quería. Luego, con unas telas viejas improvisé disfraces para toda la familia. No tuve tiempo para cocinar, así que encargué sándwiches y masitas en una confitería.

Nos encontramos todos los amigos, vecinos y familiares en la puerta del hospital. Cada uno debía traer la bebida que consumía. Subimos tratando de guardar el mayor silencio posible. De pronto recordé que con el apuro de preparar todo y cargar el auto con la comida, me había olvidado el disfraz de Aurora en casa, colgado de una percha. Me invadió la desesperación. Ya era la hora. ¿Cómo podía haber olvidado lo más importante?

–¡Un momento!, dije. ¡Me olvidé el disfraz de Aurora!

–Todos me miraron con cara de reproche. ¿Y ahora qué hacemos? –dijo mi mamá–. !Yo voy a buscarlo! –gritó Tomás

Pero ya habían abierto la puerta de la habitación. La cama estaba vacía y no había ninguna enfermera cerca para preguntarle qué sucedía.

Parecíamos todos locos. Disfrazados de pollo, de oso, de mendigo, de caperucita, de chapulín colorado, abarrotando los pasillos de un hospital.

De pronto, vimos que la enfermera de turno se acercaba rápidamente. Nos abalanzamos con preguntas. Queríamos saber dónde estaba Aurora.

–¿Ya están listos para la fiesta? –preguntó con su proverbial sequedad.

–¡No! Olvidé el disfraz de Aurora. Pero ya mando a alguien a buscarlo.

–La hora señalada ya pasó. Queme el disfraz –respondió la enfermera sin cambiar la cara. Y agregó–: Aurora sufrió un paro cardíaco, pero va a estar bien. Ya van a ver.

El comentario de la enfermera me hizo pensar que ella sabía mucho más de lo que aparentaba; que lo que Aurora veía no era producto de la medicación; que había algo real que nadie se atrevía a comentar.

Siguiendo el consejo de la enfermera, lo primero que hice al llegar a mi casa fue quemar el disfraz, algo que Aurora jamás me perdonó. Pero no me importó. Íntimamente sabía que mi olvido la había salvado de una muerte anunciada.

Al día siguiente Aurora estaba en perfectas condiciones, pero enojada. Muy enojada conmigo. Decía que le había arruinado la fiesta. Que todos sus amigos habían desaparecido por mi culpa. Que yo era una desconsiderada. Que ella jamás se hubiera olvidado de traer un disfraz.

En pocos días le dieron el alta y volvió fresca como una lechuga a su casa. Sus amigos invisibles, que tanto la divertían, habían desaparecido por completo. Tal vez estén organizando otra fiesta de disfraces en otra habitación del hospital.

 

 

 

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