Cuento navideño de Paz Monserrat Revillo: Un regalo

La calle comercial se despliega ante ella como una alfombra. Es temprano, hace un frío desapacible, todavía sin rayos de sol que suavicen la mañana del día de Nochebuena. Los propietarios de los comercios levantan las rejas de seguridad. Un corredor atraviesa la calle echando por la boca algo que recuerda al humo de una locomotora.

Lucía entra en una tienda de ropa de caballero.

—No sé, esta corbata me gusta mucho, pero es una prenda tan personal… Me lo voy a pensar y vuelvo más tarde.

Colores que parpadean incansables. Villancicos vomitados por altavoces que espían con ojos cuadrados e indiscretos. Aunque se siente agotada y siempre le ha producido una tristeza antigua la Navidad, hoy pretende sentirse privilegiada: los niños están con su marido y puede dedicar la mañana a comprar ese último regalo con el que no contaba.

Siguiente parada: colonias. Minotauro le convence, aunque no sabe si por el aroma o por el nombre. Quizás sea un perfume excesivamente juvenil para él. Sale de la perfumería con un incipiente dolor de cabeza. La calle empieza a llenarse de náufragos navideños. Un perro sin collar marca su territorio en una esquina. Una anciana pasea del brazo de una mujer con rasgos de india. El vendedor de cupones tiene la nariz roja y los ojos desorientados. Otro corredor la sobrepasa como un recuerdo inesperado.

Lucía entra en cinco tiendas más. La migraña desciende por los tendones del cuello y se ramifica hacia las articulaciones. El caparazón de la música se agrieta y las ideas que acceden a su mente le producen un ligero escalofrío.

No se decide. No sabe qué le podría gustar. No quiere parecer demasiado obsequiosa, pero tampoco una rácana. Cómo ser original sin pecar de extravagante. La última tienda: una pastelería. Sale con una enorme caja de bombones. Deja la zona comercial como si bajara de un tiovivo: con las piernas temblonas y unas décimas de fiebre.

Llega a su casa. No hay nadie. Habrán ido al parque. Respira hondo, se sienta en el sofá. Coloca la caja en su regazo. Observa fijamente el paquete, como si le sorprendiera. Los dedos de sus manos empiezan a deshacer el envoltorio, al principio con delicadeza, después con violencia. El papel vuela en pedazos hacia el suelo y enseguida el licor de un bombón relleno estalla contra su paladar. 
Sus manos han decidido que no va a regalarle nada a ese ginecólogo que tan amablemente la ha atendido y que va a acelerar los trámites para extirparle ese bultito que le acaban de detectar en el pecho.

Paz Monserrat Revillo

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