Las redundancias son, por decirlo sin rodeos, una de las mejores fórmulas –junto con las faltas de ortografía y la mala puntuación, entre otras– de acabar con la paciencia del lector.
No parece que nadie aprecie demasiado a esos narradores compulsivos con los que coincidimos tan a menudo en el autobús, el avión o en un vagón del tren, esos que te secuestran con su charla repetitiva y caótica y te exigen atenta escucha y una exquisita educación (para no mandarlos al carajo, que está feo). Y, sin embargo, muchas de las personas que rehúyen de esos monólogos cansinos caen ellas mismas, cuando redactan un texto, en el vicio de las redundancias. ¿Por qué lo hacen? En la mayoría de los casos, porque ni siquiera son conscientes de ello.
La lengua es un ser vivo. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que, como si de una persona se tratara, está sujeta a mutaciones, modificaciones, a cambios en su forma de pensar y de comportarse. La lengua española es actualizada de manera natural por los hablantes y de manera analítica por la RAE (Real Academia Española, y no Academia de la Lengua Española, como dicen algunos), que “limpia, fija y da esplendor”. O eso dice la Academia en pomposo verso octosílabo.