
“Escribir en Madrid es llorar”, dijo cargado de razón. Que me lo digan a mí, que ayer cobré un mísero talón de Amazon por la mísera venta de mis libros digitales y el banco se ha quedado con la mitad del importe (todo era mísero menos la comisión). No entiendo el hambre de escribir ficción que está proliferando en este país en los últimos años. La escritura creativa es una válvula de escape que promete mucho pero que acaba concediendo poco. Queda demostrado –al menos en el caso de este pobre mortal– que el sacrificio de concebir, escribir y pulir historias primero, y de editarlas en formato digital después, no ha servido sino para engrosar las cuentas de esos grandes banqueros a quienes costeamos sus millonarias tarjetas oscuras.


