Así nació La barraca, la famosa novela de Blasco Ibáñez

La barraca, la novela más universal de Vicente Blasco Ibáñez, encierra en su accidentada génesis otra novela. La barraca es un libro que podría fácilmente haber quedado en un cajón, pero el azar –o quizá el destino– tiene sus propias leyes.

No te pierdas esta aventura, narrada por Ernesto Bustos Garrido con la participación del propio Blasco Ibáñez, que relata su odisea en el prólogo del libro.

Así nació La Barraca, Vicente Blasco Ibáñez

La Barraca, de Blasco Ibáñez, nació en una bodega de vinos

Por Ernesto Bustos Garrido

“Algunos jóvenes que muestran exageradas impaciencias por obtener la fama literaria y sus provechos materiales, deben reflexionar sobre la historia de esta novela, tan unida a mi nombre. Para las gentes amigas de clasificaciones, que una vez que encasillan a un autor ya no lo sacan, por pereza mental, del alvéolo en que lo colocaron, yo seré siempre, escriba lo que escriba, «el ilustre autor de La barraca».

Y de La barraca, al publicarse en volumen, se vendieron quinientos ejemplares, y mi difunto amigo Sempere y yo nos repartimos setenta y ocho pesetas, ganancia líquida de la obra, llegando a obtener tal cantidad gracias a que entonces los gastos de impresión eran mucho más baratos que en los tiempos presentes”.

En el Prólogo de La barraca, Vicente Blasco Ibáñez hizo una confesión. Esta se puede resumir así: Estando oculto de la Policía y de la Guardia Civil (1895) que tenían orden de apresarlo por sedicioso, él mal escribió en unas cuartillas de papel escasas, una historia –talvez una de sus primeras narraciones- y que tuvo de dejar ocultas en los rincones de su escondite, para poder huir al exilio a toda prisa, hacia Italia. Tiempo después, cuando puede volver a su país, se encuentra por casualidad con el joven que le había dado refugio, y entonces van juntos a su casa, el mismo sitio donde había estado oculto. Entre sus pertenencias abandonadas, Vicente Blasco Ibáñez recupera las cuartillas de aquel relato que había titulado “Venganza Moruna”. Era una historia de la huerta valenciana, acerca de la lucha entre labriegos y propietarios de la tierra, con un final trágico. Vicente Blasco Ibáñez las recuperó, las llevó a su oficina donde dirigía un periódico valenciano llamado El Diario del Pueblo (Blasco Ibáñez ya era diputado y tenía inmunidad), y después de releerlas varias veces, transformó esa historia presurosa y escrita a hurtadillas, con tinta morada, a la luz de un candil, en su novela emblemática: La Barraca.

 

Así nació La Barraca

Prólogo de La Barraca

(La revelación de Vicente Blasco Ibáñez)

Al lector

 

He contado en el prólogo de otro libro mío cómo a mediados de 1895 tuve que huir de Valencia, después de una manifestación contra la guerra colonial, que degeneró en movimiento sedicioso, dando origen a un choque de los manifestantes con la fuerza pública.

Perseguido por la autoridad militar como presunto autor de este suceso, viví escondido algunos días, cambiando varias veces de refugio, mientras mis amigos me preparaban el embarco secreto en un vapor que iba a zarpar para Italia.

Uno de mis alojamientos fue en los altos de un despacho de vinos situado cerca del puerto, propiedad de un joven republicano, que vivía con su madre. Durante cuatro días permanecí metido en un entresuelo de techo bajo, sin poder asomarme a las ventanas que daban a la calle, por ser ésta de gran tránsito y andar la Policía y la Guardia Civil buscándome en la ciudad y sus alrededores.

Obligado a permanecer en una habitación interior, completamente solo, leí todos los libros que poseía el tabernero, los cuales no eran muchos ni dignos de interés. Luego, para distraerme, quise escribir, y tuve que emplear los escasos medios que el dueño de la casa pudo poner a mi disposición: una botellita de tinta violeta a guisa de tintero, un portaplumas rojo, como los que se usan en las escuelas, y tres cuadernillos de papel de cartas rayado de azul.

Así, escribí en dos tardes un cuento de la huerta valenciana, al que puse por título “Venganza moruna”. Era la historia de unos campos forzosamente yermos, que vi muchas veces, siendo niño, en los alrededores de Valencia, por la parte del cementerio; campos utilizados hace años como solares para la expansión urbana; el relato de una lucha entre labriegos y propietarios, que tuvo por origen un suceso trágico y abundó luego en conflictos y violencias.

Cuando llegó la hora de mi embarco, en plena noche, disfrazado de marinero, dejé en la taberna todos mis objetos de uso personal y el pequeño fajo de hojas escritas por ambas caras. Vagué tres meses por Italia, volví a España, y un Consejo de guerra me condenó a varios años de presidio. Estuve encerrado más de doce meses, sufriendo los rigores de una severidad intencionada y cruel. Al ser conmutada mi pena, me desterraron a Madrid, sin duda para tenerme el Gobierno de entonces más al alcance de su vigilancia; y, finalmente, el pueblo de Valencia me eligió diputado, librándome así de nuevas persecuciones, gracias a la inmunidad parlamentaria.

Mi campaña electoral consistió principalmente en discursos pronunciados al aire libre, ante muchedumbres enormes. Una tarde, después de hablar a los marineros y cargadores del puerto, cuando, terminado mi discurso, tuve que responder a los apretones de manos y los saludos de miles de oyentes, reconocí entre éstos al joven que me escondió en su casa.

Tuve que acompañarle a la taberna para saludar a su madre y ver la pequeña habitación que me había servido de refugio. Mientras estas buenas gentes recordaban, emocionadas, mi hospedaje en su vivienda, fueron sacando todos los objetos que yo había dejado olvidados.

Así, recobré el cuento “Venganza moruna”, volviendo a leerlo aquella noche, con el mismo interés que si lo hubiese escrito otro. Mi primera intención fue enviarlo a El Liberal, de Madrid, en el que colaboraba yo casi todas las semanas, publicando un cuento. Luego pensé en la conveniencia de ensanchar este relato, un poco seco y conciso, haciendo de él una novela, y escribí La barraca.

Dirigía yo entonces en Valencia el diario El Pueblo, y tal era la pobreza de este periódico de combate, que, por no poder pagar un redactor encargado del servicio telegráfico, tenía el director que trabajar hasta la madrugada, o sea hasta que, redactados los últimos telegramas y ajustado el diario en páginas, entraba, finalmente, en máquina. Sólo entonces, fatigado de toda una noche de monótono trabajo periodístico, me era posible dedicarme a la labor creadora del novelista.

Bajo la luz violácea del amanecer o al resplandor juvenil de un sol recién nacido fui escribiendo los diez capítulos de mi novela. Nunca he trabajado con tanto cansancio físico y un entusiasmo tan reconcentrado Y tenaz.

Al relato primitivo le quité su título de Venganza moruna, empleándolo luego en otro de mis cuentos. Me pareció mejor dar a la nueva novela su nombre actual: La barraca. Primeramente se publicó en el folletón de El Pueblo, pasando casi inadvertida. Mis bravos amigos, los lectores del diario, sólo pensaban en el triunfo de la República, y no podían interesarles gran cosa unas luchas entre huertanos, rústicos personajes que ellos contemplaban de cerca a todas horas.

Francisco Sempere, mi compañero de empresas editoriales, que iniciaba entonces su carrera y era todavía simple librero de lance, publicó una edición de La barraca de setecientos ejemplares, al precio de una peseta, Tampoco fue considerable el éxito del volumen. Creo que no pasaron de quinientos los ejemplares vendidos.

Ocupado en trabajar por mis ideas políticas, no prestaba atención a la suerte editorial de mi obra, cuando, algunos meses después, recibí una carta del señor Hérelle, profesor del Liceo de Bayona. Ignoraba yo entonces que este señor Hérelle era célebre en su patria como traductor, luego de haber vertido al francés las obras de D’Annunzio y otros autores italianos. Me pedía autorización para traducir La barraca, explicando la casualidad que le permitió conocer mi novela. Un día de fiesta había ido de Bayona a San Sebastián, y, aburrido, mientras llegaba la hora de regresar a Francia, entró en una librería para adquirir un volumen cualquiera y leerlo sentado en la terraza de un café.

El libro escogido fue La barraca, e, interesado por su lectura, el señor Hérelle casi perdió su tren. Con la despreocupación (por no llamarla de otro modo) que caracteriza a la mayoría de los españoles en lo que se refiere a la puntualidad epistolar, dejé sin respuesta la carta de este señor. Volvió a escribirme, y tampoco contesté, acaparado por los accidentes de mi vida de propagandista. Pero Hérelle, tenaz en su propósito, repitió sus cartas.

«He de contestar a ese señor francés –me decía todas las mañanas–. De hoy no pasa.» Y siempre una reunión política, un viaje o un incidente revolucionario de molestas consecuencias me impedía escribir a mi futuro traductor. Al fin, pude enviarle cuatro líneas autorizándole para dicha traducción, y no volví a acordarme de él.

Una mañana, los diarios de Madrid anunciaron en sus telegramas de París que se había publicado la traducción de La barraca, novela del diputado republicano Blasco Ibáñez, con un éxito editorial enorme, y los primeros críticos de Francia hablaban de ella con elogio.

La barraca, que había aparecido en una edición española de setecientos ejemplares (vendiéndose únicamente quinientos, la mayor parte de ellos en Valencia), y no mereció, al publicarse, otro saludo que unas cuantas palabras de los críticos de entonces, pasó de golpe a ser novela célebre. El insigne periodista Miguel Moya la publicó en el folletín de El Liberal, y luego empezó a remontarse, de edición en edición, hasta alcanzar su cifra actual de cien mil ejemplares legales. Digo legales, porque en América se han hecho numerosas ediciones de esta obra sin mi permiso. A la traducción francesa siguieron otras y otras en todos los idiomas de Europa. Si se suman los ejemplares de sus numerosas versiones extranjeras, pasan, seguramente, de un millón.

Algunos jóvenes que muestran exageradas impaciencias por obtener la fama literaria y sus provechos materiales, deben reflexionar sobre la historia de esta novela, tan unida a mi nombre. Para las gentes amigas de clasificaciones, que una vez que encasillan a un autor ya no lo sacan, por pereza mental, del alvéolo en que lo colocaron, yo seré siempre, escriba lo que escriba, «el ilustre autor de La barraca».

Y de La barraca, al publicarse en volumen, se vendieron quinientos ejemplares, y mi difunto amigo Sempere y yo nos repartimos setenta y ocho pesetas, ganancia líquida de la obra, llegando a obtener tal cantidad gracias a que entonces los gastos de impresión eran mucho más baratos que en los tiempos presentes.

  1. B. I. Menton (Alpes Marítimos-Francia), 1925.

 

Venganza Moruna, un cuento de Vicente Blasco Ibáñez

Casi todos los que ocupaban aquel vagón de tercera conocían a Marieta; una buena moza, vestida de luto, que, con un niño de pecho en el regazo, estaba junto a una ventanilla, rehuyendo las miradas y la conversación de sus vecinas.

Las viejas labradoras la miraban, unas con curiosidad y otras con odio, a través de las asas de sus enormes cestas y de los fardos que descansaban sobre sus rodillas, con todas las compras hechas en Valencia. Los hombres, mascullando la tagarnina, lanzábanle ojeadas de ardoroso deseo.

En todos los extremos del vagón hablábase de ella, relatando su historia.

Era la primera vez que Marieta se atrevía a salir de casa después de la muerte de su marido. Tres meses habían pasado desde entonces. Sin duda, sentía miedo a Teulaí, el hermano menor de su marido, un sujeto que a los veinticinco años era el terror del distrito; amante loco de la escopeta y de la valentía, que, naciendo rico, había abandonado sus campos para vivir unas veces en los pueblos, por la tolerancia de los alcaldes, y otras en la montaña, cuando se atrevían a acusarlo los que le querían mal.

Marieta parecía satisfecha y tranquila. ¡Oh la mala piel! Con un alma tan negra, y miradla: qué guapetona, qué majestuosa; parecía una reina.

Los que nunca la habían visto se extasiaban ante su hermosura. Era como las vírgenes patronas de los pueblos: la tez, con pálida transparencia de cera, bañada a veces por un oleaje de rosa; los ojos, negros, rasgados, de largas pestañas; el cuello, soberbio, con dos líneas horizontales que marcaban la tersura de la blanca carnosidad; alta, majestuosa, con firmes redondeces que al menor movimiento poníanse de relieve bajo el negro vestido.

Sí; era muy guapa. Así se comprendía la locura de su pobre marido.

En vano se había opuesto al matrimonio la familia de Pepet. Casarse con una pobre siendo él rico, resultaba un absurdo; y aún lo parecía más al saberse que la novia era hija de una bruja y, por tanto, heredera de todas sus malas artes.

Pero él, firme que firme. La madre de Pepet murió del disgusto; según decían las vecinas, prefirió irse del mundo antes que ver en su casa a la hija de la Bruixa, y Teulaí, con ser un perdido que no respetaba gran cosa el honor de la familia, casi riñó con su hermano. No podía resignarse a tener por cuñada una buena moza que, según afirmaban en la taberna testigos presenciales (y allí la reunión era de lo más respetable), preparaba malas bebidas, ayudaba a su madre a sacar las mantecas a los niños vagabundos para confeccionar misteriosos ungüentos, y la untaba los sábados a medianoche antes de salir volando por la chimenea.

Pepet, que se reía de todo, acabó casándose con Marieta, y con esto fueron de la hija de la bruja sus viñas, sus algarrobos, la gran casa de la calle Mayor y las onzas que su madre guardaba en los arcones del estudio.

Estaba loco. Aquel par de lobas le habían dado alguna mala bebida, tal vez polvos seguidores, que, según afirmaban las vecinas más experimentadas, ligan para siempre con una fuerza integral.

La bruja, arrugada, de ojillos malignos, que no podía atravesar la plaza del pueblo sin que los muchachos la persiguieran a pedradas, se quedó sola en su casucha de las afueras, ante la cual no pasaba nadie por la noche sin hacer la señal de la cruz. Pepet sacó a Marieta de aquel antro, satisfecho de tener como suya la mujer más hermosa del distrito.

¡Qué manera de vivir! Las buenas mujeres lo recordaban con escándalo. Bien se veía que el tal casamiento era por parte del Malo. Apenas si Pepet salía de su casa; olvidaba los campos, dejaba en libertad a los jornaleros, no quería apartarse ni un momentos de su mujer, y las gentes, a través de la puerta entornada, o por las ventanas siempre abiertas, sorprendían los abrazos; los veían persiguiéndose entre risotadas y caricias, en plena borrachera de felicidad, insultando con su hartura a todo el mundo. Aquello no era vivir como cristianos. Eran perros furiosos persiguiéndose con la sed de la pasión nunca extinguida. ¡Ah la grandísima perdida! Ella y la madre le abrasaban las entrañas con sus bebidas.

Bien se veía en Pepet, cada vez más flaco, más amarillo, más pequeño, como un cirio que se derretía.

El médico del pueblo, único que se burlaba de brujas, bebedizos y de la credulidad de la gente, hablaba de separarlos como único remedio. Pero los dos siguieron unidos; él, cada vez más, decaído y miserable; ella, engordando, rozagante y soberbia, insultando a la murmuración con sus aires de soberana. Tuvieron un hijo, y dos meses después murió Pepet lentamente, como luz que se extingue, llamando a su mujer hasta el último momento, extendiendo hacia ella sus manos ansiosas.

¡La que se armó en el pueblo! Ya estaba allí el efecto de las malas bebidas. La vieja se encerró en su casucha temiendo a la gente; la hija no salió a la calle en algunas semanas, y los vecinos oían sus lamentos. Por fin, algunas tardes, desafiando las miradas hostiles, fue con el niño al cementerio.

Al principio le tenía cierto miedo a Teulaí, el terrible cuñado, para el cual matar era ocupación de hombres, y que, indignado por la muerte del hermano, hablaba en la taberna de hacer pedazos a la mujer y a la bruja de la suegra. Pero hacía un mes que había desaparecido. Estaría con los roders en la montaña, o los negocios le habían llevado al otro extremo de la provincia. Marieta se atrevió, por fin, a salir del pueblo: a ir a Valencia para sus compras… ¡Ah la señora! ¡Qué importancia se daba con el dinero de su pobre marido! Tal vez buscaba que los señoritos le dijesen algo viéndola tan guapetona…

Y zumbaba en todo el vagón el cuchicheo hostil: las miradas afluían a ella; pero Marieta abría sus ojazos imperiosos, sorbía aire ruidosamente con gesto de desprecio, y volvía a mirar los campos de algarrobos, los empolvados olivares, las blancas casas que huían trazando un círculo en torno del tren en marcha, mientras el horizonte inflamábase al contacto del sol, que se hundía entre espesos vellones de oro.

Detúvose el tren en una pequeña estación, y las mujeres que más habían hablado de Marieta se apresuraron a bajar, echando por delante sus cestas y capazos.

Unas se quedaban en aquel pueblo y se despedían de las otras, de las vecinas de Marieta, que aún tenían que andar una hora para llegar a sus casas.

La hermosa viuda, con el niño en brazos y apoyando en la fuerte cadera la cesta de las compras, salió de la estación con paso lento. Quería que la adelantasen en el camino aquellas comadres hostiles; que la dejasen marchar sola, sin tener que sufrir el tormento de sus murmuraciones.

En las calles del pueblo, estrechas, tortuosas y de avanzados aleros, había poca luz. Las últimas casas extendíanse en dos filas a lo largo de la carretera. Más allá veíanse los campos, que azuleaban con la llegada del crepúsculo, y a lo lejos, sobre la ancha y polvorienta faja del camino, marcábanse, como un rosario de hormigas, las mujeres que con los fardos en la cabeza marchaban hacia el inmediato pueblo, cuya torre asomaba tras una loma su montera de tejas barnizadas, brillantes con el último reflejo del sol. Marieta, brava moza, sintió repentinamente cierta inquietud al verse sola en el camino. Este era muy largo, y cerraría la noche antes que llegase a su casa.

Sobre una puerta balanceábase el ramo de olivo, empolvado y seco, indicador de una taberna. Bajo de él, de espaldas al pueblo, estaba un hombre pequeño, apoyado en el quicio y con las manos en la faja.

Marieta se fijó en él… Si al volver la cabeza resultase que era su cuñado, ¡Dios mío, qué susto! Pero segura de que estaba muy lejos, siguió adelante, saboreando la cruel idea del encuentro, por lo mismo que lo creía imposible, temblando al pensar que fuese Teulaí el que estaba en la puerta de la taberna.

Pasó junto a él sin levantar los ojos.

–Buenas tardes, Marieta.

Era él… Y la viuda, ante la realidad, no experimentó la emoción de momentos antes. No podía dudar. Era Teulaí, el bárbaro de sonrisa traidora, que la miraba con aquellos ojos, más molestos y crueles que sus palabras.

Contestó con un ¡hola! desmayado, y ella, tan grande, tan fuerte, sintió que las piernas le flaqueaban, y hasta hizo un esfuerzo para que el niño no cayera de sus brazos.

Teulaí sonreía socarronamente. No había por qué asustarse. ¿No eran parientes? Se alegraba del encuentro, la acompañaría al pueblo, y por el camino hablarían de algunos asuntos.

–Avant, avant –decía el hombrecillo.

Ya la mocetona siguió tras él, sumisa como una oveja, formando rudo contraste aquella mujer grande, poderosa, de fuertes músculos, que parecía arrastrada por Teulaí, enteco, miserable y ruin, en el cual únicamente delataban el carácter los alfilerazos de extraña luz que despedían sus ojos. Marieta sabía de lo que era capaz. Hombres fuertes y valerosos habían caído vencidos por aquel mal bicho.

En la última casa del pueblo, una vieja barría, canturriando, su portal.

–Bona dona, bona dona! –gritó Teulaí.

La buena mujer acudió, tirando la escoba. Era demasiado célebre el cuñado de Marieta en muchas leguas a la redonda para no ser obedecido inmediatamente.

Cogió al niño de brazos de su cuñada, y, sin mirarle, como si quisiera evitar un enternecimiento indigno de él, le pasó a los brazos de la vieja, encargándole su cuidado… Era asunto de media hora…, volverían pronto por él en cuanto terminasen cierto encargo.

Marieta rompió en sollozos, y se abalanzó al niño para besarle. Pero su cuñado tiró de ella. Avant, avant. Se hacía tarde.

Subyugada por el terror que inspiraba aquel hombrecillo venenoso a cuantos le rodeaban, siguió adelante, sin el niño y sin la cesta, mientras la vieja, santiguándose, se apresuraba a meterse en su casa.

Apenas si se distinguían como puntos indecisos en el blanco camino las mujeres que marchaban al pueblo. Los pardos vapores del anochecer extendíanse a ras de los campos; la arboleda tomaba un tono de oscuro azul, y arriba, en el cielo, de color violeta, palpitaban las primeras estrellas.

Continuaron en silencio algunos minutos, hasta que Marieta se detuvo con una decisión inspirada por el miedo… Lo que tuviera que decirle, lo mismo podía ser allí que en otra parte. Y le temblaban las piernas, balbuceaba y no se atrevía a alzar los ojos para no ver a su cuñado.

A lo lejos sonaban chirridos de ruedas; voces prolongadas se llamaban a través de los campos, rasgando el silencioso ambiente del crepúsculo.

Marieta miraba con ansiedad el camino. Nadie. Estaban solos ella y su cuñado.

Éste, siempre con una sonrisa infernal, hablaba con lentitud… Lo que tenía que decirle era que rezase, y, si sentía miedo, podía echarse el delantal por la cara. A un hombre como él no le mataban un hermano impunemente.

Marieta se hizo atrás, con la expresión aterrada del que despierta en pleno peligro. Su imaginación, ofuscada por el miedo, había concebido, antes de llegar allí, las mayores brutalidades: palizas horrorosas, el cuerpo magullado, la cabellera arrancada; pero… ¡rezar y taparse la cara! ¡Morir! ¡Y tal enormidad dicha tan fríamente!

Con palabra atropellada, temblando y suplicante, intentó enternecer a Teulaí. Todo era mentira de la gente. Había querido con el alma a su pobre hermano; le quería aún; si había muerto fue por no creerla a ella; a ella, que no había tenido valor para ser esquiva con un hombre tan enamorado.

Pero el valentón la escuchaba acentuando cada vez más su sonrisa, que era ya una mueca.

–¡Calla, filla de la bruixa!

Ella y su madre habían muerto al pobre Pepet. Todo el mundo lo sabía; le habían consumido con malas bebidas… Y si él la escuchaba ahora, sería capaz de embrujarle también. Pero no; él no caería como el tonto de su hermano.

Y para probar su firmeza de hiena, sin otro amor que el de la sangre, cogió con sus manos huesosas la cara de Marieta, la levantó para verla de más cerca, contemplando sin emoción las pálidas mejillas, los ojos negros y ardientes que brillaban tras las lágrimas.

–Bruixa…, envenenadora!

Pequeñín y miserable en apariencia, abatió de un empujón a la buena moza; hizo caer de rodillas aquella soberbia máquina de dura carne, y, retrocediendo, buscó algo en su faja.

Marieta estaba anonadada. Nadie en el camino. A lo lejos, los mismos gritos, el mismo chirriar de ruedas; cantaban las ranas en una charca inmediata; en los ribazos alborotaban los grillos, y un perro aullaba lúgubremente allá en las últimas casas del pueblo. Los campos hundíanse en los vapores de la noche.

Al verse sola, al convencerse de que iba a morir, desapareció toda su arrogancia de buena moza; se sintió débil como cuando era niña y le pegaba su madre, y rompió en sollozos.

–Mátam, mátam –gimió, echándose a la cara el negro delantal, enrollándolo en torno de su cabeza.

Teulaí se acercó a ella, impasible, con una pistola en la mano. Aún oyó la voz de su cuñada gimiendo a través de la negra tela con lamentos de niña, rogándole que la rematase pronto, que no la hiciera sufrir, intercalando sus súplicas entre fragmentos de oraciones, que recitaba atropelladamente.

Y como hombre experimentado, buscó con la boca de la pistola en aquel envoltorio negro, disparando los dos cañones a la vez.

Entre el humo y los fogonazos vióse a Marieta erguirse como impulsada por un resorte y desplomarse con un pataleo de agonía, que desordenó sus ropas.

En la masa negra e inerte quedaron al descubierto las blancas medias, de seductora redondez, estremeciéndose con el último estertor.

Teulaí, tranquilo como hombre que a nadie teme y cuenta en último término con un refugio en la montaña, volvió al inmediato pueblo en busca de su sobrino, satisfecho de su hazaña.

Al tomar al pequeñuelo de brazos de la aterrada vieja, casi lloró.

–¡Pobret! ¡Pobret meu!…-dijo, besandole.

Y su conciencia de tío inundábase de satisfacción, seguro de haber hecho por el pequeño una gran cosa.

 

Nota: El texto precedente no es exactamente igual al original que Blasco Ibáñez rescató de la bodega de vinos. Contiene algunas expresiones de la lengua valenciana que acusa un cierto parecido con el francés y el catalán.

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Ernesto Bustos GarridoErnesto Bustos Garrido
(Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios, Pontificia Universidad Católica de Chile y Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, funda-mentalmente en La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta y setenta fue Secretario de Prensa de la Presidencia de Eduardo Frei Montalva, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta transformarse en escritor.

 

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