Andrés Neuman. El arte de decir mucho sin decirlo todo

El circunstancialismo narrativo es una forma de escritura donde no existe una historia convencional con un comienzo, un medio, y un final, al estilo de los episodios clásicos. Se parece más a una disquisición oratoria, a una vaga elucubración de circunstancias donde el personaje no protagoniza nada importante, y donde ni siquiera hay una trama visible. Es “una historia” hecha a retazos, con movimientos casi inexistentes, donde más que un cuerpo en acción es la mente del protagonista lo que se mueve por aquí y por allá, en zonas oscuras, dando lugar así a una especie de historia o un sueño mal hilvanado y poco recordado.

El escritor español Andrés Neuman, nacido en Argentina, autor de libros como Una vez Argentina y El que espera, es un fiel exponente de esta corriente narrativa que reúne a numerosos adeptos, pero que deja indiferentes a los lectores que cuando toman un  libro es para conocer una episodio, total o parcial, de una existencia humana individual o colectiva.

En su libro Bariloche del año 1999, Neuman hace gala de manera maciza esta forma de narrar. La obra está hecha con trozos de pensamientos, fragmentos de la memoria, y cada capítulo (alcanzan a un total de 65) da cuenta de un momento con escasa acción, no hay vértigo; tampoco reposo absoluto; es movimiento relativo. Tenemos a un individuo que después de su trabajo como recolector de basura, nacido en la zona austral de Nahuelhuapi, pasa a servirse un refrigerio a un bar cualquiera en Buenos Aires, luego aborda el colectivo en dirección a su casa, llega, se quita los zapatos, se duerme, despierta, se come un par de huevos y luego se asoma a la ventana para mirar al exterior, pensando o prestando atención, más que nada, en un par de botas negras que recogió en un basural y que están tiradas en un rincón de su cuarto.

Esa es la historia de manera simple. ¿Trascendente? Quizá. Pero hay que tener fuerte voluntad para seguir leyendo, y si así ocurre, es porque como no ha sucedido nada importante, uno tiene la sensación de que en algún momento allí podría saltar la liebre y así se armaría el cuento con un relato posible de recordar o contar después a los amigos. Por eso uno sigue leyendo.

Veamos esta muestra de lo que me he permitido en llamar “circunstancialismo narrativo””, y donde se bebe una agua híbrida, insípida, que podría quitar la sed, pero solo con gusto a lengua.

Autor de la introducción
cuentosErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.

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Bariloche (Compactos)
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Hombre mira por la ventana y come huevos

Capítulo XI

Había almorzado en un bar. Se sentía hambriento y había recordado que tenía el frigorífico vacío. Al ver el menú en la pequeña pizarra de coca-cola se había tanteado el bolsillo del pantalón, sabiendo que apenas tenía suficiente y que no obstante entraría sin dudarlo. Le había explicado al camarero que el bistec debía estar ligeramente pasado y que la ensalada tenía que ser sin cebolla y más tarde que el café, a ser posible, tuviera una mitad de leche fría. Caminaba aturdido, por la Plaza de Mayo hacia Leandro N. Alem, dudando si variar o no su itinerario de siempre, cuando de pronto vio acercarse un 93 a toda velocidad; la siguiente vez que reparó en sí mismo se encontró agarrado del respaldo de un asiento pegajoso, ahogándose entre el aluvión de pasajeros, mirando como la Avenida del Libertador se estiraba y se estiraba. Deseó estar en Chacarita y en su casa y en su cama, a punto de dormirse; creyó que sí, por momentos lo iba consiguiendo, pero finalmente tuvo que aceptar que el tráfico estaba imposible y que hacía calor pese al invierno y que a él lo pisaban, lo empujaban, lo pisaban.

Tanteó su casa como se tantea un refugio. Las baldosas de la cocina se tambaleaban de sopor. Fue al baño, meó gozosamente, se quitó los zapatos, acarició su almohada, respiró confusamente entre las sábanas.

Cuando el sonido taquicárdico del despertador le hizo entender qué estaba ocurriendo, Demetrio se incorporó con una vaga nostalgia del mediodía. Tanteó al pie de su cama y localizó el cuero ajado de las botas negras. Se las calzó parsimoniosamente y fue a la cocina, cogió un par de huevos, miró la hora: nueve y media. Tragó los huevos –que sabían a gomosa nada– y se acercó a la ventana. En sus tiempos de fumador, recordó, las calles tendían por la noche a dejarse contemplar, casa bocanada gris parecía coincidir con el pulso de los coches y las esquinas; ahora que los cigarrillos eran la gentileza ocasional de alguien o simplemente un lujo ajeno, el trozo de barrio que la ventana enmarcaba no era el mismo, discurría más lento, más cansado, entre previsibles líneas que jamás llegaban a parecerse a aquellos dibujos azulados y volubles.

Sin darse cuenta suspiró como exhalando aquel humo de antaño, y luego se apartó del tráfico y el neón ausente de los comercios cerrados. Se sentó junto a la mesa de la sala, observó un puñado de piezas y el cielo horadado del paisaje: los huecos se iban volviendo inteligibles, las flores ya estaban completas y la hierba, descuidada y brillante, ocultaba a medias las disputas de los gatos. La hora era clara, pero si se prestaba atención a las franjas del lago, podían entreverse la próxima caída de la tarde. Demetrio conocía bien ese momento, y se miraba las botas como si fueran una mustia profecía. El cielo iba cerrándose…

 

*** Extraido de la novela Bariloche de Andrés Neuman. Páginas 37 y 38. Capítulo XI. Editorial Anagrama-Colección Compactos 1999. Barcelona España. El título del fragmento, es del autor de estas líneas.

*** Libro gentileza de “Biblioteca Viva” Plaza Egaña-Fundación La Fuente. Santiago de Chile.7

Relatos cortos

Entrevista con Andrés Neuman (en vídeo)

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