6 microrrelatos latinoamericanos

Latinoamérica ha sido siempre un manantial de buenas historias, en la vida real y sobre el papel. A modo de pequeña muestra, os dejo seis de mis microrrelatos latinoamericanos preferidos, de autores consagrados: Jairo Aníbal Niño, Gustavo Sainz, Guillermo Cabrera Infante, Humberto Mata, Jorge Luis Borges, Augusto Monterroso y Jorge Luis Borges.

He ordenado estos microrrelatos de menor a mayor extensión. No tienen entre sí otro denominador común que el de llevar la firma de un autor latinoamericano y su calidad literaria.

Si tenéis alguna recomendación que queráis compartir con los lectores de ESCRIBIR Y CORREGIR, no dudéis en dejar un comentario en el blog. 

FUNDICIÓN Y FORJA, Jairo Aníbal Niño (Colombia)

Todo se imaginó Superman, menos que caería derrotado en aquella playa caliente y que su cuerpo fundido, serviría después para hacer tres docenas de tornillos de acero, de regular calidad.

RÍO DE LOS SUEÑOS, de Gustavo Sainz (México)

Yo, por ejemplo, misántropo, hosco, jorobado, pudrible, inocuo exhibicionista, inmodesto, siempre desabrido o descortés o gris o tímido según lo torpe de la metáfora, a veces erotómano, y por si fuera poco, mexicano, duermo poco y mal desde hace muchos meses, en posiciones fetales, bajo gruesas cobijas, sábanas blancas o listadas, una manta eléctrica o al aire libre, según el clima, pero eso sí, ferozmente abrazado a mi esposa, a flote sobre el río de los sueños.

 

EL NIÑO QUE GRITABA: ¡AHÍ VIENE EL LOBO!, de  Guillermo Cabrera Infante (Cuba)

Un niño gritaba siempre “¡Ahí viene el lobo! ¡Ahí viene el lobo!” a su familia. Como vivían en la ciudad no debían temer al lobo, que no habita en climas tropicales. Asombrado por el a todas luces infundado temor al lobo, pregunté a un fugitivo retardado que apenas podía correr con sus muletas tullidas por el reuma. Sin dejar de mirar atrás y correr adelante, el inválido me explicó que el niño no gritaba ahí viene el lobo sino ahí viene Lobo, que era el dueño de casa de inquilinato, quintopatio o conventillo donde vivían todos sin (poder o sin querer) pagar la renta. Los que huían no huían del lobo, sino del cobro –o más bien, huían del pago.

Moraleja: El niño, de haber estado mejor educado, bien podría haber gritado “Ahí viene el Sr. Lobo”! y se habría ahorrado uno todas esas preguntas y respuestas y la fábula de paso.

LOS DESCUBRIDORES, de Humberto Mata (Venezuela)

Cierta vez- de eso hace ahora mucho tiempo- fuimos visitados por gruesos hombres que desembarcaron en viejísimos barcos. Para aquella ocasión todo el pueblo se congregó en las inmediaciones de la playa. Los grandes hombres traían abrigos y uno de ellos, el más grande de todos, comía y bebía mientras los demás dirigían las pequeñas embarcaciones que los traerían a la playa. Una vez en tierra –ya todo el pueblo había llegado-, los grandes hombres quedaron perplejos y no supieron qué hacer durante varios minutos. Luego, cuando el que comía finalizó la presa, un hombre flaco, con grandes cachos en la cabeza, habló de esta manera a sus compañeros: Volvamos. Acto seguido todos los hombres subieron a sus embarcaciones y desaparecieron para siempre.
Desde entonces se celebra en nuestro pueblo –todos los años en una fecha determinada- el desembarco de los grandes hombres. Estas celebraciones tienen como objeto dar reconocimiento a los descubridores.

 

EL ECLIPSE, de Augusto Monterroso (Guatemala)

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

–Si me matáis –les dijo– puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

 

EPISODIO DEL ENEMIGO, de Jorge Luis Borges (Argentina)

Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un bastón, con un torpe bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no se griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.

Me incliné sobre él para que me oyera.

–Uno cree que los años pasan para uno –le dije–, pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.
Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.

Me dijo entonces con voz firme:

–Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Le tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.

Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:

–En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.

–Precisamente porque ya no soy aquel niño –me replicó– tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.

–Puedo hacer una cosa –le contesté.

–¿Cuál? –me preguntó.

–Despertarme.

Y así lo hice.

Francisco Rodríguez Criado es escritor, corrector de estilo y editor de blogs de literatura y corrección lingüística.

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11 comentarios en “6 microrrelatos latinoamericanos”

  1. Me encanto! los cuentos cortos, son los mas dificiles de crear, mi profunda admiracion a todos los autores!

  2. Moralesja alternativa para el cuento del niño que gritaba: si los adultos hubiesen estado mejor educados, habrían advertido que el artículo “el” delante de Lobo, no lo decía el niño sino que eran ellos mismos los que lo suponían. El niño, pues, era más sabio. ¡Qué buenos relatos! Y pobre Superman… casi una profecía para el mundo actual.

  3. Mis dientes
    Mis dientes sobre el lavamanos cancelan la cita y me arrancan lágrimas que se convierten en amargo y convulsivo llanto. Frente al espejo te imagino nerviosa en el centro comercial. Aún mojado, frente al celular, no tengo que esperar mucho. Suena, y tu voz de niña me reclama la tardanza. te digo. Cuelgo y estrello contra la pared mis dientes y tu suave vos adolescente.
    Sigo llorando, mojado.
    Pedro Querales. Del libro “¿Recuerdas la cayena que te regalé?”

  4. Mis dientes
    Mis dientes sobre el lavamanos cancelan la cita y me arrancan lágrimas que se convierten en amargo y convulsivo llanto. Frente al espejo te imagino nerviosa en el centro comercial. Aún mojado, ante el celular, no tengo que esperar mucho. Suena, y tu voz de niña me reclama la tardanza. te digo. Cuelgo y estrello contra la pared mis dientes y tu suave voz adolescente.
    Sigo llorando,mojado.
    Pedro Querales. Del libro “¿Reccuerdas la cayena que te regalé”?

  5. Último deseo
    Frente al pelotón de fusilamiento de mis 68 años, me quito la venda de los ojos…eres mi último deseo bella adolescente.
    Pedro Querales. Del libro “Sol rosado”.

  6. Doble sol
    “¡Canto para ti…! ¡Canto para ti…! ¡Canto para ti…!” El gallo negro del insomnio me despierta con su canto oscuro. Doy vueltas en la cama y pienso en eso otra vez.
    Me levanto y salgo a caminar. Camino y camino pero no avanzo, ¡Estoy donde mismo! En la acera de enfrente, un hombre extremadamente delgado y alto,muy nervioso y todo vestido de negro; sombrero negro, traje negro, corbata negra y con una flor negra en la solapa, me llama. Me hace señas y se ríe. Se ríe con una sonrisa doble. Una sonrisa que tiene el poder que sólo dan los años: ser una cosa y su contrario a la vez; ser y no ser simultáneamente. Una sonrisa negra pero blanca que me encandila. De repente,me doy cuenta de que todo en él es negro pero blanco.Hiere la vista. Yo acudo presto a su llamado. Pero apenas llego desaparece, se esfuma. Entonces miro hacia la acera de enfrente, de donde vengo, y él está allí llamándome y riéndose. Los ojos me arden.
    Presiento que voy a pasar toda la vida en esto.
    Pedro Querales. Del libro: “¿Recuerdas la cayena que te regalé?”

  7. El estanque
    En uno de sus numerosos viajes a China, el eminente antropólogo y lingüista checo, Josph Hrilka, mi padre encontró unos antiguos palimpsestos -diez en total- en la tumba de uno de los miembros de una ancestral y olvidada dinastía. Los manuscritos contienen, lo que se puede considerar hasta hoy los más remotos antecedentes del cuento breve o minicuento.
    Antes de morir, mi padre me los entregó y me pidió que los tradujera. Me dijo:
    Llevo más de cuarenta años consagrado a esa labor. Y he aquí lo primero que he logrado traducir:
    La moral, la ética, los principios…
    las cosas realmente no son tan rígidas.
    Yo he visto a la dura montaña
    ondular suave y cadenciosamente en el estanque
    ante el más leve soplo de una fresca,
    subrepticia e incitadora brisa.
    Den Pen Xi
    Pedro Querales. Del libro “Fábulas urbanas”.

  8. El estanque
    En uno de sus numerosos viajes a China, el eminente antropólogo y lingüista checo, Josph Drilka, mi padre, encontró unos antiguos palimpsestos -diez en total- en la tumba de uno de los miembros de una ancestral y olvidada dinastía. Los manuscritos contienen lo que se puede considerar hasta hoy los más remotos antecedentes del cuento breve o minicuento.
    Antes de morir, mi padre me los entregó y me pidió que los tradujera. Me dijo: “Traduce estos milenarios manuscritos, hijo, y encontrarás el secreto de la vida y la felicidad.
    Llevo más de cuarenta años consagrado a esa labor. Y he aquí lo primero que he logrado traducir:
    La moral, la ética, los principios…
    las coas realmente no son tan rígidas.
    Yo he visto a la dura montaña
    ondular suave y cadenciosamente en el estanque
    ante el más leve soplo de una fresca,
    subrepticia e incitadora brisa.
    Den Pen Xi

    Pedro Querales. Del libro “Fábulas urbanas”.

  9. Margaritas en el puente
    Hace mucho tiempo que llegué a este puente. De este lado crecen margaritas. Quizás en el otro también. No lo sé. Lo paso… No lo paso… Lo paso… No lo paso… Lo paso… Desde aquí puedo ver, en el otro extremo, y como si desfilara ante un espejo, a un caballo que se pasea cabizbajo y aburrido de un lado a otro.
    Cada día florece una nueva margarita.

    Pedro Querales. Del libro “¿Recuerdas la cayena que te regalé?”

  10. ¡Cuidado con los carros!
    A la orilla de la carretera hay una linda casita de tonos pastel. En ella vive una señora y sus dos hijas gemelas de cinco años. Por la carretera, que pasa muy pegada a la casa, circulan los carros a gran velocidad levantando el polvo y arrastrando los papeles: ingrávidas balletistas que se elevan y giran grácilmente describiendo remolinos que las niñas observan asombradas detrás de la ventana.

    Pedro Querales. Del libro “¿Recuerdas la cayena que te regalé?”

  11. Mi papá
    En el parque hay un árbol que se parece a mi papá. Es alto y corpulento como él. Tiene la base ancha y robusta como sus piernas. Su corteza es marrón y porosa como la vieja piel de mi padre. Su rama principal se dobla hacia abajo, como la espalda de mi padre en sus últimos años. Cuando sopla una suave brisa sus hojas rumorean quedito como cuando mi papá le hablaba a mi madre al oído antes de besarla. Pero cuando el viento arrecia, rugen sus ramas como cuando papá se enojaba. En los mediodías no se le mueve ni una hoja, está tranquilo, calladito e inmóvil, como mi padre cuando estaba preocupado. A veces está triste y sin una hoja,como cuando mi papá peleaba con mamá. Otras, está muy alegre y regala sus hojas a todos, como cuando mi papá nos traía regalos. Cada vez que voy al parque lo riego.
    Ayer lleve a mi mamá para que lo conociera. Y ella me dijo que ese árbol lo sembró mi padre cuando yo nací.

    Pedro Querales. Del libro “Fábulas urbanas”.

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